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martes, 24 de marzo de 2020

1976 – 1983, una memoria que no descansa. Por Daniel Favieri Tuzio.



Cuanto más uno se traslade a ese período de tiempo, menos vuelta le da. La alquimia socio – política de aquel contexto ofrecía un único resultado posible. La dictadura más feroz de toda nuestra historia.
Algunas concepciones: no era posible un gobierno peronista sin Perón. No era tangible la preservación de la calma ante la escalada de violencia si no estaba el viejo líder político. Ni era la Argentina una economía triunfante que permitiese al gobierno de Isabel sostener lo que el propio Perón había logrado contener con la fuerza de su nombre.
No era la tercera presidencia de Perón, en todo caso, desde su armado estructural, un canto político. Era más bien la sobrada fuerza de un empuje por volver. Por mostrase vivo. Por entender que, a pesar de que el tiempo había pasado, Perón seguía vigente.
Hay en esta aseveración polémica algunos errores de traducción política. Creo, en este humilde análisis, que Perón no tenía que probar su vigencia, sino más bien su brazo estratégico. A la vez entiendo que una fuerza de liderazgo sin Perón, y para el propio Perón, no era “charlable”. Ni descarto que el retorno mentado y obtenido a través de casi veinte años de exilio lo pusiera nuevamente ante la necesidad de ser, por tercera vez, presidente de la Nación.
Pero la Argentina ya no era la misma. Era mucho más violenta. Demasiado más personalista. Un tanto menos condescendiente.
La Argentina de aquel entonces volvía sobre sus pasos y se perdía en su propio laberinto buscando vaya a saber qué… Es allí donde se ubica un líder que, a pesar de la edad, contaba con la capacidad de sostener (o contener) bajo su figura, esas fuerzas en constante tensión.
Algunos datos al pie, la Argentina había pasado de 15.894.000 habitantes en 1947 a tener 23.364.000 en  1970. La inmigración había cambiado. Ya no teníamos la afluencia de los europeos que debían buscar nuevos rumbos, ni contábamos con la posibilidad de retener a nuestros profesionales. Es decir que la Argentina, invariablemente, cambió demografía: inmigración por migración. Se estaba produciendo así un envejecimiento de la población (más de 65 años).
Hacia 1970, el cambio estructural de la Argentina no fue guiado por una estructura sólida de gobierno al mando de Perón. En ese sentido, el presidente no había mostrado el pragmatismo de tiempos anteriores.
Pero no podemos dejar de tomar nota de lo siguiente. Que la izquierda peronista se había instado a sí misma a no cargar toda la artillería sobre aquel Perón al que tanto sostenían. Sino más bien atribuirle a López Rega y la virtual conspiración de fuerzas externas que bramaban por quitarles su lugar de privilegio, las desavenencias del caso.
Nombrado como ministro de bienestar, “el brujo”, tal como le decían, fue el encargado de cimentar las bases que llevarían a la derrota del “tercer peronismo”.
Siempre queda poco claro, entre uno y otros, qué era la triple A. Un órgano paramilitar encargado de perseguir sistemáticamente, asesinar y desaparecer a la infiltración comunista. Pero también a todo aquel “que le hiciera un poco de ruido al gobierno”.
Primer error estructural de aquel gobierno. Y más si se tiene en cuenta que López Rega había alejado de su jefe a todo aquel que representara en alguna forma al Perón de los años cuarenta.
Segundo error estructural, los gremios decidieron, a la muerte de Perón, romper con lo que quedaba de un pacto social que se había vuelto endeble, desnutrir el poder de la dupla Isabel – López Rega y librarse al pedido y sostenimiento de nuevas paritarias.
El tercer error estructural es parte de un nuevo intento militar por tomar revancha del fracaso de la Revolución argentina. Y en un país de fuerzas en pugna, falta de control sobre la economía y tensiones violentas, la figura de un Perón sin vida pronunciaba con más fuerza el vacío de poder.
Entonces asume Isabel. Y en la búsqueda de fuerzas comete un error que ni siquiera es estructural. Es más bien el “manotazo” de una líder sin liderazgo. De una inexperiencia indudable. De una equivocación imperdonable. Isabel no era Evita.
Isabel, ante tales descripciones, nombra a Jorge Rafael Videla como uno de los titulares del ejército creyendo que no se sumaría a los intentos golpistas a los que se veía sometido el gobierno.
Así se conformó en ese vacío de poder, una barrera de contención. Pero esa barrera, en realidad, era el final de las libertades existentes. Las teorías del caos seguirían los lineamientos de Augusto Pinochet en Chile. Para alcanzar el progreso del desarrollismo, primero hay que poner orden. Un orden entendido y fundamentado desde las teorías norteamericanas que favorecían las privatizaciones y endeudamientos desde algo que se conocería en la historia como la “inserción del neoliberalismo en América”. Y para conseguirlo rápida y efectivamente el método elegido eran sendas dictaduras militares. El capitalismo se estaba reconvirtiendo. Y no hubo reparos.
Hacia 1970 la Argentina había crecido en cuanto a la industria, pero no lo había hecho en cuanto a puestos de trabajo. Solamente había crecido un 0,4 por ciento. La industria no lograba capitalizar la oferta de mano de obra. O mejor dicho, no quería.
Mientras la crisis del petróleo hacía estragos en el mundo, Argentina se somete a la mano dura de proyectos mucho más amplios que contaban entre sus eslabones más fuertes la erradicación de la insurgencia. Entiéndase por ella a todo movimiento de subversión que no estuviera de acuerdo con el nuevo concepto de Estado.
De esa forma, el creciente poder de Videla y de Massera confluyó para hacer más estrepitosa y sencilla la caída de Isabel.
Mientras la espectacularidad de Montoneros y ERP decaía, las fuerzas militares ya habían consumado el desenlace final.
El 24 de mazo de 1976, bajo una mirada medicinal del asunto, los militares toman el poder del Estado mediante un golpe (aunque algunos medios vociferaran lo contrario) y animan a erradicar de una Argentina enferma un agente patógeno que infectaba a la sociedad. La subversión.
Para hacerlo recurrieron a un elemento que es transversal a todo el proyecto político – económico del nuevo estado sin urnas. El terror se vuelve la esencia de aquel medicamento.
Se prohíben tácitamente muchas cosas. La libertad de expresión (en ello la libertad educativa), el debate político, los derechos legislativos al tiempo que se promueve la represión en todos los planos.
La “nueva Argentina” dócil y dominada ampliamente tiene una explicación. Existía una inflación feroz a la vez que las persecuciones y desapariciones pusieron de cabeza toda idea de respuesta directa.
Sin embargo los grupos de resistencia continuaron con su accionar. A Estado violento, la respuesta es la misma.
La simulación de enfrentamientos callejeros argumentaban la desorientación social. La dislocada opinión sobre lo que sucedía nos mostraba dos Argentinas distintas. La que luchaba y la que miraba para un costado. Literalmente.
Juan Pablo Feinman decía alguna vez: “te tiraban un cadáver en el obelisco. Era en el medio de la centralidad de la Argentina. Y nadie decía nada”.
La Argentina no tenía solidez. Mientras se incrementaba el proceso inflacionario, un sistema publicitario que contó con la figura destacada de “palito” Ortega entre otros, contaba que una Argentina segura era una Argentina mejor. Y así se armó un mundial de fútbol.
Mientras en la ESMA los presos ilegales escuchaban por el aire el eco de los goles argentinos, su existencia seguía siendo omitida por la sociedad a la que pertenecían.
Mientras las madres de Plaza de mayo daban vueltas a la plaza con la presencia de algunos jugadores holandeses, la Argentina se hundía en sus miserias del pasado, construyendo un presente de ojos vendados.
Mientras el Río de la Plata y los mares se volvían las tumbas más visitadas, los vuelos de la muerte cambiaban el paradigma de las desapariciones.
Mientras los hijos de los NN desaparecidos eran entregados en adopción, la Argentina se volvía pionera… Semejante atrocidad no había sido vista en ninguna otra dictadura militar de Latinoamérica.
Así se construyó el terror en pos de un orden que ya ni el mismísimo Estados Unidos apoyaba. Se necesitaba un sistema publicitario mejor para poder hacer más solvente al Neoliberalismo y, de esa manera, “comenzar” a legalizar un poco mejor el sistema.
Mientras el nuevo orden económico pensaba en nuevas democracias digitadas, el gobierno militar argentino pensaba en democratizarse lo mejor posible para hacer más fuerte su proyecto. Tanto Massera, como en lo posterior Galtieri, quisieron erguirse como baluartes de las nuevas democracias de América.
La guerra de Malvinas se transforma así en el resumen de todo lo antedicho. En 1982 la sociedad como un todo, muestra sus dos caras. Por un lado el aplauso cerrado, las vivas y el himno junto a Galtieri en la plaza. Por el otro, a tan solo dos meses de semejante error conceptual, la Argentina entera pedía por el fin de la dictadura militar y la apertura de los sufragios. Muchas veces me digo a mí mismo, Malvinas fuimos todos y todas.
En ese contexto surgía un líder denunciante que en cada discurso que pudo denunció a los dictadores diciendo que no negociaría el pasado ni la memoria de la Nación, pues había que construir desde la identidad de nuestro pasado. También había sido uno de los pocos y acérrimos opositores a la guerra con Inglaterra. Raúl Alfonsín se oponía de esa virtuosa manera a un peronismo que, bajo el manto de Lúder, proponía negociar una Argentina que olvidara.
En 1983 la dictadura se retiraba apedreada por la opinión pública y perseguida por la chance de ser juzgada. Habían dejado una estructura económica en quiebra con un 400 por ciento de inflación, una sociedad sin inclusión y un decrecimiento económico. La Argentina había perdido el rumbo definitivamente.
El endeudamiento y la desindustrialización, el desempleo y la falta de competencia en el mercado internacional y el sometimiento a las grandes potencias, hilvanaron una red de difícil solución. Solo la Democracia pudo atenuar semejantes consideraciones.
Del “Rodrigazo” de 1975 a la crisis de 2001, la Argentina transitó por diversas búsquedas que pudieran solventar lo que la dictadura nos legó.
La difícil tarea de construir una ciudadanía democrática, pensante y crítica, revalorizada, animada, con fuertes lazos de unidad como pedía Alfonsín en su discurso, tendió siempre a la desilusión constante de partidismos políticos que se adaptaron a las propias necesidades más que a las de la gente. El neoliberalismo nunca dejó de presionar y encontró con el “menemismo” a su aliado fundamental. El 2001 también es parte de algo que nunca se pudo resolver. Elementos como la privatización y la falta de empleo, el endeudamiento, la falta de inclusión y la marginalidad, la inflación y el riesgo país, (todo ello) fue un plus para la Argentina de hoy.
Traté de indagar, brevemente y quizás sin éxito, un poquito más allá de 1976. En algo que entiendo como “nuestro pasado” y parte de una explicación, a la vez, más amplia.
Nos encontramos en la difícil tarea que cada uno debemos asumir desde el lugar que nos toca. Una tarea que, como ya relatamos, se vuelve difícil si uno no mira criteriosa y lo más objetivamente el pasado.
No es culpa de la Argentina. No es el país el que decide. Somos sus habitantes, sus hijos e hijas más directos. Somos nosotros y nosotras los y las que tenemos que mirar una y otra vez el juicio a las juntas. Escuchar cada testimonio. No hay teoría de ningún demonio que me haga comprender la negación de una persona porque, un juzgamiento sin juicio, un NN, no es digno. No construye. Oculta. Y en eso me va todo aquel y toda aquella que miró para el lado contrario. Mirar los juicios a las juntas implica hacerse cargo de lo que pasó. Invita a no someternos al olvido. Recrea un ambiente de cosas que no se hicieron para que las hagamos nosotros y nosotras y con el fundamento de ser un poco mejores. Estamos a tiempo de llevar adelante aquello que se volvió bandera. Estamos listos y  listas para volver a gritar en las calles lo que alguna vez dijo Julio César Strassera en su alegato final durante el juicio a las juntas: “NUNCA MÁS”. Que así sea sea nuestro rezo nacional.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Nuestramérica ¿Símbolo del populismo?



Retomando un trabajo de investigación anterior (Re fundamentación del populismo, 2017), intentaré darle una línea de continuidad a una parte de mi conclusión de aquellos años y mediante la cual recuerdo que en el Centro Cultural de la Cooperación, en el marco de los debates sobre los “100 años de la Revolución rusa” uno de los asistentes me preguntó qué pensaba yo de la discusión que se había producido entre uno de mis compañeros expositores y él. Recuerdo vagamente el tono de aquel intercambio, pero sí me quedó latente el concepto que aquel profesor de la UBA expuso en su ponencia. “El populismo no tiene color y, por ese motivo, su tendencia es a la decadencia. En América es imposible sostenerlo”. Sin escaparle a la pregunta, le contesté que el populismo debía ser aceptado y apropiado por América como parte de una identidad que le permita diferenciarse del resto. Así, en aquel momento expuse que “el populismo no puede ser enmarcado ni tipificado en una izquierda o en una derecha. No puede ser tildado de peronista ni de radical. El populismo debe referir a lo que realmente es: el ascenso de grandes liderazgos que guarden en su seno un orden y una virtual entrega al cumplimiento de las necesidades sociales de un pueblo demandante”. A tono con lo dicho me atreví a agregar, informalmente, que América necesitaba gestionar un viraje hacia un bloque populista pero que, hasta tanto no se entiendan a sí mismos como tales, los líderes más progresistas se encontrarían a futuro en un problema de curiosa resolución. ¿Qué somos?
Hacia atrás en el tiempo, Raúl Alfonsín dejó entre su legado de frases una apreciación moderna. Palabras más, palabras menos el líder radical dijo que en algún momento no se votarán más partidos políticos, sino que votaremos nombres. Y no estaba tan equivocado.
De aquí desprendemos algunas cuestiones llamativas: el radicalismo se embanderó detrás de la magnitud marketinera (nueva forma de hacer populismo) de Mauricio Macri mientras que una parte del peronismo (Pichetto, Massa) apoyaron políticas contrarias a las convicciones del mismísimo espíritu del justicialismo. Aquel bienestar social solo es custodiado por una llama que no se apaga, pero que corre serios riesgos de ser provocativamente infectada. Porque en el traspaso de antorcha en antorcha, en las loas del peronismo, la llama se va diseminando de distintas formas que, bajo el ala de Perón, inseminan múltiples embriones que lejos están de considerarse como hijos del intelectualismo del tres veces presidente de la Nación Argentina. (Como los casos ya citados).
Viendo la situación, la primera pregunta que me lleva a escribir esta nota, es al margen de aquella investigación tan meticulosa que me propuse realizar por aquellos años. Es un agregado que se genera, propio de la actualidad que nos atañe. ¿Podemos hablar de partidismos políticos o es tiempo de hablar de populismos como plataforma política? Y la segunda pregunta, no menos importante, es ¿Qué nos ofrece el populismo?
Insisto en mis palabras anteriores: el populismo como término o concepto promueve cierta laxitud mediante la cual nadie se hace cargo de él.
Mientras que los grupos de derecha lo consideran un ave de rapiña y el demonio más grande de América, promueven un aparato de marketing enfocado en el odio, intentando producir en la gente el efecto contrario. Apelando al silencio y los discursos moderados (no así en lo que dicen) es factible observar cómo se mueven los Bolsonaro, los Macri y los Piñera.
En la intentona de captar los votos que antes ensanchaban las filas del populismo, nos cuentan de una República inexistente en donde la pobreza y el hambre brillan por su ausencia. Sería este el éxito del Estado. La reducción del gasto público para una economía mejor y una distribución igualitaria. Mientras tanto el Amazonas se prende fuego, la minería se lleva nuestros recursos y la Educación debe ser desfinanciada.
Fanatismos aparte, un mundo con hambre no se alimenta sin participación del Estado. Y fanatismos mediante, las políticas del Estado deben ser persistentes, fuertes y sin demagogias.
Este es el punto de inflexión. ¿No es acaso populismo decirle a la gente lo que quiere escuchar? ¿No es acaso parte de un estudio de mercado apuntar a las promesas más desconsideradas para alimentar el odio al otro? Bajo esa égida pensemos en el siguiente discurso de Mauricio Macri: “Llegó la hora de emprender un camino de crecimiento, de darle a cada argentino la posibilidad de elegir poder quedarse en el lugar donde nació porque en ese lugar va a haber trabajo. Ese es el compromiso que asumimos juntos, el camino que llamamos pobreza cero” (Noviembre 2016). En ese momento, Macri se envalentonaba y reafirmaba su enunciación de 2015. Una Argentina sin pobres, con un discurso que apuntaba a la demonización del gobierno anterior y a la clase media que, dicho sea de paso, contaba con nuevos actores entre sus huestes.
Actualmente, con un índice de 35,4 % de pobreza, el macrismo anuncia que la “pobreza cero no se consigue en 4 años”. Nada nuevo. Pero es algo que la gente necesitaba comprar. Un discurso de orden y progreso pero que, ante el análisis minucioso, carecía de estrategia.
La inflación desmedida que debía ser reducida drásticamente, otro de los conceptos elaborados por el macrismo, tampoco pudo ser contenida al tiempo que el sueldo real y la flexibilización laboral inflaron una burbuja que todavía no llegó a explotar.
El caso paradigmático de Brasil también nos pone, en consecuencia, en una forma de populismo un tanto más extrema. Jair Bolsonaro actuó con más libertades y menos pragmatismo. “Vamos a unir al pueblo, valorizar la familia, respetar las religiones y nuestra tradición judeo – cristiana, combatir la ideología de género, conservando nuestros valores. Brasil volverá a ser libre de las amarras ideológicas” (Discurso de asunción, 2019)
Analizando criteriosamente lo expresado por el actual presidente del Brasil, lo que en realidad le propuso a la gente es la persecución del libre – pensamiento, la inequidad de género y la falta de soltura para permitir la diversidad. “Sería incapaz de amar a un hijo homosexual. No voy a ser hipócrita aquí. Prefiero que un hijo mío muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí”. (2011, entrevista).
Es necesario remarcar algunas cuestiones actuales: la corrupción goza de buena salud en Brasil, los índices económicos se encuentran en baja y la fórmula de la persecución habla de la polarización de la misma hacia los sectores opositores. Sumemos a esto la frutilla del postre. La desconsideración por el Amazonas y la crisis ambiental en la que se encuentra sumido uno de los países que supo liderar la economía mundial.
En Chile, ese país ordenado bajo supuestos de buenas administraciones, liderado por Sebastián Piñera, se encuentra en una línea divisoria entre los que quieren dar vuelta la historia y los que quieren cambiar de página.
El mismo presidente que en algún momento argumentó que “El senador Pinochet y su familia están viviendo momentos difíciles en Londres. Por eso, merecen toda nuestra solidaridad” demuestra a diario a fuerza de qué se sostuvo en el poder.
Luego de haber decretado el Estado de sitio, el presidente chileno dijo que “La grave situación que vive nuestro país desde hace ya cuatro semanas exige, y con urgencia, dejar de lado todas las pequeñeces, y actuar con la grandeza y el patriotismo que las circunstancias nos exigen”.
En su discurso de asunción, Piñera se acercaba a la presidencia aseverando cosas que luego le fue imposible cumplir. “Esta Universidad no nació por decreto, sino de las luchas de los hombres, y su tradición progresista viene de la sacudida de nuestra historia y es la estrella de nuestra bandera".
Pero cuando hubo que conceder en las luchas de los hombres y mujeres de Chile, el actual presidente tomó la determinación de presionar un poco más los bolsillos populares pero que, sin dudas, incentivaron su ascenso así como lo hicieran en el mandato anterior.
Punto y aparte, el caso de Bolivia se nos representa alejado de la tesitura de los tres presidentes analizados. Nos propone realizar notas al pie y desafiar las fronteras de lo imprescindible a la hora de acudir a la memoria colectiva. No podemos hablar de un gobierno impuesto y sostenido desde un golpe cívico – policial. Debemos pronunciar la exageración y la sobre actuación y, para aquellos que recurren a la santidad, remarcar la blasfemia. No se trata de santos benefactores, sino de individuos que propulsaron al máximo la quema de casas, las represiones y las muertes. Si, como decía Marx, el Estado es garantía de desigualdad, este es el claro ejemplo.
Presentados algunos casos de Nuestramérica, es tiempo de comenzar a responder el inicio. No sin antes recordar lo que sostenía Ernesto Laclau en su libro “La razón populista”: “El populismo, como categoría de análisis político, nos enfrenta a problemas muy específicos. Por un lado, es una noción recurrente, que no solo es de uso generalizado, ya que forma parte de la descripción de una amplia variedad de movimientos políticos, sino que también intenta capturar algo central acerca de estos. A mitad de camino entre lo descriptivo y lo normativo, el concepto de “populismo” intenta comprender algo crucialmente significativo sobre las realidades políticas e ideológicas a las cuales refiere”.   [1]
Ante esa mirada, el populismo incide de manera determinante en la búsqueda pragmática de aquellas cosas que le reservan un lugar honorífico en el podio del poder. Aquel que lo entienda es capaz de liderar un partido político, un pueblo y una Nación. El problema suscita en el día después de la asunción. ¿Qué se hace con las promesas que no se pueden cumplir?
En este caso puntual, el Neoliberalismo se presenta como una fuerza de choque capacitada para cumplir con todas aquellas cosas que determinan el dominio hegemónico de las Instituciones y “También se presenta como una dependencia inerte a determinados mandatos que ni siquiera son explícitos, pero sin embargo eficaces. Es lo que llamamos corrientemente la “naturalización” del poder neoliberal, disfrazar su ideología bajo la forma del “fin de la ideología”. [2] A cuenta de una manipulación diaria por parte de los medios de comunicación que no dejan de ser económicos y hegemónicos.
Tiempo después de aquella charla en el Centro cultural de la cooperación, me tocó asistir a un workshop con Giacomo Marramao. Nobleza obliga, no lo conocía. Martín, mi entrañable amigo que me invitó como asistente a la Universidad Arturo Jauretche, me presentó a Sabrina, profunda admiradora del filósofo. Así, y bajo la publicidad que le hacía sobre sus textos y pensamientos, me introduje en la charla mediante la cual el autor italiano nos hablaba sobre la importancia de re encantar la política. Para él, no se debía producir una Democracia desde las bases anticuadas, sino que debíamos hacernos cargo de los momentos actuales que se vivían. Y enumeró la cantidad de veces que había discutido con sus amigos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. En mis apuntes de ese día, cuidadosamente guardados, entendí que la Democracia sin pasión política ni virtud, no es Democracia. El pueblo es un acontecimiento político y no un concepto estático. Es un sujeto colectivo que produce una constante dinámica de cambio y conflicto. Por tal motivo su cooptación es fundamental. Es el pueblo, en su distinta jerarquía social, lo que el líder debe amalgamar para sostenerse en el poder. A la larga, un Estado opresor retroalimenta el mismo odio, pero también nuevas manifestaciones que provocan una misma respuesta violenta de abajo hacia arriba.
En ese marco, los mal englobados populismos por parte de los movimientos políticos contrarios, razonan la política desde un contagio masivo, más movimientos y mejor redistribución de conceptos. Desde una visión más social (o popular) abren el Estado sin restricciones y entienden el encanto de la política desde un sector mayormente marginado. De aquí la confusión que nos lleva a responder las preguntas iniciales.
Si los partidismos políticos están acabados y la fórmula ganadora son los nombres, el populismo se somete a quién lo pueda utilizar a gusto. Quién lo domine discursivamente, carismáticamente y diplomáticamente, se acercará a los estándares del pragmatismo que permite (o no) mejorar la historia.
Lejos de proponer cambiar de página, lo que sugiere Chantal Mouffe es que (sobre todo para los partidos de izquierda) hacerse cargo del término invita a generar un movimiento difícil de romper. Nos lleva a pensar que América debería hacerse cargo de sus riquezas en recursos y transformarse en un bloque autárquico y menos dependiente de los capitales y decisiones extranjeras. Pero para ello debe entenderse lejos de la despectividad del término. Pues si consideran que el americanismo es populismo, bienvenido sea porque entonces será un movimiento político encantador que promoverá enormes cambios sociales hacia arriba.
Evo Morales lo produjo una Bolivia económicamente creciente, declarada por la UNESCO como país libre de analfabetismo y con salarios y decisiones que la empoderan frente a las grandes potencias. Quizás, como dice Maristella Svampa, el gran error es la perpetuidad. Porque para que un populismo sea efectivo, necesita siempre de nuevos liderazgos que ayuden a re encantar la política y promuevan (bajo ese pretexto) la bandera democrática. Esa sea quizás hasta hoy la deficiencia de un movimiento del que nos deberíamos apropiar, mejorar y solidificar para que verdaderamente América sea un solo grito: Nuestramérica.
El populismo nos ofrece una amplitud que debería trabajarse históricamente para que, de esa manera, los estudios sociológicos nos marquen el rumbo de aquellas cosas que se hicieron mal. Porque para re encantar la política se necesita enamorarse de un proyecto y en ello no mecanizar la corrupción. De esta forma se evitan los vaivenes político – sociales de pueblos que, cada tanto, olvidan sus raíces en cualquier estación de tren. En ese marco, llegar al destino de América autárquica es un complejo misterio que solo los americanos podemos resolver (puertas adentro).
Las corrientes del populismo neoliberal analizadas se embanderan en la distinción de desactivar los desórdenes que provoca la corrupción y le explican al pueblo en forma publicitaria por qué tienen la fuerza necesaria para unir al pueblo en uno solo. Algo así como la satirización americana de los sueños de Mandela. Pero el efecto contrario, cuando estos llegan al poder, es inevitable. Siempre hay odios envalentonados en revanchismos.  
Las clases medias que inclinan la balanza del cambio fueron curiosamente infladas por nuevos actores sociales provenientes de marginalidades anteriores que, dentro de gobiernos de tintes populistas, consiguieron ascender socialmente. Debemos tomar nota, aceptar el desafío y promover de una vez por todas un “populismo propio y responsable” que entienda a América como pocos lo han hecho. Que permita un bloque único, una muralla económica que se haga cargo de los recursos naturales que nos preceden, pues en ese sentido América es una superpotencia y nadie lo puede negar. La pelota siempre está de nuestro lado. Deberíamos enterarnos.



[1] LACLAU, ERNESTO. “La razón populista”. EFE, Buenos Aires, 2004.

[2] ALEMÁN, JORGE. “Hegemonía y poder Neoliberal” https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-271126-2015-04-23.html  2015.