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miércoles, 2 de enero de 2019

La Revolución Cubana: Un proceso de transformaciones sociales.


“Esta vez sí los mambises entrarán en Santiago de Cuba”.
Fidel Castro, 1 de enero de 1959

La Revolución Cubana: Un proceso de transformaciones sociales.



Una cuba desolada de identidad propia, un país enteramente utilizado a merced de intereses anglosajones y una isla de débiles intenciones, se preparaba para dar un golpe de efecto a todo aquello que la había arrodillado ante la opresión.
Cuba era una sucursal de los Estados Unidos, cuidadosamente transformada en un tendal de casinos y juegos, prostitución y abandono socio – económico. Esa pequeña isla, también víctima en su momento de la Enmienda Platt que regalaba tierras para Norteamérica, y que sostenía indefectiblemente a los capitales externos, se encontraba vacilante ante una eventual situación: Fidel Castro y unos cuantos guerrilleros (entre ellos Ernesto “che” Guevara) se adentraron en las sierras, reclutaron y convencieron a aquellos individuos cansados de reforzar con su trabajo a grandes potencias mundiales y se dieron el tiempo de educar, curar y soñar mientras se hacía la Revolución.
Es curioso cómo funciona el mecanismo a la vista de todos. La isla cubana era uno de los mayores proveedores de azúcar desde los tiempos de la colonia y, por lo tanto, su territorio era codiciado y dominado. Pero también se sabía de ante mano, que los intentos independentistas por librarse del opresor conllevaban a un enfrentamiento de muertes seguras. Y así se tejía una telaraña muy difícil de romper. Cuba, como otras tantas pequeñas y oprimidas potencias latinoamericanas, terminaba jugando de peón en un tablero de ajedrez en donde uno de los jugadores siempre hacía trampa.
Ubicada entre Cancún y Haití y con una población de 6 millones de personas en 1959 (actualmente 11 millones según la web Cuba debate), la isla fue un paso obligado en los primeros viajes de Colón y ya durante la explotación española sus recursos naturales sirvieron de escaparate para terceros. Como decíamos más arriba, no solamente el azúcar sirvió de fuente obligada de explotación. También el níquel y el cobalto, el cacao y el tabaco siendo estos últimos de gran importancia durante la colonización.
Marcadamente, y ante los datos estadísticos, Cuba explica muy el equilibrio entre economía y Medio Ambiente. Según datos de la ONU es el único país que cumple con el Desarrollo sostenible (desarrollo humano alto y huella de carbono sostenible) lo cual nos lleva a la pregunta disparadora: ¿A qué se cierra realmente Cuba?
Víctima de rotundas abnegaciones y discursos vehementes, este territorio retrasado para muchos se vanagloria de ciertos logros que a muchos otros países incluso les ha llevado años de fracasos. La Educación, el alfabetismo y la salud.

Hacia 1959 los cubanos analfabetos rondaban el millón. Para Batista, el dictador cubano, era mucho mejor negocio promover el juego antes que la Educación. Era mucho más rentable incluso arrendar terreno para terratenientes desconocidos que entregarle a su propio pueblo las capacidades necesarias para progresar socialmente.
Los pobres peones dentro de este tablero de ajedrez, que sostenían con su sudor y su trabajo a regímenes enteros y ostentosos, muchas veces no tenían para comer ni siquiera de la tierra que trabajaban.
Bajo ese contexto, la Revolución cubana se presentó a estos peones como una nueva forma de cambio. Una nueva posibilidad de ascender hacia una sociedad más igualitaria. Y para eso debían tomar el poder. Pero siendo tan pocos (dado el traspié del Granma en las costas cubanas) la propuesta fue “la guerra de guerrillas”.
Fidel Castro aportó el equilibrio político – estratégico de la Revolución, a veces un tanto ambiguo, mientras que Guevara y Cienfuegos comandaron la fuerza de la insurrección. Así conformada la cúpula, cuando el primero de enero de 1959 Fidel Castro llegó a las puertas de Santiago de Cuba, el destino socialista aún no estaba planteado.
Bajo un contexto de Guerra fría que enfrentó al capitalismo contra el comunismo, (este último conformado como partido en Cuba) podía brindar el apoyo político – intelectual que Castro necesitaba para su Revolución. Exceptuando dicha conformación, Guevara, que había pasado de médico a comandante, se transformaría en el equilibrio de esa intelectualidad y la guerrilla.
“(…) en aquella ocasión no solo fue combatiente distinguido, sino que además fue también médico distinguido, prestando asistencia a los compañeros heridos, asistiendo a la vez a los soldados enemigos heridos.  Y cuando fue necesario abandonar aquella posición, una vez ocupadas todas las armas y emprender una larga marcha, acosados por distintas fuerzas enemigas, fue necesario que alguien permaneciese junto a los heridos, y junto a los heridos permaneció el Che.  Ayudado por un grupo pequeño de nuestros soldados, los atendió, les salvó la vida y se incorporó con ellos ulteriormente a la columna.
Ya a partir de aquel instante descollaba como un jefe capaz y valiente, de ese tipo de hombres que cuando hay que cumplir una misión difícil no espera que le pidan que lleve a cabo la misión”. (Fidel Castro, 1967)
Los movimientos políticos dentro de la guerrilla no podían abandonarse en ninguna forma. Debía existir algún plan de convencimiento, no solo para los campesinos, sino también para los mismos guerrilleros que debían terminar de comprender bajo qué causa peleaban.
“Sin embargo, todo el movimiento fidelista se orientaba al comunismo, desde la ideología social-revolucionaria general de aquellos que probablemente emprenderían insurrecciones guerrilleras armadas hasta el anti-comunismo apasionado de los Estados Unidos de la década del senador McCarthy, que automáticamente inclinó a los rebeldes latinoamericanos a considerar a Marx más amablemente” (Hobsbawm 2016: 282)
Si bien la Revolución en sí misma tendía a una insurrección que, como tal, nacía y progresaba bajo una línea de continuidad socialista, era porque no había forma de escapar a dicho destino. Indudablemente, las acciones guerrilleras acompañadas de un lado más humano y paternalista hacia los ciudadanos despojados, conllevarían a la búsqueda de una identidad parecida. Allí se ubicaba el marxismo, que les permitió a los revolucionarios hacerse cargo de ambos puntales: la teoría y la acción.
Los ejércitos de la Revolución que llegaron a la isla fueron recibidos ante una multitud de balas y sangre. En lo que duró la acción militar desde el desembarco del Granma el 2 de diciembre de 1956 hasta las entradas triunfales en Santa Clara en 1958 y La Habana de 1959, todo fue trabajo.
Había que convencer a los desconfiados campesinos y campesinas que gradualmente se fueron sumando a la Revolución. Algunos en las armas y otros en la creencia ideológica. Otros atendidos en las precarias salas de salud que armaba la guerrilla y los niños y niñas recibiendo algo de Educación también en ínfimas condiciones y con los aviones de reconocimiento sobrevolando la zona. Pero para ese momento, la guerrilla era lo mejor que les había pasado. Nadie se había ocupado en tan poco tiempo de aquellos invisibilizados por la dictadura de batista y el poder del Norte. La propagación de las ideas libertarias fue cuestión de tiempo. Ya en 1957 los líderes agrarios y varios comerciantes (armados con hombres) se habían puesto a disposición de la Revolución y Fidel Castro. No faltaron incluso los guías de camino para orientar en la Sierra ni las recepciones con comida para aquellos que “peleaban contra la tiranía”.  
“En verdad, cuando considero cualquier sistema social de los que existen en el mundo moderno no puedo (por eso ayúdame, Dios) verlo como otra cosa que una conspiración de los ricos por imponer sus intereses bajo el pretexto de organizar la sociedad. Ellos pergeñan todo tipo de argucias y subterfugios, primero para mantener a resguardo sus ganancias mal habidas y segundo para explotar a los pobres, comprando su mano de obra tan barata como pueden. Una vez que los ricos han decidido que esas argucias y subterfugios reciban reconocimiento oficial de la sociedad (lo cual incluye a los pobres y los ricos) adquieren fuerza de ley”. (Moro, 1516).
Así como lo explica Moro, la forma de ostentar el poder en la isla había cobrado una legitimidad que pocos se atrevían a discutir. La situación de Cuba para 1959 ya era calamitosa y decadente. La transformación social era una necesidad de base, pero antes había que consolidar un orden verdaderamente cubano. Algo de eso es lo que sumó la Revolución a la mentalidad de los pobres que antes de la Revolución vivían sin más esperanzas que la comida diaria.
Cuando las fuerzas de los Castro, Guevara y Cienfuegos entre otros apuntalaron e hicieron de la fuerza anti-Batista un ejército desprolijamente contundente, la fuga del dictador desarmado terminó por abrir las puertas del poder. Un poder que, relativamente pensado, fue espontáneo, pragmático pero genuino.
En un primer momento Fidel Castro se declaró marxista pero no comunista. Permitió que Urrutia asumiera la presidencia de la Nación cubana e intercambió órdenes con él. Sin embargo aquella furia norteamericana por el tono que había cobrado la Revolución permitió desarrollar lo contrario al capital: el comunismo.
Urrutia fue quizás la llave de la puerta que deparaba detrás de ella un nuevo orden. Un hombre renuente a los cambios sociales pero que había asumido el mando presidencial sin darse cuenta de que su figura sería la carta de la legitimidad de un poder pensado por Castro. Sin esa legitimidad en el cargo era imposible dotar de identidad a la isla. Así, Urrutia pasó sin pena ni gloria por la cúpula de la Revolución, más volcado a la derecha que a las necesidades del nuevo orden político en donde ya Fidel Castro como Primer ministro había concentrado la fuerza de la ley.
Así “El ejemplo de Fidel inspiró a los intelectuales militantes en toda América Latina (…) en poco tiempo Cuba comenzó a alentar la insurrección continental, impulsada por Guevara, el campeón de la Revolución Panamericana y la creación de “dos, tres, muchos Vietnam”. Una ideología adecuada, aportada por un brillante joven izquierdista francés (Regis Debray), sistematizó la idea que, en un continente maduro para la Revolución, todo lo que se necesitaba era la importación de pequeños grupos de militantes armados a las montañas propicias que formaran focos para la lucha de liberación masiva” (Hobsbawm 2016: 283)
Con exactitud, no solamente se trató de un discurso castrista o guevarista de la Revolución cubana.
La transmisión de esas ideas, la intención de formar muchos Vietnam, la búsqueda de una fuerza superior y equilibrada, no hubiera sido tal sin el contenido. Por lo tanto, los cubanos tenían que repensar Cuba para re encantar al pueblo y expandir la Revolución. Quizás la utopía más compleja a la que se sometió el “che”.
En 1959 se crearon tres ministerios que pusieron en marcha los signos del cambio: Recuperación de bienes malversados, Estudio y ponencia de las leyes revolucionarias y Bienestar social. El primero para crear un área inicial de propiedad social. El segundo buscaba adquirir el poder legal de lo que la Revolución consideraba necesario para la reforma socio – política y el tercero la seguridad y la asistencia social para todo ciudadano que la necesitara.
Desde esta propuesta, la Revolución cubana comienza su transición del capitalismo al socialismo entendiendo que la teoría y la práctica debían de adaptarse crudamente a una nueva realidad todavía enredada. Fidel y los suyos debieron seguir por pragmatismo las leyes del comunismo acérrimo, volviéndose incluso más comunistas que la misma Unión Soviética. Debieron atender sin reparos a las preguntas que se disparaban de los Medios de producción: ¿Deben estatizarse? ¿Por qué? ¿De qué forma? ¿Debe ser un cambio radical o mixto? Son las mismas preguntas que responden a la resolución final tomada hacia Urrutia. Su renuncia y alejamiento por considerarse fuera de los ejes del comunismo. Y si la intención era devolver Cuba a los cubanos, no era el capitalismo más que un medio opresor y desconsiderado, patriarca de tantos años de desidia en la isla. Por ende, el camino era el opuesto y no era mixto.
Para todo lo anterior, las proyecciones debían ser dogmáticas. La teoría aclaraba la forma, pero no el proceso. Por lo tanto, desde el planteo de una alfabetización prudente y eficiente, Cuba se preparaba para recibir el heroísmo de la Revolución en los libros de Historia. En las hazañas de Martí y en los escritos de los revolucionarios. Se explicaría incluso por qué la renuncia a las negociaciones del níquel implicaban los enojos de los norteamericanos al tiempo en que el mayor enemigo de Estados Unidos, la URSS, se volvía el mejor amigo de la isla.
“La línea de la movilización de las masas para resolver una serie de tareas (recordemos simplemente las de alfabetización), la línea de hacer elegir los cuadros y hasta los miembros del partido por las mismas masas; la línea de la información constante a las masas de los problemas con los que se enfrenta la Revolución; la enorme sensibilidad de Fidel Castro y de su equipo por todo lo que preocupa a las masas: he aquí lo que constituye sin duda la particularidad principal de esta Revolución, después de la destrucción del Antiguo Régimen” (Mandel 1969: 14)
Los cubanos comenzaron a entender las diferencias entre la consideración de un Golpe militar y una Revolución. Era lo segundo por sobre lo primero. Lo evidente ante el facilismo de la desconsideración de algunas regiones que, no solo por miedo sino también por pérdidas económicas, intentaban minimizar.
La publicidad negativa contra la Revolución cubana fue muy bien utilizada para fundamentar las razones y la importancia del pueblo que debía defenderla. De entender que la bandera de la Nación recuperada era la bandera de todos y todas, unida esta en un mismo sueño de libertad. Los barbudos habían triunfado en 1959, allí comenzaba la segunda etapa de la Revolución.
Muy pocos se encontraron preparados para recuperar la isla. Estados Unidos entendía que debían deponer a los nuevos comunistas y recuperar la dotación económicamente significativa que garantizaba el terreno. Pero esa parte ya era cosa juzgada desde los tiempos en la Sierra Maestra. Guevara explicaba que “Simultáneamente a la incorporación de los campesinos (de los guajiros) a la lucha armada por sus reivindicaciones de libertad y de justicia social, surgió la gran palabra mágica que fue movilizando a las masas oprimidas de Cuba en la lucha por la posesión de la tierra: por la Reforma Agraria. Ya estaba así definido el primer gran planteamiento social que sería después la bandera y la divisa predominante de nuestro movimiento, aunque atravesamos una etapa de mucha intranquilidad debido a las preocupaciones naturales relacionadas con la política y la conducta de nuestro gran vecino del Norte” (Bell, López, Caram 2006: 30)
No se oponía a Batista un solo grupo de 82 comunistas diezmados en 15 y ocultos en la Sierra. Se oponía en el proceso un país que durante tanto tiempo había sufrido la peor de las enfermedades que un territorio puede sufrir: el colonialismo y la falta de identidad. Ambos síntomas conforman una pérdida de tradiciones y economías que conllevan a la falta de progreso.
Este pragmatismo para pensar el poder, el dogmatismo para llevarlo adelante y el paternalismo para explicar las ideas de la Revolución forjaron en Cuba una unidad indivisible que conformó una fortaleza imposible de derribar. El mundo conocía las coordenadas de un espacio cuyos recursos naturales habían dotado de magnificencia productiva a países impensados. Cuba, luego de 1959 fue la esperanza de los oprimidos de América y el dolor de cabeza más grande que Norteamérica pudo tener.
Sesenta años pasaron ya de la Revolución de Castro y Guevara. La acción de ambos, la diplomacia de uno y la teoría del otro hicieron de esa fortaleza caribeña una realidad. Sostenida por efectos tardíos del tiempo, Cuba amortiguó todo tipo de crisis económicas. Mientras la URSS de Gorbachov se resignaba ante el capitalismo, Cuba se sostenía tan comunista como siempre.
Las epopeyas del Granma cuentan que la voluntad de los 82 individuos que pisaron suelo cubano nunca decayó, sostenida por un imponente Fidel Castro, caudillo de armas y convencimiento, que procuró un mundo mejor a lo que 1959 les permitía.
Cuba sigue siendo una pequeña isla en el mapa del Océano Atlántico, pero también es una gran potencia económica que muchas grandes potencias, desde su descubrimiento hasta hoy, se disputaron, disputan y disputarán. A conciencia de muchos, Guevara primero y Castro después no dejaron al morir un vació político-ideológico, por el contrario dieron muestras de haberlo fermentado en vida. Respondiendo a la pregunta del inicio, Cuba, a través de la Revolución cubana, se cierra a los avances desigualitarios del capitalismo, a la intensificación de la contaminación ambiental, a las debacles económicas, a la estructura del poder ambicioso que nunca se conforma y a la sobre explotación de los recursos ciudadanos para beneficio de unos pocos. Ni más ni menos.

“Es una cosa pública y notoria que nací en Argentina. En 1928 en la Ciudad de Rosario. Nosotros consideramos que esta fue una Revolución hecha por el pueblo y que la gran virtud de Fidel Castro fue la de aglutinar a todo el pueblo, compactarlo y llevarlo a la victoria. Un punto de vista personal: rechazo de toda forma demostrar que un extranjero pueda venir a luchar a otra tierra. Para nosotros, los que vivimos al Sur, cualquiera de las Patrias americanas es nuestra y sobre cualquiera de ellas podemos dar nuestra sangre en la seguridad de que estamos luchando por nuestra Patria”
Ernesto Guevara, 1959.

Bibliografía
-BELL LARA, José; LÓPEZ GARCÍA, Delia; CARAM LEÓN, Tania. Documentos de la Revolución cubana 1959. Ciudad de La Habana, Editorial de las Ciencias Sociales, 2006.
-GEVARA, Ernesto. Diario de un combatiente. Sierra Maestra – Santa Clara. 1956 – 1958. Cuba, Ocean Sur, 2011.
-BERMAN, Carlos. Ernesto che Guevara. Escritos económicos. Córdoba, Ediciones Pasado y presente, 1969.
-CASTRO, Fidel. Discurso pronunciado por el comandante Fidel Castro Ruz, primer secretario del comité central del partido comunista de cuba y primer ministro del gobierno revolucionario, en la velada solemne en memoria del comandante Ernesto che Guevara, en la plaza de la revolución, el 18 de octubre de 1967. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1967/esp/f181067e.html.
-HOBSBAWM, Eric. ¡Viva la Revolución! Buenos Aires, Editorial Paidós, 2016.
-ANSALDI, Waldo; GIORDANO, Verónica. América Latina. Tiempos de violencias. Buenos Aires, Ariel, 2014.

domingo, 2 de julio de 2017

El por qué de una sociedad violenta, sobre textos de Waldo Ansaldi.

En el cierre de “el orden en sociedades de masas”, Ansaldi observa la participación de la Cuba de Batista como base de los Estados Unidos en guerra (en participación junto a otros países de Latinoamérica como México).


A la vez, bajo los parámetros de “defender la democracia”, Estados Unidos comenzó a brindar su apoyo a diferentes golpes de Estado, como el de Uruguay en 1942.
“La América latina de la década de 1950 no escapó a la cruzada anticomunista encarnada en Joseph McCarthy e irradiada desde Estados Unidos a todo el mundo occidental. En efecto, esos años fueron los de la definición del poderoso y terrorífico concepto de Seguridad Nacional introducido por Dwight D. Eisenhower, político y militar presidente de Estados Unidos entre 1953 y 1961”. (Ansaldi, 2013: 243)
El autor no hace caso omiso a la participación de la URSS, sobre todo luego de la Revolución cubana, sobre todo como un parte aguas en la relación Latinoamérica y Estados Unidos, dando inicio de esta manera a una serie de políticas persuasivas, complejas y apremiantes del país del norte.
De esta manera, el autor da paso al siguiente capítulo en donde analiza los distintos contextos que llevaron al orden de una sociedad de violencia. A modo de enlace podemos decir que “en América Latina, sin duda, el suceso más importante fue la proclamación socialista de la Revolución Cubana iniciada en 1959”. (Ansaldi, 2013: 251)
La Revolución Cubana actuaría bajo el eje de establecer una lucha anti dictatorial que no era solo en contra de Batista, sino contra el sistema político dictatorial instaurado y que hasta ese momento ocupaba el poder real.
Así comienza un orden de procedimientos que alteraron las estructuras bajo lineamientos que pasaron de un sometimiento social a una reacción enérgica.
A pie de página, podemos señalar que en cuanto a la participación de los Estados Unidos, le restó al gobierno de Batista el poder económico y militar ante la avanzada de Fidel Castro y Ernesto Guevara que aglutinaba individuos bajo su esfera ante las medidas anti represivas de la dictadura cubana.
La huida de Batista, dejó un gobierno cubano devastado económicamente y una masa empobrecida socialmente y con un alto índice de analfabetismo y endeudamiento. Una constante que se daría en los siguientes procesos americanos.
“La violencia de los colonizados no era más que la contraparte de un clima de violencia explícita o implícita e institucional generado por los colonizadores, deviniendo un modo de unir al pueblo, superando la división que entre los colonizados impusieron los colonizadores para sostener su poder”. (Ansaldi, 2013: 287).
Así, la violencia de la sociedad oprimida es la respuesta a la violencia ejercida por un régimen despótico, opresor y deformador de culturas e identidades. En tal sentido operaban los gobiernos militares anteriores y posteriores. De esta manera se puede comprender la utilización de la violencia en sociedades de los sesentas, setentas y ochentas.
Ansaldi hace referencia a una “contra violencia” de las clases dominadas y explotadas. En el caso de América, la violencia se ejerce en detrimento de sociedades marginales o que presentan alguna vulnerabilidad. La oposición se ve más claramente en situaciones de dictadura.
Con la Revolución cubana quedó en claro que las masas populares, también podían tomar partido y reaccionar ante la opresión.
Mientras tanto, y con el correr de las décadas, las burguesías latinoamericanas fueron cerrando sus filas hacia la defensa de sus intereses, utilizando a las fuerzas armadas como la punta de su espada.
Con la “Doctrina de las seguridad Nacional”, las dictaduras comenzaron a institucionalizarse en Latinoamérica, provocando grandes desfalcos económicos, mayor desigual, ineficiencia educativa y promoción de eventos insensatos para el mapa social del contexto.
Así, las fuerzas armadas se apropiaron de la situación y le dieron viabilidad a la toma del poder en diferentes Estados: Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia, etc., en supuesta convicción de “corregir” la democracia. En el caso de Bolivia, el objetivo era un tanto distinto. Había que terminar con el comunismo sin pensar en la democracia.
ENEMIGO DE LA NACIÓN - Uno de los principales objetivos ideológicos fue el de aniquilar al enemigo interno. Esto significaba desaparecer o asesinar sistemáticamente a todo aquel que promoviera actividades en contra del régimen institucionalizado.
Dicho enemigo interno, pasaría a ser, gradualmente, un fenómeno de subversión contra el que habría que luchar incansablemente.
“La DSN fue “una ideología desde la cual Estados Unidos, después de la segunda guerra mundial, consolidó su dominación sobre los países de América Latina, Enfrentó la Guerra Fría, fijó tareas específicas a las fuerzas armadas y estimuló un pensamiento político de derecha en los países de la región”” (Velázquez Rivera, 2002: 11) Se trataba así de romper la acción indirecta del comunismo.
Al respecto, Roitman dice: “No hubo respiro. Al finalizar la guerra fría, el neoliberalismo llevaba décadas funcionando. La caída del Muro aceleró las reformas. La agenda se vio fortalecida gracias a la ideología de la globalización. El peligro nuclear se desvanecía poco a poco. Sin embargo, Estados Unidos necesitaba mostrar su poderío. Había salido triunfante y no deseaba compartir con nadie su hegemonía”. (Roitman 2013: 179)
La DSN proponía 4 tipos de guerras: 1) La guerra total (De total a global) La utilización de desaparición de personas y el accionar de los escuadrones de la muerte.  2) La guerra limitada y localizada. 3) La guerra subversiva o revolucionaria y 4) La guerra indirecta o psicológica.
La especialización de fuerzas contrainsurgentes de Estados Unidos promovió un accionar hacia los ejércitos Latinoamericanos que contaron con la pedagogía del Norte para llevar adelante sus objetivos anti populares.
A grandes rasgos, la oligarquía de los países latinos, fue proclive a estos cambios estructurales y político – económicos, aunque no en todos los países se aplicara de la misma manera.
Con la “Operación Cóndor”, las dictaduras en América fueron conformes a “un conjunto de acciones criminales a cargo de una organización transnacional que actuaba clandestina y extraterritorialmente. Para su ejecución se constituyeron escuadrones especiales con efectivos reclutados secretamente entre militares, policías e incluso civiles de derecha, tan secretamente que no fueron del conocimiento de muchos funcionarios militares y de gobierno de las propias dictaduras involucradas”. (Ansaldi 2013: 372)
Así, según Roitman, las dictaduras actuaron de forma concertada con el objetivo de desaparecer en argumento con la racionalidad de la DNS. Este autor encuentra en su investigación la participación dentro de la operación de mismos países latinos tales como Bolivia, Brasil, Paraguay, Argentina, Chile y Uruguay. A diferencia del terrorismo de Estado, el Cóndor no reconocía limitaciones.
1)    Acciones cooperativas.
2)    Acciones encubiertas y transnacionales.
3)    Asesinatos en territorios ajenos.
A esto debemos agregar su especialidad, la naturaleza multinacional, la selección precisa y efectiva de los disidentes y su estructura paraestatal.
A su vez, las grandes empresas fueron una pata activa e informal de las dictaduras, mediante la cual se ofrecían listas e instalaciones en favor de las desapariciones.
De esta forma, la CIA fue el nexo indebido entre los países dictatoriales y el gobierno promotor: Estados Unidos.
Para Roitman, las fuerzas armadas intentaron desempeñar el rol del “orden social” luchando contra el comunismo. Así, los dominantes y el capital no pusieron reparos a los métodos utilizados.
En ese contexto, según Feierstein, las dictaduras en Latinoamérica fueron “una reformulación de los escenarios del conflicto internacional desarrollada fundamentalmente por los Estados Unidos y consistente en la creencia de que la región latinoamericana era uno de los ámbitos privilegiados de la lucha contra el comunismo, y que dicha lucha no tenía fronteras territoriales sino ideológicas”.
Este autor realiza una diferenciación más puntualizada de la irrupción de las dictaduras en el territorio latino y propone un análisis más pormenorizado.
El autor además amplía su conceptualización, ofreciendo una “guerra sucia” como justificación del rearmado de las fuerzas militares a través del terror generado por las torturas, desapariciones y campos de concentración, ultrajes a mujeres y transformación de la vida cotidiana.
Al respecto, Roitman amplía a cerca del aval político – económico brindado por los instigadores civiles de las derechas latinoamericanas bajo el proteccionismo norteamericano, y la difícil explicación de las torturas y complicidades perpetuadas.
Guatemala fue uno de los primeros golpes asestados. En 1954, un golpe militar derriba al gobierno de Jacobo Arbenz. Recién esbozado algún síntoma de paz en 1996, Guatemala perdió 200000 personas en una reformulación de la sociedad sin precedentes.
De esta forma, el caso de Guatemala es un fenómeno casi atípico en donde fue considerado un genocidio. A diferencia de Argentina o Bolivia, Guatemala fue inducido a cuestiones más amplias, mientras que el resto tuvo un asidero político.
En el mismo año, en Paraguay, Stroesner derrocaría a otro régimen militar y se alinearía rápidamente a la DSN y las políticas anticomunistas.
La participación de Paraguay en el Plan Cóndor fue inmediata y activa mediante la articulación de otras naciones represivas.
En noviembre de 1964, se produce otro golpe en Bolivia, que derroca al MNR que indefectiblemente ya había apelado a la utilización de la represión política. En este nuevo golpe, se gesta una articulación de políticas de gobierno con intereses norteamericanos, declaraciones de estado de sitio y represión interna con especialistas internacionales como particularidad (SS alemanas).
Ya muerto el “che” en Bolivia, Banzer asume un nuevo mandato militar y aún más represivo. “Entre 1978 y 1982 se suceden numerosos presidentes militares en Bolivia, con el breve interregno del triunfo democrático del socialista Hernán Siles Suazo, quien no pudo llegar a asumir el gobierno al resultar intolerable su asunción, tanto para las dictaduras militares de la región, como para el gobierno norteamericano. Entre las dictaduras del período, destacan los años de gobierno de la narco-dictadura de García Meza, un golpe militar dirigido desde Buenos Aires y financiado en gran parte por el narcotráfico, que produjo en su único año de gobierno más de quinientos asesinatos y desapariciones de opositores políticos en Bolivia. Siles Suazo logró finalmente asumir el gobierno boliviano en 1982, lo que puso fin a la sucesión de gobiernos militares”. (Feierstein 2009: 17).
En 1972, en Uruguay, la “campaña contra la guerrilla urbana del movimiento Tupamaros” toma el poder en Uruguay disolviendo el Congreso y los sindicatos, además de prohibir al partido comunista.
A diferenciación de otros gobiernos militares, en Uruguay se sucedieron presidentes de carácter civil y en connivencia con las fuerzas armadas. Entre 1972/85 se calculan 300000 personas desaparecidas. Muchas de ellas asesinadas en el exterior.
En el caso de Chile, el sangriento golpe militar a Allende en 1973, promovió un golpe militar que duró hasta 1990, con un saldo de 1000 asesinatos políticos y 1000 desaparecidos seguramente asesinados. Otro grupo de personas fue sometido a la estructura concentracionaria y a la imposibilidad de formular las denuncias pertinentes.
Dado el concepto de genocidio, para Feierstein “El concepto de genocidio prácticamente no fue utilizado para dar cuenta de estos casos, a excepción de la experiencia guatemalteca, que trata de entender como genocidas las matanzas cometidas contra las comunidades indígenas. Creo que esta omisión es producto no sólo de las deficiencias en la redacción de la Convención para la prevención y Sanción del Delito de Genocidio en 1948 y la exclusión de los “grupos políticos” como “grupos protegidos” por la Convención, sino también en las consecuencias que tuvieron dichas discusiones en cuanto a la percepción del sentido estratégico de los procesos de aniquilamiento, tanto en la Alemania nazi como en la Europa conquistada por el Reich, así como en las experiencias posteriores en Indonesia, Camboya, América Latina, los Balcanes o las sociedades africanas”.
“La comprensión del aniquilamiento en tanto genocidio, en tanto planificación de la destrucción parcial del propio grupo nacional, permite ampliar el arco de complicidades en la planificación y ejecución de la práctica, al obligarnos a formular la pregunta acerca de quiénes resultan beneficiarios no sólo de la desaparición de determinados grupos, sino, fundamentalmente, de la transformación generada en el propio grupo nacional por los procesos de aniquilamiento. Se trata, como propuesta provocativa, de pasar del hecho empírico del aniquilamiento de determinados grupos al sentido estratégico del objetivo, motivación y efectos de dichos asesinatos”. (Feierstein 2009: 25)
Como dice Roitman, las fuerzas armadas en Latinoamérica intentaron, por lo general, realizar salidas decorosas.
El primer país en salir fue Argentina con la derrota en Malvinas y el posterior juicio a las juntas que realizaría el gobierno radical de Raúl Alfonsín.
De alguna manera, las fuerzas armadas negociaron su salida, y en ningún caso la condena fue justa, general y perfecta. En Uruguay con el “Pacto del Club Naval” de 1984 se selló el retorno a la institucionalidad civil y se dejó libre de toda culpa a las juntas.
Esto no implicó que durante sus procesos, Estados Unidos y el neoliberalismo de derecha consiguieran instaurar un orden y una consecuencia. Según Roitman, el enemigo había dejado de ser el comunismo para transformarse en el despojos del neoliberalismo: Narcotráfico, crimen y mafias.
“Las alianzas cívico – militares urdidas en las dictaduras cumplieron la tarea de lavar la cara a las fuerzas armadas, Las elites políticas, los empresarios y las burguesías que participaron y se enriquecieron, mientras los uniformados hacían el trabajo sucio, les devolvieron el favor, maniatando el poder judicial”. (Roitman 2013: 182)
A partir de la financiación legal del gobierno de Reagan al derrocamiento del gobierno sandinista en Nicaragua, se sucedieron Afganistán, Irak y Egipto entre otros. Mediante dicha legalización, se promovía una búsqueda injustificada de implementar un orden que cuidara los intereses norteamericanos.
Roitman esboza lo siguiente: “En América Latina encontramos los dos tipos contemporáneos de golpes de Estado, cívico-militares y militares. En ambos figuran las fuerzas armadas, la institución por antonomasia capaz de garantizar el éxito operativo del asalto al poder”. (Roitman 2013: 191)
Con esto se da por sentado de que tomar el poder ejecutivo y, por caso, el legislativo, amplían y permiten el dominio de dicha fuerza por sobre la sociedad entera.
Para que un golpe de Estado tenga éxito, debe ser concebido en las esferas, debe ser estudiado más no improvisado. Sin embargo, en la mayoría de los procesos de América Latina, se produjo un camino al fracaso de acuerdo a que no existía un orden uniforme que permitiera la solvencia absoluta de los golpes de Estado.