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lunes, 25 de enero de 2021
martes, 24 de marzo de 2020
1976 – 1983, una memoria que no descansa. Por Daniel Favieri Tuzio.
Cuanto más uno se traslade a ese período de tiempo, menos
vuelta le da. La alquimia socio – política de aquel contexto ofrecía un único
resultado posible. La dictadura más feroz de toda nuestra historia.
Algunas concepciones: no era posible un gobierno peronista
sin Perón. No era tangible la preservación de la calma ante la escalada de
violencia si no estaba el viejo líder político. Ni era la Argentina una
economía triunfante que permitiese al gobierno de Isabel sostener lo que el
propio Perón había logrado contener con la fuerza de su nombre.
No era la tercera presidencia de Perón, en todo caso, desde
su armado estructural, un canto político. Era más bien la sobrada fuerza de un
empuje por volver. Por mostrase vivo. Por entender que, a pesar de que el
tiempo había pasado, Perón seguía vigente.
Hay en esta aseveración polémica algunos errores de
traducción política. Creo, en este humilde análisis, que Perón no tenía que
probar su vigencia, sino más bien su brazo estratégico. A la vez entiendo que
una fuerza de liderazgo sin Perón, y para el propio Perón, no era “charlable”.
Ni descarto que el retorno mentado y obtenido a través de casi veinte años de
exilio lo pusiera nuevamente ante la necesidad de ser, por tercera vez,
presidente de la Nación.
Pero la Argentina ya no era la misma. Era mucho más
violenta. Demasiado más personalista. Un tanto menos condescendiente.
La Argentina de aquel entonces volvía sobre sus pasos y se
perdía en su propio laberinto buscando vaya a saber qué… Es allí donde se ubica
un líder que, a pesar de la edad, contaba con la capacidad de sostener (o
contener) bajo su figura, esas fuerzas en constante tensión.
Algunos datos al pie, la Argentina había pasado de
15.894.000 habitantes en 1947 a tener 23.364.000 en 1970. La inmigración había cambiado. Ya no
teníamos la afluencia de los europeos que debían buscar nuevos rumbos, ni
contábamos con la posibilidad de retener a nuestros profesionales. Es decir que
la Argentina, invariablemente, cambió demografía: inmigración por migración. Se
estaba produciendo así un envejecimiento de la población (más de 65 años).
Hacia 1970, el cambio estructural de la Argentina no fue
guiado por una estructura sólida de gobierno al mando de Perón. En ese sentido,
el presidente no había mostrado el pragmatismo de tiempos anteriores.
Pero no podemos dejar de tomar nota de lo siguiente. Que la
izquierda peronista se había instado a sí misma a no cargar toda la artillería
sobre aquel Perón al que tanto sostenían. Sino más bien atribuirle a López Rega
y la virtual conspiración de fuerzas externas que bramaban por quitarles su
lugar de privilegio, las desavenencias del caso.
Nombrado como ministro de bienestar, “el brujo”, tal como le
decían, fue el encargado de cimentar las bases que llevarían a la derrota del “tercer
peronismo”.
Siempre queda poco claro, entre uno y otros, qué era la
triple A. Un órgano paramilitar encargado de perseguir sistemáticamente,
asesinar y desaparecer a la infiltración comunista. Pero también a todo aquel “que
le hiciera un poco de ruido al gobierno”.
Primer error estructural de aquel gobierno. Y más si se
tiene en cuenta que López Rega había alejado de su jefe a todo aquel que
representara en alguna forma al Perón de los años cuarenta.
Segundo error estructural, los gremios decidieron, a la
muerte de Perón, romper con lo que quedaba de un pacto social que se había
vuelto endeble, desnutrir el poder de la dupla Isabel – López Rega y librarse
al pedido y sostenimiento de nuevas paritarias.
El tercer error estructural es parte de un nuevo intento
militar por tomar revancha del fracaso de la Revolución argentina. Y en un país
de fuerzas en pugna, falta de control sobre la economía y tensiones violentas,
la figura de un Perón sin vida pronunciaba con más fuerza el vacío de poder.
Entonces asume Isabel. Y en la búsqueda de fuerzas comete un
error que ni siquiera es estructural. Es más bien el “manotazo” de una líder
sin liderazgo. De una inexperiencia indudable. De una equivocación
imperdonable. Isabel no era Evita.
Isabel, ante tales descripciones, nombra a Jorge Rafael
Videla como uno de los titulares del ejército creyendo que no se sumaría a los
intentos golpistas a los que se veía sometido el gobierno.
Así se conformó en ese vacío de poder, una barrera de
contención. Pero esa barrera, en realidad, era el final de las libertades
existentes. Las teorías del caos seguirían los lineamientos de Augusto Pinochet
en Chile. Para alcanzar el progreso del desarrollismo, primero hay que poner
orden. Un orden entendido y fundamentado desde las teorías norteamericanas que
favorecían las privatizaciones y endeudamientos desde algo que se conocería en
la historia como la “inserción del neoliberalismo en América”. Y para
conseguirlo rápida y efectivamente el método elegido eran sendas dictaduras
militares. El capitalismo se estaba reconvirtiendo. Y no hubo reparos.
Hacia 1970 la Argentina había crecido en cuanto a la
industria, pero no lo había hecho en cuanto a puestos de trabajo. Solamente había
crecido un 0,4 por ciento. La industria no lograba capitalizar la oferta de
mano de obra. O mejor dicho, no quería.
Mientras la crisis del petróleo hacía estragos en el mundo,
Argentina se somete a la mano dura de proyectos mucho más amplios que contaban
entre sus eslabones más fuertes la erradicación de la insurgencia. Entiéndase
por ella a todo movimiento de subversión que no estuviera de acuerdo con el
nuevo concepto de Estado.
De esa forma, el creciente poder de Videla y de Massera
confluyó para hacer más estrepitosa y sencilla la caída de Isabel.
Mientras la espectacularidad de Montoneros y ERP decaía, las
fuerzas militares ya habían consumado el desenlace final.
El 24 de mazo de 1976, bajo una mirada medicinal del asunto,
los militares toman el poder del Estado mediante un golpe (aunque algunos
medios vociferaran lo contrario) y animan a erradicar de una Argentina enferma
un agente patógeno que infectaba a la sociedad. La subversión.
Para hacerlo recurrieron a un elemento que es transversal a
todo el proyecto político – económico del nuevo estado sin urnas. El terror se
vuelve la esencia de aquel medicamento.
Se prohíben tácitamente muchas cosas. La libertad de
expresión (en ello la libertad educativa), el debate político, los derechos
legislativos al tiempo que se promueve la represión en todos los planos.
La “nueva Argentina” dócil y dominada ampliamente tiene una
explicación. Existía una inflación feroz a la vez que las persecuciones y
desapariciones pusieron de cabeza toda idea de respuesta directa.
Sin embargo los grupos de resistencia continuaron con su
accionar. A Estado violento, la respuesta es la misma.
La simulación de enfrentamientos callejeros argumentaban la
desorientación social. La dislocada opinión sobre lo que sucedía nos mostraba
dos Argentinas distintas. La que luchaba y la que miraba para un costado.
Literalmente.
Juan Pablo Feinman decía alguna vez: “te tiraban un cadáver
en el obelisco. Era en el medio de la centralidad de la Argentina. Y nadie
decía nada”.
La Argentina no tenía solidez. Mientras se incrementaba el
proceso inflacionario, un sistema publicitario que contó con la figura
destacada de “palito” Ortega entre otros, contaba que una Argentina segura era
una Argentina mejor. Y así se armó un mundial de fútbol.
Mientras en la ESMA los presos ilegales escuchaban por el
aire el eco de los goles argentinos, su existencia seguía siendo omitida por la
sociedad a la que pertenecían.
Mientras las madres de Plaza de mayo daban vueltas a la
plaza con la presencia de algunos jugadores holandeses, la Argentina se hundía
en sus miserias del pasado, construyendo un presente de ojos vendados.
Mientras el Río de la Plata y los mares se volvían las
tumbas más visitadas, los vuelos de la muerte cambiaban el paradigma de las
desapariciones.
Mientras los hijos de los NN desaparecidos eran entregados
en adopción, la Argentina se volvía pionera… Semejante atrocidad no había sido
vista en ninguna otra dictadura militar de Latinoamérica.
Así se construyó el terror en pos de un orden que ya ni el
mismísimo Estados Unidos apoyaba. Se necesitaba un sistema publicitario mejor
para poder hacer más solvente al Neoliberalismo y, de esa manera, “comenzar” a
legalizar un poco mejor el sistema.
Mientras el nuevo orden económico pensaba en nuevas democracias
digitadas, el gobierno militar argentino pensaba en democratizarse lo mejor
posible para hacer más fuerte su proyecto. Tanto Massera, como en lo posterior
Galtieri, quisieron erguirse como baluartes de las nuevas democracias de
América.
La guerra de Malvinas se transforma así en el resumen de
todo lo antedicho. En 1982 la sociedad como un todo, muestra sus dos caras. Por
un lado el aplauso cerrado, las vivas y el himno junto a Galtieri en la plaza.
Por el otro, a tan solo dos meses de semejante error conceptual, la Argentina
entera pedía por el fin de la dictadura militar y la apertura de los sufragios.
Muchas veces me digo a mí mismo, Malvinas fuimos todos y todas.
En ese contexto surgía un líder denunciante que en cada
discurso que pudo denunció a los dictadores diciendo que no negociaría el
pasado ni la memoria de la Nación, pues había que construir desde la identidad
de nuestro pasado. También había sido uno de los pocos y acérrimos opositores a
la guerra con Inglaterra. Raúl Alfonsín se oponía de esa virtuosa manera a un
peronismo que, bajo el manto de Lúder, proponía negociar una Argentina que
olvidara.
En 1983 la dictadura se retiraba apedreada por la opinión
pública y perseguida por la chance de ser juzgada. Habían dejado una estructura
económica en quiebra con un 400 por ciento de inflación, una sociedad sin inclusión
y un decrecimiento económico. La Argentina había perdido el rumbo
definitivamente.
El endeudamiento y la desindustrialización, el desempleo y
la falta de competencia en el mercado internacional y el sometimiento a las
grandes potencias, hilvanaron una red de difícil solución. Solo la Democracia
pudo atenuar semejantes consideraciones.
Del “Rodrigazo” de 1975 a la crisis de 2001, la Argentina
transitó por diversas búsquedas que pudieran solventar lo que la dictadura nos
legó.
La difícil tarea de construir una ciudadanía democrática,
pensante y crítica, revalorizada, animada, con fuertes lazos de unidad como
pedía Alfonsín en su discurso, tendió siempre a la desilusión constante de
partidismos políticos que se adaptaron a las propias necesidades más que a las
de la gente. El neoliberalismo nunca dejó de presionar y encontró con el “menemismo”
a su aliado fundamental. El 2001 también es parte de algo que nunca se pudo
resolver. Elementos como la privatización y la falta de empleo, el
endeudamiento, la falta de inclusión y la marginalidad, la inflación y el
riesgo país, (todo ello) fue un plus para la Argentina de hoy.
Traté de indagar, brevemente y quizás sin éxito, un poquito
más allá de 1976. En algo que entiendo como “nuestro pasado” y parte de una
explicación, a la vez, más amplia.
Nos encontramos en la difícil tarea que cada uno debemos
asumir desde el lugar que nos toca. Una tarea que, como ya relatamos, se vuelve
difícil si uno no mira criteriosa y lo más objetivamente el pasado.
No es culpa de la Argentina. No es el país el que decide.
Somos sus habitantes, sus hijos e hijas más directos. Somos nosotros y nosotras
los y las que tenemos que mirar una y otra vez el juicio a las juntas. Escuchar
cada testimonio. No hay teoría de ningún demonio que me haga comprender la
negación de una persona porque, un juzgamiento sin juicio, un NN, no es digno.
No construye. Oculta. Y en eso me va todo aquel y toda aquella que miró para el
lado contrario. Mirar los juicios a las juntas implica hacerse cargo de lo que
pasó. Invita a no someternos al olvido. Recrea un ambiente de cosas que no se
hicieron para que las hagamos nosotros y nosotras y con el fundamento de ser un
poco mejores. Estamos a tiempo de llevar adelante aquello que se volvió
bandera. Estamos listos y listas para
volver a gritar en las calles lo que alguna vez dijo Julio César Strassera en
su alegato final durante el juicio a las juntas: “NUNCA MÁS”. Que así sea sea
nuestro rezo nacional.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
Nuestramérica ¿Símbolo del populismo?
Retomando un trabajo de investigación anterior (Re
fundamentación del populismo, 2017), intentaré darle una línea de continuidad a
una parte de mi conclusión de aquellos años y mediante la cual recuerdo que en
el Centro Cultural de la Cooperación, en el marco de los debates sobre los “100
años de la Revolución rusa” uno de los asistentes me preguntó qué pensaba yo de
la discusión que se había producido entre uno de mis compañeros expositores y
él. Recuerdo vagamente el tono de aquel intercambio, pero sí me quedó latente
el concepto que aquel profesor de la UBA expuso en su ponencia. “El populismo
no tiene color y, por ese motivo, su tendencia es a la decadencia. En América
es imposible sostenerlo”. Sin escaparle a la pregunta, le contesté que el
populismo debía ser aceptado y apropiado por América como parte de una
identidad que le permita diferenciarse del resto. Así, en aquel momento expuse
que “el
populismo no puede ser enmarcado ni tipificado en una izquierda o en una
derecha. No puede ser tildado de peronista ni de radical. El populismo debe
referir a lo que realmente es: el ascenso de grandes liderazgos que guarden en
su seno un orden y una virtual entrega al cumplimiento de las necesidades
sociales de un pueblo demandante”. A tono con lo dicho me atreví a agregar,
informalmente, que América necesitaba gestionar un viraje hacia un bloque
populista pero que, hasta tanto no se entiendan a sí mismos como tales, los
líderes más progresistas se encontrarían a futuro en un problema de curiosa
resolución. ¿Qué somos?
Hacia atrás en el tiempo, Raúl Alfonsín dejó entre su legado de
frases una apreciación moderna. Palabras más, palabras menos el líder radical
dijo que en algún momento no se votarán más partidos políticos, sino que
votaremos nombres. Y no estaba tan equivocado.
De aquí desprendemos algunas cuestiones llamativas: el radicalismo
se embanderó detrás de la magnitud marketinera (nueva forma de hacer populismo)
de Mauricio Macri mientras que una parte del peronismo (Pichetto, Massa)
apoyaron políticas contrarias a las convicciones del mismísimo espíritu del justicialismo.
Aquel bienestar social solo es custodiado por una llama que no se apaga, pero
que corre serios riesgos de ser provocativamente infectada. Porque en el
traspaso de antorcha en antorcha, en las loas del peronismo, la llama se va
diseminando de distintas formas que, bajo el ala de Perón, inseminan múltiples embriones
que lejos están de considerarse como hijos del intelectualismo del tres veces
presidente de la Nación Argentina. (Como los casos ya citados).
Viendo la situación, la primera pregunta que me lleva a escribir
esta nota, es al margen de aquella investigación tan meticulosa que me propuse
realizar por aquellos años. Es un agregado que se genera, propio de la
actualidad que nos atañe. ¿Podemos hablar de partidismos políticos o es tiempo
de hablar de populismos como plataforma política? Y la segunda pregunta, no
menos importante, es ¿Qué nos ofrece el populismo?
Insisto en mis palabras anteriores: el populismo como
término o concepto promueve cierta laxitud mediante la cual nadie se hace cargo
de él.
Mientras que los grupos de derecha lo consideran un ave de
rapiña y el demonio más grande de América, promueven un aparato de marketing
enfocado en el odio, intentando producir en la gente el efecto contrario.
Apelando al silencio y los discursos moderados (no así en lo que dicen) es
factible observar cómo se mueven los Bolsonaro, los Macri y los Piñera.
En la intentona de captar los votos que antes ensanchaban
las filas del populismo, nos cuentan de una República inexistente en donde la
pobreza y el hambre brillan por su ausencia. Sería este el éxito del Estado. La
reducción del gasto público para una economía mejor y una distribución
igualitaria. Mientras tanto el Amazonas se prende fuego, la minería se lleva
nuestros recursos y la Educación debe ser desfinanciada.
Fanatismos aparte, un mundo con hambre no se alimenta sin
participación del Estado. Y fanatismos mediante, las políticas del Estado deben
ser persistentes, fuertes y sin demagogias.
Este es el punto de inflexión. ¿No es acaso populismo decirle
a la gente lo que quiere escuchar? ¿No es acaso parte de un estudio de mercado
apuntar a las promesas más desconsideradas para alimentar el odio al otro? Bajo
esa égida pensemos en el siguiente discurso de Mauricio Macri: “Llegó la hora
de emprender un camino de crecimiento, de darle a cada argentino la posibilidad
de elegir poder quedarse en el lugar donde nació porque en ese lugar va a haber
trabajo. Ese es el compromiso que asumimos juntos, el camino que llamamos
pobreza cero” (Noviembre 2016). En ese momento, Macri se envalentonaba y
reafirmaba su enunciación de 2015. Una Argentina sin pobres, con un discurso
que apuntaba a la demonización del gobierno anterior y a la clase media que,
dicho sea de paso, contaba con nuevos actores entre sus huestes.
Actualmente, con un índice de 35,4 % de pobreza, el macrismo
anuncia que la “pobreza cero no se consigue en 4 años”. Nada nuevo. Pero es
algo que la gente necesitaba comprar. Un discurso de orden y progreso pero que,
ante el análisis minucioso, carecía de estrategia.
La inflación desmedida que debía ser reducida drásticamente,
otro de los conceptos elaborados por el macrismo, tampoco pudo ser contenida al
tiempo que el sueldo real y la flexibilización laboral inflaron una burbuja que
todavía no llegó a explotar.
El caso paradigmático de Brasil también nos pone, en
consecuencia, en una forma de populismo un tanto más extrema. Jair Bolsonaro
actuó con más libertades y menos pragmatismo. “Vamos a unir al pueblo,
valorizar la familia, respetar las religiones y nuestra tradición judeo –
cristiana, combatir la ideología de género, conservando nuestros valores. Brasil
volverá a ser libre de las amarras ideológicas” (Discurso de asunción, 2019)
Analizando criteriosamente lo expresado por el actual
presidente del Brasil, lo que en realidad le propuso a la gente es la
persecución del libre – pensamiento, la inequidad de género y la falta de
soltura para permitir la diversidad. “Sería incapaz de amar a un hijo
homosexual. No voy a ser hipócrita aquí. Prefiero que un hijo mío muera en un
accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí”. (2011, entrevista).
Es necesario remarcar algunas cuestiones actuales: la
corrupción goza de buena salud en Brasil, los índices económicos se encuentran
en baja y la fórmula de la persecución habla de la polarización de la misma
hacia los sectores opositores. Sumemos a esto la frutilla del postre. La desconsideración
por el Amazonas y la crisis ambiental en la que se encuentra sumido uno de los
países que supo liderar la economía mundial.
En Chile, ese país ordenado bajo supuestos de buenas
administraciones, liderado por Sebastián Piñera, se encuentra en una línea
divisoria entre los que quieren dar vuelta la historia y los que quieren
cambiar de página.
El mismo presidente que en algún momento argumentó que “El
senador Pinochet y su familia están viviendo momentos difíciles en Londres. Por
eso, merecen toda nuestra solidaridad” demuestra a diario a fuerza de qué se
sostuvo en el poder.
Luego de haber decretado el Estado de sitio, el presidente
chileno dijo que “La grave situación que vive nuestro país desde hace ya cuatro
semanas exige, y con urgencia, dejar de lado todas las pequeñeces, y actuar con
la grandeza y el patriotismo que las circunstancias nos exigen”.
En su discurso de asunción, Piñera se acercaba a la presidencia
aseverando cosas que luego le fue imposible cumplir. “Esta Universidad no nació
por decreto, sino de las luchas de los hombres, y su tradición progresista
viene de la sacudida de nuestra historia y es la estrella de nuestra
bandera".
Pero cuando hubo que conceder en las luchas de los hombres y
mujeres de Chile, el actual presidente tomó la determinación de presionar un
poco más los bolsillos populares pero que, sin dudas, incentivaron su ascenso
así como lo hicieran en el mandato anterior.
Punto y aparte, el caso de Bolivia se nos representa alejado
de la tesitura de los tres presidentes analizados. Nos propone realizar notas
al pie y desafiar las fronteras de lo imprescindible a la hora de acudir a la
memoria colectiva. No podemos hablar de un gobierno impuesto y sostenido desde
un golpe cívico – policial. Debemos pronunciar la exageración y la sobre
actuación y, para aquellos que recurren a la santidad, remarcar la blasfemia.
No se trata de santos benefactores, sino de individuos que propulsaron al
máximo la quema de casas, las represiones y las muertes. Si, como decía Marx,
el Estado es garantía de desigualdad, este es el claro ejemplo.
Presentados algunos casos de Nuestramérica, es tiempo de
comenzar a responder el inicio. No sin antes recordar lo que sostenía Ernesto
Laclau en su libro “La razón populista”: “El populismo, como categoría de
análisis político, nos enfrenta a problemas muy específicos. Por un lado, es
una noción recurrente, que no solo es de uso generalizado, ya que forma parte
de la descripción de una amplia variedad de movimientos políticos, sino que
también intenta capturar algo central acerca de estos. A mitad de camino entre
lo descriptivo y lo normativo, el concepto de “populismo” intenta comprender
algo crucialmente significativo sobre las realidades políticas e ideológicas a
las cuales refiere”. [1]
Ante esa mirada, el populismo incide de manera determinante
en la búsqueda pragmática de aquellas cosas que le reservan un lugar honorífico
en el podio del poder. Aquel que lo entienda es capaz de liderar un partido
político, un pueblo y una Nación. El problema suscita en el día después de la asunción.
¿Qué se hace con las promesas que no se pueden cumplir?
En este caso puntual, el Neoliberalismo se presenta como una
fuerza de choque capacitada para cumplir con todas aquellas cosas que
determinan el dominio hegemónico de las Instituciones y “También se presenta
como una dependencia inerte a determinados mandatos que ni siquiera son
explícitos, pero sin embargo eficaces. Es lo que llamamos corrientemente la
“naturalización” del poder neoliberal, disfrazar su ideología bajo la forma del
“fin de la ideología”. [2]
A cuenta de una manipulación diaria por parte de los medios de comunicación que
no dejan de ser económicos y hegemónicos.
Tiempo después de aquella charla en el Centro cultural de la
cooperación, me tocó asistir a un workshop con Giacomo Marramao. Nobleza
obliga, no lo conocía. Martín, mi entrañable amigo que me invitó como asistente
a la Universidad Arturo Jauretche, me presentó a Sabrina, profunda admiradora
del filósofo. Así, y bajo la publicidad que le hacía sobre sus textos y
pensamientos, me introduje en la charla mediante la cual el autor italiano nos
hablaba sobre la importancia de re encantar la política. Para él, no se debía
producir una Democracia desde las bases anticuadas, sino que debíamos hacernos
cargo de los momentos actuales que se vivían. Y enumeró la cantidad de veces
que había discutido con sus amigos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. En mis
apuntes de ese día, cuidadosamente guardados, entendí que la Democracia sin
pasión política ni virtud, no es Democracia. El pueblo es un acontecimiento
político y no un concepto estático. Es un sujeto colectivo que produce una
constante dinámica de cambio y conflicto. Por tal motivo su cooptación es
fundamental. Es el pueblo, en su distinta jerarquía social, lo que el líder
debe amalgamar para sostenerse en el poder. A la larga, un Estado opresor
retroalimenta el mismo odio, pero también nuevas manifestaciones que provocan
una misma respuesta violenta de abajo hacia arriba.
En ese marco, los mal englobados populismos por parte de los
movimientos políticos contrarios, razonan la política desde un contagio masivo,
más movimientos y mejor redistribución de conceptos. Desde una visión más
social (o popular) abren el Estado sin restricciones y entienden el encanto de
la política desde un sector mayormente marginado. De aquí la confusión que nos
lleva a responder las preguntas iniciales.
Si los partidismos políticos están acabados y la fórmula ganadora
son los nombres, el populismo se somete a quién lo pueda utilizar a gusto.
Quién lo domine discursivamente, carismáticamente y diplomáticamente, se
acercará a los estándares del pragmatismo que permite (o no) mejorar la
historia.
Lejos de proponer cambiar de página, lo que sugiere Chantal Mouffe
es que (sobre todo para los partidos de izquierda) hacerse cargo del término
invita a generar un movimiento difícil de romper. Nos lleva a pensar que
América debería hacerse cargo de sus riquezas en recursos y transformarse en un
bloque autárquico y menos dependiente de los capitales y decisiones
extranjeras. Pero para ello debe entenderse lejos de la despectividad del
término. Pues si consideran que el americanismo es populismo, bienvenido sea
porque entonces será un movimiento político encantador que promoverá enormes
cambios sociales hacia arriba.
Evo Morales lo produjo una Bolivia económicamente creciente,
declarada por la UNESCO como país libre de analfabetismo y con salarios y
decisiones que la empoderan frente a las grandes potencias. Quizás, como dice
Maristella Svampa, el gran error es la perpetuidad. Porque para que un
populismo sea efectivo, necesita siempre de nuevos liderazgos que ayuden a re encantar
la política y promuevan (bajo ese pretexto) la bandera democrática. Esa sea
quizás hasta hoy la deficiencia de un movimiento del que nos deberíamos
apropiar, mejorar y solidificar para que verdaderamente América sea un solo
grito: Nuestramérica.
El populismo nos ofrece una amplitud que debería trabajarse
históricamente para que, de esa manera, los estudios sociológicos nos marquen
el rumbo de aquellas cosas que se hicieron mal. Porque para re encantar la
política se necesita enamorarse de un proyecto y en ello no mecanizar la
corrupción. De esta forma se evitan los vaivenes político – sociales de pueblos
que, cada tanto, olvidan sus raíces en cualquier estación de tren. En ese
marco, llegar al destino de América autárquica es un complejo misterio que solo
los americanos podemos resolver (puertas adentro).
Las corrientes del populismo neoliberal analizadas se
embanderan en la distinción de desactivar los desórdenes que provoca la
corrupción y le explican al pueblo en forma publicitaria por qué tienen la
fuerza necesaria para unir al pueblo en uno solo. Algo así como la satirización
americana de los sueños de Mandela. Pero el efecto contrario, cuando estos llegan
al poder, es inevitable. Siempre hay odios envalentonados en revanchismos.
Las clases medias que inclinan la balanza del cambio fueron
curiosamente infladas por nuevos actores sociales provenientes de marginalidades
anteriores que, dentro de gobiernos de tintes populistas, consiguieron ascender
socialmente. Debemos tomar nota, aceptar el desafío y promover de una vez por
todas un “populismo propio y responsable” que entienda a América como pocos lo
han hecho. Que permita un bloque único, una muralla económica que se haga cargo
de los recursos naturales que nos preceden, pues en ese sentido América es una
superpotencia y nadie lo puede negar. La pelota siempre está de nuestro lado.
Deberíamos enterarnos.
[1] LACLAU,
ERNESTO. “La razón populista”. EFE,
Buenos Aires, 2004.
[2]
ALEMÁN, JORGE. “Hegemonía y poder Neoliberal” https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-271126-2015-04-23.html 2015.
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