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domingo, 24 de octubre de 2021

No te vayas.

 De Daniel Favieri Tuzio


Para cualquiera de los transeúntes que vagaban por el barrio de Mataderos, era una pared más. Blanca e insulsa como muchas de las que estaban en el perímetro. En algunos casos, debemos reconocer, los inocentes de la pelota de trapo (de los que alguna vez hemos hablado), habían logrado dibujar, a fuerza de pelotazos, las murallas de las casas. Y eso, si me permiten la sinceridad y ningún vecino se enoja, era mejor que el aburrimiento de la monotonía de los colores.

Pero, retomando la historia de la pared, para Emanuel no se trataba de algo insignificante. Esa pared representaba un sentimentalismo apagado en los gestos de su rostro, pero que, por distintas razones, era un calvario en su ser. Dicen los que todavía miran Nothing Hill (ese producto del amor más hollywoodense), que cuando el amor coloniza tus sentidos, no hay nada más por hacer, excepto librarse a la capacidad de amar o resignarse a vivir una vida en soledad. Porque, curiosamente, es apropiado decir que quien ama eternamente a alguien, queda víctima del tiempo y estancado en su soledad, si es que ese alguien no le corresponde con los sentimientos de igual índole. Pero, quienes logran encontrar a la persona adecuada, pueden desarrollar toda la capacidad de la felicidad. Y yo creo, casi con seguridad, que los inocentes de la pelota de trapo lo sabían. Y por eso no les importaba enamorarse. Se mantenían en su eterna adolescencia. Pateando en las calles de un barrio solemne que los escuchaba reír, repiquetear la pelota o, también, insultar cuando el partido estaba perdido. Estoy convencido de que ellos no querían terminar como el jugador estrella Juan Abascal, que había abandonado el fútbol por miedo al fracaso. Aunque el rumor, comentaban por ahí, soplaba en el viento y decía que Abascal se había enamorado de una morocha que lo había hecho más feliz que la pelota. En uno u otro caso, ninguno quería probar. Preferían el statu quo, antes que dar el paso hacia un probable fracaso amoroso.

Pero ese no era el caso de Emanuel. A él lo movía otra cosa. Estaba estrechamente arraigado a la pared blanca y vacía del barrio de Mataderos. Parecía obsesivamente atraído por ese espacio recóndito que, ni siquiera, era un punto de reunión para las barras de amigos. Ni los inocentes de la pelota querían saber nada con ese lugar. Pero Emanuel, insistente, nos reunía a diario en ese espacio. Y era tan aburrida esa pared, que hasta alguna vez nos tuvo que amenazar. O íbamos o se terminaba la amistad.

Y fue en una noche de frío, cuando el misterio se reveló. Yo estaba en mí casa y, a pesar de que era viernes, había decidido no salir. Además, jugaba San Lorenzo, ritual sagrado de indudable contenido romántico (sí, también). Sin embargo, en la puerta estaba Emanuel. Traía a dos amigos más que, detrás de él, gesticulaban para que escuchara lo que estaba por ocurrir. Emanuel, una vez más, quería que vayamos a la pared. Raro en él, venía con ropas viejas, al tiempo que en su auto sonaba Luis Miguel (y eso ya era mucho). Mientras le explicaba que no podía ir, porque estaba jugando San Lorenzo, se escucha de fondo un gol de Huracán. Ya perdíamos dos a cero. Miré al cielo, lancé un buen insulto y le dije a Emanuel “vamos a la maldita pared, pero sacás a Luis Miguel y ponés a los Caballeros de la quema”.

Y así fue. Marchamos hacia la pared insulsa, en una noche de invierno y mientras San Lorenzo perdía con Huracán. Así las cosas, Mataderos estaba más lúgubre que un cementerio y Emanuel parecía el sepulturero. Sobre todo, cuando, una vez en el lugar, se fue al baúl de su Fíat 147 a descargar algunos elementos. Entre la incertidumbre, la única certeza parecía ser que Emanuel había enloquecido. Pero entre el loco y la caída de San Lorenzo, prefería al loco.

Cuando nos pide que bajemos, nos muestra que entre sus manos tenía una bolsa llena de aerosoles. “Ella se va a ir mañana. Y yo le tengo que decir todo lo que siento. Porque lamentablemente no voy a verla más. Es eso o vivir con la duda para siempre. Lo estuve pensando. Lo medité mucho. Se lo tengo que escribir en la pared. Para que lo vea y le quede guardado para siempre” nos dijo Emanuel que, modificando toda la ecuación de nuestro pensamiento, nos demostró que no estaba obsesionado con una pared. Que, en realidad, tampoco estaba loco. Que su pasión no tenía que ver con un partido de fútbol. Sino que simplemente quería brindarle a su amor, el homenaje de que supiera que alguien en esta tierra pensaba en ella. Y que su partida no era insignificante, sino que para él dejaba un vacío difícil de llenar.

La pared quedó pintada. Con colores, con esmero y con una frase que decía a su amor “no te vayas”. De fondo, sonaban Los caballeros de la quema. En su canción, la frase decía “Y una pared que le grita a un amor, no puedo olvidarte”.

Esa noche, a pesar de que San Lorenzo dio vuelta el partido y le ganó a Huracán tres a dos, nada me importó más que la historia de Emanuel. Iluminado por las luces de su amor y agradecido a la pared insulsa del barrio de Mataderos, su historia quedó plasmada para siempre. Nunca nadie supo de los autores de semejante obra del romanticismo barrial. Quedamos ocultos bajo el lema de “los Siqueiros del amor del barrio de Mataderos”. Tampoco ningún vecino del barrio, ni las obras del progreso, se animaron a borrar el mensaje. Suponemos que todavía creen que la inspiradora del mural puede no haberlo visto. O es muy probable, casi con seguridad, que algún enamorado aproveche el mensaje y dedique a su enamorada esa pared. Cuando nos juntamos, creemos consecuentemente que en unos años más, esa pared se transformará en una atracción turística como los balcones de Romeo y Julieta. Pero, a la vez, nadie más que nosotros conocemos el resultado final de la historia. Y así será por siempre. Lo que un amigo guarda en el cofre de la amistad, permanece allí por siempre.

viernes, 20 de agosto de 2021

Cuando quieran y dónde sea. Una historia de encuentro.

 


De Daniel Favieri Tuzio.

Las distorsiones del amor generaron imposiciones en la mecánica del tiempo. Las distancias fueron absolutamente justificables. Y los silencios también. Nadie tuvo en mente que, pasados los años, alguna variante de la física pudo hacer que los más utópicos de su generación, volvieran a encontrarse en un abrazo colmado de incertidumbre. Es que, sin dudas, el hecho de que tanto la una como el otro no fueran más que simples desconocidos cruzados por la casualidad, es el factor más importante de lo que viene a continuación.

Habían pasado algunos años de la última vez que se cruzaron. Fue cerca de una avenida céntrica, en donde las personas caminan concentradas en las vidrieras, las marquesinas teatrales y las librarías más importantes. Él, pendiente del estreno de una obra de teatro, hacía la cola que lo llevaría a la sala Cunill Cabanellas. Ella, hacía lo mismo con la diferencia de que estaba esperando con diez personas de por medio. Lo cierto es que ambos se dirigían al mismo lugar, en el mismo momento y con el mismo objetivo. Tanto él como ella, no querían ser agobiados por los fantasmas de la soledad, ni por los ruidos silenciosos de sus casas vacías, que, cada vez que crujen, estrujan el alma hasta hacerla enojar. Y por eso fueron al teatro.

Si el lector o la lectora, piensa que los dos personajes de este escrito se encontraron en la misma fila del teatro, uno al lado de la otra y bajo el manto de una historia feliz, realmente siento desilusionarlos. Pues eso no pasó. Sino que cada uno, desde sus premeditadas ubicaciones, estaban en los extremos de la sala. Incluso me atrevo a decir que, lejos de parecerse a una película, cuando él enfocaba su mirada perdida hacia el sector en donde estaba ella, ella miraba para el lado contrario. Cuando ella realizaba, por la inercia de la inquietud, la misma acción, él estaba observando la cabina de sonido que estaba a sus espaldas. Es decir, ni uno ni la otra habían cruzado siquiera una mirada. No sabían de sus presencias y, a ciencia cierta, mucho menos podían dejarse llevar por lo que algunos teóricos de las utopías del romanticismo llamaron el “amor a primera vista”.

Pasadas las dos horas que duró la función, ella tomó su mochila y acomodó detrás de su oreja el mechón de pelo que caía en su ojo. Él, se puso la campera y caminó a la salida. Mientras él emprendía su caminata en vistas de regresar a su casa, ella esperaba un taxi. Y si bien él viajó en el colectivo de la línea 103, hacia la zona de Villa Madero, en el conurbano bonaerense, nunca se enteró de que ella se dirigió hacia el mismo lugar. Y mientras ella escuchaba la radio, él llevaba puesto un tema de Los caballeros de la quema.

A veces no nos damos cuenta, porque es muy difícil de percibir. Según los utópicos del romanticismo, que creen en las teorías más alocadas del amor, este es una especie de don que aparece a través de un flechazo ilógico que dura toda la vida. Sin embargo, impugnados por el tiempo, ambos cargaban en sus espaldas las historias de amores truncos a los que ningún flechazo pudo atravesar. Pues, así, cada uno, en esa noche de frío, terminó en el mismo espacio geográfico, habiendo visto la misma obra de teatro, en un lugar alejado, a diez pasos de distancia y sin verse las caras. No hay peor fracaso para el amor, que las utopías de lo irrealizable. Es que, cada uno desde sus vivencias, parecían estar hechos el uno para la otra. Solo que no se habían enterado.

No hay tiempo que las cronologías puedan medir. Porque habían compartido su adolescencia sin percibirse como realidad. Él era un poco vergonzoso, y ella un poco más amistosa. Ella siempre había sobresalido entre su grupo de amigos, y él tenía activados los sentidos del miedo. El dilema era comprender que no siempre las historias están escritas a medida, sino que muchas veces necesitan de vivencias que consoliden las convicciones. Porque los teóricos más objetivos, indican que a veces hay que sangrar para volver a reconstruirse. Lo que no explican es que, a veces, es necesario superarse.

Y si el lector o la lectora siguen bajo la influencia de las posibles variables que delimiten el espacio para que estas historias individuales se encuentren inesperadamente, sepan que lo más ilusorio radica en cumplir con lo que esperan. A los autores se los exige de forma constante para que no rompan la magia del final. Pero, es justo decirlo, que esta es una historia de vida. Porque la mera existencia, no importa en qué momento o lugar, es un encuentro. Porque muchas veces la celeridad de la vida nos prohíbe percibirnos en la escuela, en la calle, en el teatro o en el barrio. Inexplicablemente, no hay mucho más para agregar a esa transformación del mundo, que nos impide exponer las teorías de la felicidad. Y esa persona puede estar allí, al alzar la cabeza.

Y esta es una historia de esperanza, para que el lector o la lectora entiendan que, a pesar de todo, alguien está esperando. Tanto ella como él, un día, sin saberlo, volvieron a cruzarse por ahí. Ni en el teatro, ni en el camino a casa. Ni bajo una lluvia intensa, ni por una red social. Simplemente fue por allí. En ese lugar que ni usted ni yo entenderíamos, porque estábamos esperando la historia perfecta. Y no hay nada más perfecto que una historia que nadie espera, nadie percibe y nadie conoce. No es lo que la sociedad decide, es lo que él y ella quieran en el momento que lo deseen.



martes, 30 de marzo de 2021

¿A dónde van los amores perdidos?


 De Daniel Favieri Tuzio

El amor, esa curiosa forma de explicar el desengaño, implica una novedad. Somos seres atrapados por el tiempo y la incógnita. Porque no sabemos, a ciencia cierta, cuánto va a durar una relación. Pero sí sabemos, y esto es una certeza, que siempre se puede terminar.

Entonces, más allá de las virtudes de los fanáticos del romanticismo (que buscan entender el estado del amor), debemos comprender algo fundamental: somos rehenes de un éter que nos envuelve y nos inmoviliza en el tic tac de las agujas del reloj.

Retomo, un tanto ingenuo, este embrollo que planteo. Y desanudo el efecto causado por algo desconocido y que automáticamente me conduce a pensar: qué pasa con los amores perdidos? ¿A dónde van a parar?

Pero que se entienda, no hablo de relaciones rotas. Ni intento contribuir a una mirada global sobre aquellas cosas que son sencillas de explicar. Simplemente intento encontrar la escena puntual en donde una persona deja de amar a la otra, aún amándola.

Es como una suerte de paradoja. Un universo paralelo de dos vidas. Una especie de sueño, en donde el costo es no despertar de la pesadilla.

Si alguien me pregunta, la latinoamericana que viajaba por el cielo azul, la de los ojos más verdes que el pasto, había cautivado todo lo que una mujer podía conquistarle a un hombre: la mirada.

Y parecía que, igualmente, las obras de arte del contexto invitaban a un romanticismo constante. Érase una vez en México, cuando esos ojos verdes hicieron estragos de lo conocido hasta ese momento. Yo era medio adolescente, y como tal, no conocía del tiempo. Porque el tiempo lo hacía yo. A mí gusto. A mí forma. Y con esa letal idea de que el reencuentro iba a ser más especial que el encuentro. Alguna vez. Más pronto que tarde. Porque, en definitiva, los gajes del oficio de un soñador, no tienen límites. Y a esa edad, dieciocho años, nadie puede frenar el reloj.

Pero, así las cosas, y si estoy hablando de ese lugar al que van los amores perdidos, es porque alguien le puso un límite a mi tiempo. Insistentemente, vaya a saber quién, me fue invitando a declinar sobre la idea de un mañana de historias con finales felices. Algo que, así como lo digo, me indica que la felicidad plena es otra de las mentiras mejor inventadas para perseguir los sueños. Es como la economía de un país. Felicidad por un tiempo, deuda con el futuro. Tiempo de pagar para volver a perseguir la felicidad. Utopía al fin.

La Latinoamericana de los ojos más verdes me dijo alguna vez, “me gustaría verte una vez más”. Pero era evidente que ambos estábamos contrayendo una deuda con el futuro. Impagable. Pero en ninguna de sus formas usurera. A lo sumo, se paga con el desamor. Y eso pasó.

Pero retomando lo que decía al principio, sobre ese cuento de los amores perdidos, pienso que se ubican en formas inconclusas que no saben de odiar. Que no pueden mentir. Indudablemente conforman el momento ambiguo en donde uno quisiera sentir la ira para aprender a soltar. Pero, tan inquebrantable es la regla, que nos deja permanentes secuelas de lo que nunca dolió. Algo así como los recuerdos de un futuro que nadie conoce, pero que, si lo miramos con binoculares, está contado por las mentalidades de los curiosos, de los extraños, de los que vieron a esos amores perdidos deslumbrados por el olvido. Es decir, un futuro que existe. Que se deja ver.

No sé que habrá sido, a ciencia cierta, de la Latinoamericana de los ojos verdes. Podría mentir y decir que jamás volvimos a tener contacto. También podría decir la verdad y contarles que cada tanto sabemos más de lo que debemos. Y es en este vacío de las certezas en donde uno se posiciona para decir que los amores perdidos no tienen tiempo, ni lugar, ni sonido, ni nada. Están perdidos. Se fueron por ahí. Y nunca han de volver. Ese es el costo que hay que pagar, cuando uno no sabe lo que se va a terminar. El ser humano, entre otras cosas, debería hacerse un bien y ponerles fin a las cosas. Con un tiempo, en un lugar y cuando ya no hay más segundos libres para enamorarse. Deberíamos poder, sin duda alguna, decidir en dónde depositar a los amores perdidos, más allá de lo alcanzable.



domingo, 14 de marzo de 2021

Una mirada entre la gente


 De Daniel Favieri Tuzio

"Y entonces de repente, te veo entre la gente". 

Es que resulta casi imperceptible cuando una mirada entre la gente produce una conexión digna de un cuento de hadas. En realidad es tan imperceptible como la veracidad del suceso. Un espacio y un tiempo aislado, que parece gozar de una cápsula de silencio que no se puede explicar.

Uno no sabe cómo pasa. Ni por qué. Ni mucho menos para qué. Bueno, en realidad uno no sabe nada y de la duda también se aprende. Pero lo que sí es una certeza, es que la sangre que corre por las venas del cuerpo nos indica el camino del impulso como el único trayecto a seguir. Y muchas veces nos toca el rechazo.

Si he de hablar del rechazo, es su presencia la que nos permite amigarnos con la adrenalina de una probable negación amorosa, que en definitiva nos invita a pensar que los cuentos de amor son solo una dulce imagen hollywodense dispuesta para hacer dinero. Un engranaje más del capitalismo que rige las riendas del mundo en que vivimos.

Desde mi posición, el capitalismo es una aberración constante del sistema. Pero siempre me vuelvo a enamorar. Es tan aceitada la maquinaria, que de ninguna manera uno puede transgredirla sin perder algo en el camino. Hasta la misma confianza del ser.

Y todo habla de amor. La religión, los comercios, las instituciones, la tele, la pandemia, etc. Y así, como el triunfo de algo que no conocemos (porque no lo podemos ver o tocar, e incluso es objeto de análisis científico) nos entrega un concepto extraño que nos dirime en la pregunta rastrera… ¿Qué es el amor?

Hay una dinámica eficiente, producto de las sensaciones inverosímiles del amor. Por un lado, la de no querer volver a enamorarse. Prometer a los cuatro vientos que nada, ni Brad Pitt o Jennifer Anniston, pueden hacernos cambiar de opinión. Cuando nos desenamoramos, duele. Y si duele, no es amor. Y en segundo lugar, la compleja confusión que se genera cuando, volviendo a citar a Brad y a Jennifer, nos volvemos a enamorar. Dejamos de lado nuestras más puras convicciones y nos entregamos por completo a la llegada de un nuevo hombre o de otra mujer.

Pero la vida es así, vivimos en una sociedad posmoderna que avanza a pasos agigantados y sin medir consecuencias. Hemos visto caer imperios y en el presente vemos desaparecidas las más fervientes convicciones. Una y otra vez, dudosos pero perseverantes, volvemos a confiar en el amor (insisto, algo a lo que jamás le vimos la cara).

Y así se construyen algunas historias. Hay dos opciones: o uno se hace amigo de la soledad (y por ende cura sus más crueles internas personales) o uno no se amiga (y llena los vacíos). Entre la primera y la segunda, lo cierto es que uno se vuelve a enamorar.

Al parecer, entonces, volver a fijar la mirada en una persona es repensar aquella vez en que la ternura de dormirse mirándose a la cara, cuando la almohada suave susurraba una canción de cuna, le dio un sentido a cerrar los ojos. Es reconstruir la vaga idea de que el complemento es posible y que caminar de la mano es un culto a la admiración mutua. Es consolidar que dos pasados con presentes se unan para cimentar estructuras débiles que, como la vieja Italia, pueden ser engrandecidas sin modificar las fachadas. Es darle una oportunidad a la diversidad, cuando se es más maduro antes que cuando uno es más “atontado”.

De esta manera, dos almas encuentran a contramano flechas que, a pesar de ello, acortan los caminos repletos de baches que los municipios del amor nunca atienden.

Y con todo ello, alguien como yo, que es dueño de esas convicciones más propias y que siempre intenta (y solo intenta) oponerse al sistema, encuentra “una mirada entre la gente” que lo ilumina con sus ojos, que la hace una en un millón, que la encuentra perdida en el universo. Podría haber sido cualquier otra, pero fue esa. En un mundo sistemático, estructurado y lineal, alguien resalta porque el sistema no lo es todo. Los ojos valen más que la teoría de la relatividad. Supongo que de eso se trata el supuesto amor. De superar la constancia de los miedos para pensar la impertinencia de jugar otra mano más. Después de todo, nunca se sabe cómo será mañana, siempre es hoy.



domingo, 12 de abril de 2020

Malvinas, la sangre olvidada. De Daniel Favieri.


Se fue. De repente se fue como la luz que alumbra el día. No nos damos cuenta y desaparece. Y ya no está.
Mi hermano era como esa luz. Era un sol que ahora alumbra nuevos horizontes. Que baña con sus rayos nuevas tierras predicadas con el olvido.
Fue hace un año, pero parece que hicieran diez. Lo perdí con el ocaso del verano, se me fue con la locura del invierno.
Su último llamado fue raro. Porque él decía que estaba bien. Pero lloraba. Él pensaba que volvía. Pero lloraba. Él soñaba con que se trataba de heroísmo, pero yo también lloraba. 
Quizás perturbada por recuerdos de un futuro que aún no sucedía. O quizás intentando que las imágenes que nos retrataban en la infancia, no fueran tan solo olvido.
Siempre fue un idealista. Y yo lo seguía en cada una de esas cosas que proponía. La llamaba a mi viejita y le decía… “Mirá vieja, allá arriba vos y yo” señalando un cielo inalcanzable. Creo, incluso hoy, que él sabía que era el sol.
El indescriptible lloriqueo de su voz me hacía imaginar esa mirada tan fuerte (porque él lo era), tan débil como los árboles a los que les llega el tiempo de la decadencia. Lo veía desde lejos con una temerosidad impropia de su alma. Con un sinfín de sensaciones que lo desarmaban por dentro.
Y muchas veces lo soñé. Sí, sin dudas que lo soñé. Con todo ese miedo, temblando de frío aunque nos dijeran que nuestros soldados en Malvinas la pasaban bien. Aunque nos dijeran que comían y los atendían. Aunque nos quieran hacer creer el verso de que la guerra la estábamos ganando… Yo pensaba, ¿cuánto han de durar los ojos vendados de la sociedad? ¿O tan solo se tratará del miedo a la verdad, de la utopía de la libertad?.
Malvinas argentinas que por vos juramos con valor defender nuestra bandera y nuestra memoria. Malvinas que bajo tus aguas pervive la sangre de nuestros soldados olvidados por los muros de las fronteras mentales que no abren su barrera. Malvinas que por tu memoria entregamos a nuestros más nobles héroes. Malvinas que por vos volvieron aquellos que pagaron con años de su vida el precio de regresar. Malvinas que fuiste, sos y serás la causa más grande de nuestros sueños, que nos desvelan en las noches de pesadez… Malvinas por vos seguiremos de pie, erguidos y erguidas como argentinos y argentinas unidos y unidas en una sola canción impregnada de la búsqueda incansable de quienes ya no están.
Se ha ido el sol. Se ha ido mi hermano junto a nobles almas que ya no regresaron jamás. Ahí quedó el mate de la vieja, estancado en el tiempo. Soñando día y noche conque Ramiro va a regresar. Ahí se quedó el abrazo eterno del viejo con una sonrisa histórica que nunca habremos de olvidar. Ahí se queda tu sonrisa hermano mío, con la sangre olvidada en las tierras del fin del mundo. Con un viento fuerte que sopla con su voz constante “MALVINAS NUNCA TE HABREMOS DE OLVIDAR”. Porque somos los hijos y las hijas de la Democracia. Somos la bandera que nunca habremos de bajar. Porque recordar a nuestros héroes siempre será presente. Porque recordar a nuestros héroes siempre sea futuro.
Aquí me quedo hermano mío. Con tu sangre olvidada. Esperando que la Democracia traiga en este 1983 glorioso, tu nombre en un recuerdo o tu gloria en la eternidad. Que tu luz no me olvide. Yo no lo haré contigo.

Nuestro diluvio. De Daniel Favieri.


Eran las dos de la mañana de un sábado lúgubre. La humanidad no había comprendido las vicisitudes del momento. Y mientras se debatía entre la ignorancia y la desgracia, sucumbía segundo a segundo.
Hacía de su profunda herida una grieta del tiempo. Mientras afuera, los marginados y las marginadas no lo eran tanto (pues desacataban las órdenes del encierro), adentro los supuestos y las supuestas inocentes padecían los desvelos por no poderse recordar.
Fueron tantos los años de no mirarse a los ojos y tantas las incapacidades de la libertad, que los humanos y las humanas de ese mundo abandonado, finalmente, entendían lo que era extrañar.
Era como un obligado experimento social. Era como una prueba de constante responsabilidad. Desde las entrañas del retiro se luchaba contra todo aquel incumplidor fatal. Eran tiempos de pensar en nada, ponerse en cero y volver a caminar.
La humanidad, que tantas veces dedicó su tiempo a buscar seres de otros planetas, ahora vagaba por sus propias cárceles, dependiendo de sí misma para sobrevivir. Buscándose a ellos y ellas mismas. Ni más ni menos. Una tarea difícil. Una lucha de enemigos internos. Un efecto de derrotas constantes.
Si el mero hecho de participar de una prueba invariable no entendía de desafíos, era porque en sí misma la humanidad no lograba entenderse. ¿Cómo ha de ser tan bestia, que dice extrañar lo que nunca miró, lo que de ningún modo valoró y lo que jamás abrazó? Ahora sí dirán cada tanto que entendieron al preso, al desvalido y al médico. Al policía, al docente y al carpintero.
Eran las dos de la mañana de un sábado lúgubre. Muchos y muchas continuaban despiertos. Soñando que todo era un sueño. Pensando que todo iba a pasar.
Los más pesimistas incluso creían que había espacio para el silencio. Ese que, como si fuera un tiro libre de Messi, acallaba a las fieras y esparcía esperanzas en la tierra. De ver un gol, de ver un deseo cumplido y de creer que la justicia divina estaba de su lado porque “Dios es argentino” dirían alguna vez los “desencajados del barrio del olvido”.
Ni “Dios es argentino”, ni Dios es parte. La humanidad, eternamente buscadora de chivos expiatorios que expliquen sus torpezas, se veía restringida a sí misma. El peor efecto del juego era, sin dudas, que lo estaba perdiendo.
En definitiva, no había una explicación certera en la carrera de la subsistencia. No había un proyecto potable para sanar los males. Pues la peor dependencia es la de uno mismo con uno mismo. La peor forma de castigo es la nimiedad de tener que quererse un poco. El peor show al que podemos asistir es al de entender que existe otro, una otra y un conjunto de especies que conviven entre sí.
Eran las dos de la mañana de un sábado lúgubre. La humanidad había sido invitada a un nuevo tiempo histórico. A un probable cambio de paradigma. La humanidad entera debía mirarse al espejo y preguntarse… ¿Qué carajos hicimos?
Eran las dos de la mañana. Tiempo de entender los límites de la pretensión. El reloj hacía ruido. Movía sus agujas como si estuviera explicando una lección. La del tiempo que se escapaba como agua entre los dedos. La humanidad aún no lo había entendido. Estaban en su nueva arca de Noé. Era un diluvio sin lluvia. Era su propia medicina. Era su peor proyecto… Desafiarse a sí misma para correr el riesgo de vencer y tener que cometer los mismos errores que la llevaron a ese sábado lúgubre, a las dos de la mañana, cuando todo era clama, todo era nervios, todo era falsedad.