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domingo, 24 de octubre de 2021

No te vayas.

 De Daniel Favieri Tuzio


Para cualquiera de los transeúntes que vagaban por el barrio de Mataderos, era una pared más. Blanca e insulsa como muchas de las que estaban en el perímetro. En algunos casos, debemos reconocer, los inocentes de la pelota de trapo (de los que alguna vez hemos hablado), habían logrado dibujar, a fuerza de pelotazos, las murallas de las casas. Y eso, si me permiten la sinceridad y ningún vecino se enoja, era mejor que el aburrimiento de la monotonía de los colores.

Pero, retomando la historia de la pared, para Emanuel no se trataba de algo insignificante. Esa pared representaba un sentimentalismo apagado en los gestos de su rostro, pero que, por distintas razones, era un calvario en su ser. Dicen los que todavía miran Nothing Hill (ese producto del amor más hollywoodense), que cuando el amor coloniza tus sentidos, no hay nada más por hacer, excepto librarse a la capacidad de amar o resignarse a vivir una vida en soledad. Porque, curiosamente, es apropiado decir que quien ama eternamente a alguien, queda víctima del tiempo y estancado en su soledad, si es que ese alguien no le corresponde con los sentimientos de igual índole. Pero, quienes logran encontrar a la persona adecuada, pueden desarrollar toda la capacidad de la felicidad. Y yo creo, casi con seguridad, que los inocentes de la pelota de trapo lo sabían. Y por eso no les importaba enamorarse. Se mantenían en su eterna adolescencia. Pateando en las calles de un barrio solemne que los escuchaba reír, repiquetear la pelota o, también, insultar cuando el partido estaba perdido. Estoy convencido de que ellos no querían terminar como el jugador estrella Juan Abascal, que había abandonado el fútbol por miedo al fracaso. Aunque el rumor, comentaban por ahí, soplaba en el viento y decía que Abascal se había enamorado de una morocha que lo había hecho más feliz que la pelota. En uno u otro caso, ninguno quería probar. Preferían el statu quo, antes que dar el paso hacia un probable fracaso amoroso.

Pero ese no era el caso de Emanuel. A él lo movía otra cosa. Estaba estrechamente arraigado a la pared blanca y vacía del barrio de Mataderos. Parecía obsesivamente atraído por ese espacio recóndito que, ni siquiera, era un punto de reunión para las barras de amigos. Ni los inocentes de la pelota querían saber nada con ese lugar. Pero Emanuel, insistente, nos reunía a diario en ese espacio. Y era tan aburrida esa pared, que hasta alguna vez nos tuvo que amenazar. O íbamos o se terminaba la amistad.

Y fue en una noche de frío, cuando el misterio se reveló. Yo estaba en mí casa y, a pesar de que era viernes, había decidido no salir. Además, jugaba San Lorenzo, ritual sagrado de indudable contenido romántico (sí, también). Sin embargo, en la puerta estaba Emanuel. Traía a dos amigos más que, detrás de él, gesticulaban para que escuchara lo que estaba por ocurrir. Emanuel, una vez más, quería que vayamos a la pared. Raro en él, venía con ropas viejas, al tiempo que en su auto sonaba Luis Miguel (y eso ya era mucho). Mientras le explicaba que no podía ir, porque estaba jugando San Lorenzo, se escucha de fondo un gol de Huracán. Ya perdíamos dos a cero. Miré al cielo, lancé un buen insulto y le dije a Emanuel “vamos a la maldita pared, pero sacás a Luis Miguel y ponés a los Caballeros de la quema”.

Y así fue. Marchamos hacia la pared insulsa, en una noche de invierno y mientras San Lorenzo perdía con Huracán. Así las cosas, Mataderos estaba más lúgubre que un cementerio y Emanuel parecía el sepulturero. Sobre todo, cuando, una vez en el lugar, se fue al baúl de su Fíat 147 a descargar algunos elementos. Entre la incertidumbre, la única certeza parecía ser que Emanuel había enloquecido. Pero entre el loco y la caída de San Lorenzo, prefería al loco.

Cuando nos pide que bajemos, nos muestra que entre sus manos tenía una bolsa llena de aerosoles. “Ella se va a ir mañana. Y yo le tengo que decir todo lo que siento. Porque lamentablemente no voy a verla más. Es eso o vivir con la duda para siempre. Lo estuve pensando. Lo medité mucho. Se lo tengo que escribir en la pared. Para que lo vea y le quede guardado para siempre” nos dijo Emanuel que, modificando toda la ecuación de nuestro pensamiento, nos demostró que no estaba obsesionado con una pared. Que, en realidad, tampoco estaba loco. Que su pasión no tenía que ver con un partido de fútbol. Sino que simplemente quería brindarle a su amor, el homenaje de que supiera que alguien en esta tierra pensaba en ella. Y que su partida no era insignificante, sino que para él dejaba un vacío difícil de llenar.

La pared quedó pintada. Con colores, con esmero y con una frase que decía a su amor “no te vayas”. De fondo, sonaban Los caballeros de la quema. En su canción, la frase decía “Y una pared que le grita a un amor, no puedo olvidarte”.

Esa noche, a pesar de que San Lorenzo dio vuelta el partido y le ganó a Huracán tres a dos, nada me importó más que la historia de Emanuel. Iluminado por las luces de su amor y agradecido a la pared insulsa del barrio de Mataderos, su historia quedó plasmada para siempre. Nunca nadie supo de los autores de semejante obra del romanticismo barrial. Quedamos ocultos bajo el lema de “los Siqueiros del amor del barrio de Mataderos”. Tampoco ningún vecino del barrio, ni las obras del progreso, se animaron a borrar el mensaje. Suponemos que todavía creen que la inspiradora del mural puede no haberlo visto. O es muy probable, casi con seguridad, que algún enamorado aproveche el mensaje y dedique a su enamorada esa pared. Cuando nos juntamos, creemos consecuentemente que en unos años más, esa pared se transformará en una atracción turística como los balcones de Romeo y Julieta. Pero, a la vez, nadie más que nosotros conocemos el resultado final de la historia. Y así será por siempre. Lo que un amigo guarda en el cofre de la amistad, permanece allí por siempre.

viernes, 20 de agosto de 2021

Cuando quieran y dónde sea. Una historia de encuentro.

 


De Daniel Favieri Tuzio.

Las distorsiones del amor generaron imposiciones en la mecánica del tiempo. Las distancias fueron absolutamente justificables. Y los silencios también. Nadie tuvo en mente que, pasados los años, alguna variante de la física pudo hacer que los más utópicos de su generación, volvieran a encontrarse en un abrazo colmado de incertidumbre. Es que, sin dudas, el hecho de que tanto la una como el otro no fueran más que simples desconocidos cruzados por la casualidad, es el factor más importante de lo que viene a continuación.

Habían pasado algunos años de la última vez que se cruzaron. Fue cerca de una avenida céntrica, en donde las personas caminan concentradas en las vidrieras, las marquesinas teatrales y las librarías más importantes. Él, pendiente del estreno de una obra de teatro, hacía la cola que lo llevaría a la sala Cunill Cabanellas. Ella, hacía lo mismo con la diferencia de que estaba esperando con diez personas de por medio. Lo cierto es que ambos se dirigían al mismo lugar, en el mismo momento y con el mismo objetivo. Tanto él como ella, no querían ser agobiados por los fantasmas de la soledad, ni por los ruidos silenciosos de sus casas vacías, que, cada vez que crujen, estrujan el alma hasta hacerla enojar. Y por eso fueron al teatro.

Si el lector o la lectora, piensa que los dos personajes de este escrito se encontraron en la misma fila del teatro, uno al lado de la otra y bajo el manto de una historia feliz, realmente siento desilusionarlos. Pues eso no pasó. Sino que cada uno, desde sus premeditadas ubicaciones, estaban en los extremos de la sala. Incluso me atrevo a decir que, lejos de parecerse a una película, cuando él enfocaba su mirada perdida hacia el sector en donde estaba ella, ella miraba para el lado contrario. Cuando ella realizaba, por la inercia de la inquietud, la misma acción, él estaba observando la cabina de sonido que estaba a sus espaldas. Es decir, ni uno ni la otra habían cruzado siquiera una mirada. No sabían de sus presencias y, a ciencia cierta, mucho menos podían dejarse llevar por lo que algunos teóricos de las utopías del romanticismo llamaron el “amor a primera vista”.

Pasadas las dos horas que duró la función, ella tomó su mochila y acomodó detrás de su oreja el mechón de pelo que caía en su ojo. Él, se puso la campera y caminó a la salida. Mientras él emprendía su caminata en vistas de regresar a su casa, ella esperaba un taxi. Y si bien él viajó en el colectivo de la línea 103, hacia la zona de Villa Madero, en el conurbano bonaerense, nunca se enteró de que ella se dirigió hacia el mismo lugar. Y mientras ella escuchaba la radio, él llevaba puesto un tema de Los caballeros de la quema.

A veces no nos damos cuenta, porque es muy difícil de percibir. Según los utópicos del romanticismo, que creen en las teorías más alocadas del amor, este es una especie de don que aparece a través de un flechazo ilógico que dura toda la vida. Sin embargo, impugnados por el tiempo, ambos cargaban en sus espaldas las historias de amores truncos a los que ningún flechazo pudo atravesar. Pues, así, cada uno, en esa noche de frío, terminó en el mismo espacio geográfico, habiendo visto la misma obra de teatro, en un lugar alejado, a diez pasos de distancia y sin verse las caras. No hay peor fracaso para el amor, que las utopías de lo irrealizable. Es que, cada uno desde sus vivencias, parecían estar hechos el uno para la otra. Solo que no se habían enterado.

No hay tiempo que las cronologías puedan medir. Porque habían compartido su adolescencia sin percibirse como realidad. Él era un poco vergonzoso, y ella un poco más amistosa. Ella siempre había sobresalido entre su grupo de amigos, y él tenía activados los sentidos del miedo. El dilema era comprender que no siempre las historias están escritas a medida, sino que muchas veces necesitan de vivencias que consoliden las convicciones. Porque los teóricos más objetivos, indican que a veces hay que sangrar para volver a reconstruirse. Lo que no explican es que, a veces, es necesario superarse.

Y si el lector o la lectora siguen bajo la influencia de las posibles variables que delimiten el espacio para que estas historias individuales se encuentren inesperadamente, sepan que lo más ilusorio radica en cumplir con lo que esperan. A los autores se los exige de forma constante para que no rompan la magia del final. Pero, es justo decirlo, que esta es una historia de vida. Porque la mera existencia, no importa en qué momento o lugar, es un encuentro. Porque muchas veces la celeridad de la vida nos prohíbe percibirnos en la escuela, en la calle, en el teatro o en el barrio. Inexplicablemente, no hay mucho más para agregar a esa transformación del mundo, que nos impide exponer las teorías de la felicidad. Y esa persona puede estar allí, al alzar la cabeza.

Y esta es una historia de esperanza, para que el lector o la lectora entiendan que, a pesar de todo, alguien está esperando. Tanto ella como él, un día, sin saberlo, volvieron a cruzarse por ahí. Ni en el teatro, ni en el camino a casa. Ni bajo una lluvia intensa, ni por una red social. Simplemente fue por allí. En ese lugar que ni usted ni yo entenderíamos, porque estábamos esperando la historia perfecta. Y no hay nada más perfecto que una historia que nadie espera, nadie percibe y nadie conoce. No es lo que la sociedad decide, es lo que él y ella quieran en el momento que lo deseen.



martes, 30 de marzo de 2021

¿A dónde van los amores perdidos?


 De Daniel Favieri Tuzio

El amor, esa curiosa forma de explicar el desengaño, implica una novedad. Somos seres atrapados por el tiempo y la incógnita. Porque no sabemos, a ciencia cierta, cuánto va a durar una relación. Pero sí sabemos, y esto es una certeza, que siempre se puede terminar.

Entonces, más allá de las virtudes de los fanáticos del romanticismo (que buscan entender el estado del amor), debemos comprender algo fundamental: somos rehenes de un éter que nos envuelve y nos inmoviliza en el tic tac de las agujas del reloj.

Retomo, un tanto ingenuo, este embrollo que planteo. Y desanudo el efecto causado por algo desconocido y que automáticamente me conduce a pensar: qué pasa con los amores perdidos? ¿A dónde van a parar?

Pero que se entienda, no hablo de relaciones rotas. Ni intento contribuir a una mirada global sobre aquellas cosas que son sencillas de explicar. Simplemente intento encontrar la escena puntual en donde una persona deja de amar a la otra, aún amándola.

Es como una suerte de paradoja. Un universo paralelo de dos vidas. Una especie de sueño, en donde el costo es no despertar de la pesadilla.

Si alguien me pregunta, la latinoamericana que viajaba por el cielo azul, la de los ojos más verdes que el pasto, había cautivado todo lo que una mujer podía conquistarle a un hombre: la mirada.

Y parecía que, igualmente, las obras de arte del contexto invitaban a un romanticismo constante. Érase una vez en México, cuando esos ojos verdes hicieron estragos de lo conocido hasta ese momento. Yo era medio adolescente, y como tal, no conocía del tiempo. Porque el tiempo lo hacía yo. A mí gusto. A mí forma. Y con esa letal idea de que el reencuentro iba a ser más especial que el encuentro. Alguna vez. Más pronto que tarde. Porque, en definitiva, los gajes del oficio de un soñador, no tienen límites. Y a esa edad, dieciocho años, nadie puede frenar el reloj.

Pero, así las cosas, y si estoy hablando de ese lugar al que van los amores perdidos, es porque alguien le puso un límite a mi tiempo. Insistentemente, vaya a saber quién, me fue invitando a declinar sobre la idea de un mañana de historias con finales felices. Algo que, así como lo digo, me indica que la felicidad plena es otra de las mentiras mejor inventadas para perseguir los sueños. Es como la economía de un país. Felicidad por un tiempo, deuda con el futuro. Tiempo de pagar para volver a perseguir la felicidad. Utopía al fin.

La Latinoamericana de los ojos más verdes me dijo alguna vez, “me gustaría verte una vez más”. Pero era evidente que ambos estábamos contrayendo una deuda con el futuro. Impagable. Pero en ninguna de sus formas usurera. A lo sumo, se paga con el desamor. Y eso pasó.

Pero retomando lo que decía al principio, sobre ese cuento de los amores perdidos, pienso que se ubican en formas inconclusas que no saben de odiar. Que no pueden mentir. Indudablemente conforman el momento ambiguo en donde uno quisiera sentir la ira para aprender a soltar. Pero, tan inquebrantable es la regla, que nos deja permanentes secuelas de lo que nunca dolió. Algo así como los recuerdos de un futuro que nadie conoce, pero que, si lo miramos con binoculares, está contado por las mentalidades de los curiosos, de los extraños, de los que vieron a esos amores perdidos deslumbrados por el olvido. Es decir, un futuro que existe. Que se deja ver.

No sé que habrá sido, a ciencia cierta, de la Latinoamericana de los ojos verdes. Podría mentir y decir que jamás volvimos a tener contacto. También podría decir la verdad y contarles que cada tanto sabemos más de lo que debemos. Y es en este vacío de las certezas en donde uno se posiciona para decir que los amores perdidos no tienen tiempo, ni lugar, ni sonido, ni nada. Están perdidos. Se fueron por ahí. Y nunca han de volver. Ese es el costo que hay que pagar, cuando uno no sabe lo que se va a terminar. El ser humano, entre otras cosas, debería hacerse un bien y ponerles fin a las cosas. Con un tiempo, en un lugar y cuando ya no hay más segundos libres para enamorarse. Deberíamos poder, sin duda alguna, decidir en dónde depositar a los amores perdidos, más allá de lo alcanzable.



sábado, 22 de septiembre de 2018

Hasta que te diste cuenta: un amor del tiempo


Las gotas de lluvia golpeaban en el asfalto con una impiadosa actitud que me hacía estremecer. Había pensado tanto en ese detalle que en aquella esquina perdida del barrio de Mataderos, no había reparado sobre su presencia.
Su radiante cara mojada de tranquilidad e impregnada de tiempo, me devolvió prontamente a la realidad. Ya no estaba solo en esa tarde gris. Me sentía acompañado de aquella valiente que calmaba con su fuerza la furia de la naturaleza y que extendía al mundo un mensaje subliminar: mantén la calma.
Me dio la sensación de que ella era la esperanza de mis sueños, el amor de un cuento sin final y la ilusión de mis desgracias, que en materia de amor, eran vastas.
¿De qué forma puede alguien atormentarse de invalidez sentimental? ¿Cuál es la manera correcta de percibir las señales de aquello que desconocemos? Porque a pesar de que el amor es la palabra más nombrada de nuestro mundo, nadie lo conoce, no lo tocamos y, diría yo, pocas veces lo reconocemos. Hasta que entonces aparece ese ser sobrenatural que en la casualidad de un instante siempre buscado, nos pone delante como una segunda oportunidad.
“Somos los sueños que soñamos” -pensé- y la soñé una vez más mientras la lluvia se hacía intensa. “Pero si te sueño” -murmuré- “significa que sos inalcanzable”.
Entonces me di cuenta de que estamos hechos de miedo. Un miedo inapelable del que nos atemorizamos ante la misma palabra. Curioso término que cuando uno debe decirlo no se anima a enfrentarlo... por miedo.
Sin embargo también lo pensé. El miedo puede ser un aliado desconsiderado. Que no nos da un previo aviso. No nos informa para qué se presenta ni para qué nos sirve. Es muy probable que lo mal interpretemos siempre. Y quizás no sea tan malo. Sino más bien el propio prejuicio de un concepto mal utilizado.
Entonces creo que si es tal cual como digo los seres humanos deberíamos de pensar en tiempo, en miedo y en sueños.
El tiempo nos rige como una tabla periódica que es exacta. Que no se modifica. Lo que pasó se fue. El miedo es un aliado que nos ayuda a tomar los mejores caminos posibles. Para no equivocarnos. Para no llorar por demás. Y los sueños son el final de la fórmula. El estado puro de lo que hacemos. Aquello por lo que levantamos el puño en alto y nos proponemos a nosotros mismos darle batalla a la vida para que esa tabla del tiempo no sea un elemento más del que debamos de escapar, sino más bien un amigo ente la soledad. 
Y allí estaba ella. En un mismo tiempo. Con sus miedos (sino no estaría cubriéndose del agua) y con sueños. El destino de la coincidencia no fue fortuito. Algo habremos hecho y algo habremos superado para estar en ese lugar, a esa hora y demasiado asustados los dos. Porque cada uno había fracasado en sus viejas historia. Y cada uno había sufrido lo suficiente como para no embriagarnos de ilusión. 
De la lluvia intensa sonaron las piedras que fueron como la música de nuestro encuentro. No se escuchaba el vals de la cenicienta ni la música de Nothing Hill, pero si me concentraba un poco podía escuchar su corazón. Y era tan sereno como el río en la noche. Y tan salvaje como el viento de las montañas. Así la descubrí por primera vez.
Y siempre fui demasiado intuitivo. El problema es que el miedo opacaba siempre esa sensación. Y esa tarde me paré frente a él. Nos miramos fijo algunos segundos. Levanté mi mano derecha y le ofrecí hacer las paces. El miedo sonrió y susurró... “hasta que te diste cuenta”.
De nuevo sentí la música de la lluvia que empezaba a ceder. Era el final de la película. Era el mensaje y la conclusión. ¿Quién ha de escribir el guión de nuestra historia, si no hay un más allá que calme el tiempo? Somos nosotros mismos los que tomamos en nuestras manos el agua de esta sociedad líquida, somos nosotros los que definimos de qué hablamos cuando decimos amor y somos nosotros los custodios de nuestras propias metas y objetivos.
Resumí todo eso en un viaje interno que me depositó en playas de luna llena y entendí de que es ese instante en el que debemos desobedecernos a nosotros mismos (que estamos impregnados de mandatos estructurantes) y romper el silencio impartido de nada. La miré a los ojos y ella lo hizo también. Sonreí levemente y ella respondió. Me acerqué lentamente al tiempo que ella se mantuvo inmóvil.
Fue ese beso el que definitivamente hizo de la eternidad un milagro desconocido por mí. “Te invito un café” le dije tan feliz que hasta creo no haberlo sido jamás hasta ese momento. “Por supuesto” me dijo esplendorosa.
Nos tomamos de la mano y caminamos. Le perdimos el miedo a la lluvia y a las piedras. A los mares extraños y a las canciones improvisadas. Fuimos el uno para el otro, en ese instante en el que ambos nos dimos cuenta de cuanto camino nos resta por caminar. Siempre hay un nuevo sol caiga el agua que caiga.


martes, 1 de mayo de 2018

Los efectos del sueño - De Daniel Favieri


Cualquier otro hubiera claudicado en la fría noche de Agosto, cuando los efectos de los somníferos del sueño ya se habían terminado. Es que esos habían sido para Indalecio Álvarez los días más tristes de su existencia.
No había conocido en su perseverante actitud semejante conspiración en su contra. Es que Indalecio Álvarez fue lógicamente un hombre de pocas palabras, de muchas mujeres y de grandes metas… Solo que él nunca se enteró.
Había en su porte un estigma al caminar. No lo hacía como cualquier ser humano normal. Tenía la espalda como una tabla y arrastraba sus pies cuando la adrenalina se dormía. Pero durante aquellos días enfermos de agosto, Indalecio los vivió corriendo.
La noche anterior al suceso, este hombre oriundo de la Provincia de Córdoba, soñó que su infancia había retornado. Como un curioso juego del destino, pensó que las cosas podían cambiar. Creyó que en su cabeza dejaría de rondar el fantasma de los malos recuerdos. Y también sintió en su cuerpo el roce del viento que cambia el rumbo de todo aquello que viene mal.
Fueron días distintos para Indalecio que, al despertar, había notado que la casucha en la que vivía, con ese olor a putrefacción y tierra, seguía siendo el techo que a duras penas lo cubrían de la lluvia. Volvió a sospechar de que los sueños, por más pequeños que fueran, eran difíciles de cumplir.
Como un pacto con las secuencias de su vida, decidió por un día olvidar todo aquello que lo podría hacer desertar. Pero no fue sino hasta ese último segundo de vida, en que se dio cuenta de que a veces es mejor recordar que pensar de más.
Nunca se le había ocurrido en su extraña existencia superar las barreras de lo prohibido. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza herir a alguien. Pero fue lo profundo del ser, la inmensa imposibilidad de su estigma y la sangre que le hervía en las venas lo que le produjo los efectos contrarios que le enfermaron el corazón: el amor. Y cuando eso ocurrió, ya no volvería el tiempo hacia atrás.
Tres días antes de su último segundo de aire en el cuerpo, Indalecio Álvarez había dejado a su novia en la casa de su padre. Eran las cinco de la tarde y habían planeado reencontrarse a las 8 para ir al cine y cenar.
A las 9 de la noche, Indalecio llamó a casa de su suegra preguntando por María, pero esta ya se había ido una hora antes. Por la cabeza de este ser humano se posaron las peores predicciones. Como el presentimiento de un final sin anuncio o de un desastre natural sin aviso. No le quedó otra cosa más que caminar.
Él sospechaba que el ex novio de María, con quien había tenido sendos enfrentamientos de violencia, podría haber regresado a la insistencia. Por lo tanto fue a golpear la puerta de su casa, pero nada… No se escucharon ni los perros Doberman que este hombre tenía.
No habían rastros de María. Recorrió todos los caminos posibles… Y nada. Fue a la policía a pedir ayuda, pero faltaba lo que en toda película resuena sin cesar. “No podemos tomar la denuncia hasta comprobar su desaparición”.
Como era de esperar y como marcaba su presentimiento, nada bueno ocurrió. Los días pasaron y el amor de su vida no había regresado.
Cuando pudo radicar la denuncia, ya era tarde. Nombró entre otros sospechosos a Augusto Martín, el ex novio de María y a otros posibles sospechosos.
Cuando la policía consiguió la orden de allanamiento ya era tarde. Habían pasado dos días. De nada sirvió que derribaran la puerta y encontraran el cuerpo de María tirado en el suelo. Poco tuvo de suerte esta historia de amor.
Indalecio sabía que podía encontrarlo, que tenía todo en sus manos para entregar nuevas pistas que hicieran que la policía se acercara al asesino… Pero prefirió callar.
Hasta ese momento no había derramado ni una sola lágrima por su novia. Por el contrario, a muchos les llamaba la atención que así fuera. Pero él no entendía de dolor. Solamente clamaba por venganza.
Llegó a su casucha, se sentó al pie de la cama y rezó dos veces el Padre nuestro. Pidió la absolución de sus pecados en su dialéctica directa con Dios y como por arte de magia sacó de debajo de su cama un revólver que nunca había utilizado.
Partió en su furia incipiente como un rayo en la tormenta y aceleró el paso a medida que los segundos corrían. Había pasado toda la noche buscando al asesino. Pero no había tenido éxito. Solamente le quedaba una oportunidad que su mente en blanco le había permitido observar: Augusto Martín siempre había querido llevar a María a conocer el mar.
Efectivamente, luego de una mañana entera de viaje, Indalecio llegó a Playa grande, el lugar que por antonomasia hubieran conocido Augusto y María si esta no lo habría dejado. Y allí estaba, parado como una estatua. Escuchando las olas que iban y venían. Soñando que nada de todo eso podía ser real.
Indalecio le apuntó con el arma en la cabeza. Pero Augusto ni se movió. Cuando intentó efectuar el disparo… Indalecio claudicó. Bajó su arma. Miró fijamente la nuca del asesino y se dio cuenta de que ya no estaba vivo, sino que se trataba de un hombre muerto.
A medida que Indalecio Álvarez se alejaba de Playa grande, Augusto Martín daba pasos firmes hacia lo hondo del mar.
Una vez que llegó a su casucha, Indalecio se dio cuenta de que todo había terminado y que ya nada tendría sentido. Guardó su arma debajo de la cama. Recostó su cabeza en la almohada y finalmente se dejó llevar por sus impulsos. Comenzó a tomar todas aquellas cosas que le hacían mal y decidió someterse al juicio de su corazón. Necesitaba a María para toda la eternidad. Y fue en ese segundo antes de morir en que lloró a María por primera vez. Pero fue un llanto débil… corto, sin sufrimiento. Porque los efectos del sueño, tiranos enemigos del olvido, no le dieron el tiempo de recordar.