lunes, 6 de agosto de 2018

La convivencia como el arte del equilibrio social



Vivimos en una sociedad de múltiples valoraciones, en dónde inevitablemente observamos distintas problemáticas que nos obligan a mantenernos en constante alerta.
Desde los tiempos inmemoriales la esencia del ser humano está basada en compartir. Caminamos para encontrar nuestro espacio de desarrollo, cultivamos para progresar, construimos una casa en donde vivir y trabajamos para cumplir con dichos objetivos. Pero… ¿De qué hablamos cuando expresamos la “necesidad de convivir”?.
El ser humano por defecto nace en sociedad. Convive con los demás desde el principio de su tiempo. En su relación con la madre, con la familia, creciendo entre pares, generando su propia libertad dentro de las estructuras de un sistema intenso que todo el tiempo nos obliga a cambiar. Repito… De un sistema que todo el tiempo nos obliga a cambiar.
Si hacemos un paréntesis y pensamos el último párrafo, podemos encontrar una proyección que va desde el presente hacia el pasado. Romperíamos la tradición del tiempo que nos obliga a mirar hacia adelante y pensaríamos de cierta forma cómo llegamos a una actualidad que, en propia opinión, se desdibujó de sus valores tradicionales. En lo que antes era progresar para vivir, hoy hablamos de vivir para progresar.
En medio de esto encontramos que en los sesentas la idealización de aquellas formas específicas de la realidad chocaban con las estructuras de familia mediante la cual los valores estaban sobredimensionados. El sentarse en la mesa a comer sin televisión, el diálogo, el cuidado de las formas y tradiciones… La búsqueda del placer pasaba por “compartir”.
En la sociedad de los setentas nos encontramos sin embargo con elementos específicos que generan la ruptura de aquellos ideales. No conviven en todo caso ni unos ni otros. La televisión empieza a funcionar como un elemento de distracción con tendencia a la degeneración de los valores que en los ochentas serán reconsiderados.
En los ochentas no podemos hablar ya de una sociedad que comparte, sino de una sociedad que reparte. Los gustos de los adolescentes no serán los mismos que los de los adultos y el adulto en cierto modo comenzará a alejarse de todo aquello considerado “lo tóxico de la sociedad”, generando aún más que la rebeldía sea “por todo”.
Mientras tanto en los noventas, la cultura de los shoppings y el dólar uno a uno, harán del consumo la plaza mayor de nuestro país. Acceder a la última tecnología generó un caos mediático monopolizado por la misma información que en cierta medida hoy cuestionamos en este apartado: todo es consumible, todo es práctico, todo está compactado, todo “vale”.
Cuando los noventas se apagaron y emergía la nueva era de los dos mil, se puso en contradicción el sistema anterior y emergió la pregunta del millón… ¿Cuánto vale todo?
Desde esta última pregunta doy nombre al título… “la convivencia como el arte del equilibrio”. Ya no pasa tanto por una inter relación social entre los individuos de nuestra sociedad. Pasa como la respuesta al valor que, por entonces, cuando las estructuras económicas se cayeron y el país se hundía, fuimos capaces de ponerle a nuestro tiempo. O más bien de oponerle.
Sobre la base de nuestra sociedad multicultural fuimos capaces de abandonar nuestras propias valoraciones, resignando en medio de esto el tiempo que le podríamos dedicar a nuestros amigos si en todo caso el celular cumpliera la función que realmente representa. Hablar.
Pareciera que la tecnología ha llegado a nuestra era de maneras negativamente diversas. Complejizando la comunicación con nuestros hijos, si la masividad de los medios de comunicación no hubieran terminado condicionando nuestro tiempo sentados ante una pantalla. La personalización de nuestros problemas, si no hubiéramos confluido en una marea de dotaciones tecnológicas que nos llevaron a olvidar que a nuestro lado existe un otro. Un ser social distinto y que nació bajo las mismas condiciones: dentro de una sociedad con leyes. Y que a la larga morirá de la misma forma en que lo haremos todos… Dentro de una sociedad… Con leyes.  
Indefectiblemente los tiempos cambiaron, los sueños son otros y nada detiene el rumbo de lo descrito porque, sinceramente, es muy probable que la mayoría de los individuos no se hayan puesto a pensar el significado de “convivir”.
Y la convivencia es un atentado en contra de la violencia, es una fortaleza que defiende los ideales de un conjunto y es la esperanza de los que sueñan con mejorar. Equilibrar todo lo que se describe es la posible conclusión de aquello que consigamos.
No se trata de pensar que toda rebeldía tiene un final feliz, sino de expresar nuestra rebeldía trasgrediendo de verdad. Hoy el mundo capitalista espera de nosotros que la trasgresión se haga mediante formas virales, publicando la mejor foto, elevando una queja anónima o produciendo el mejor contenido audio visual que oponga la resistencia de ridiculizar al otro.
En vistas de esto, el valor sigue careciendo de diálogo, de esa inmensa posibilidad que otorga la palabra para defender el culto de lo moral y de lo ético. La posibilidad de generar un nuevo contenido, una nueva prosperidad. Una sociedad desordenada es la que permite que todo lo dicho sea “mundializado” por las redes sociales. Ese arma de doble filo que hace que la mayoría de las veces las miradas se pierdan en un horizonte de nada.
Estoy seguro de que (creo que lo afirmo) si abandonáramos por un día los teléfonos, encerrados en una habitación, tanto usted lector como yo que escribo no tendríamos de qué hablar. Es muy probable que ambos estemos esperando el sonido del WhatsApp, el gol de Messi o la nueva canción de regatón. Entonces estaríamos bajo los efectos de la incertidumbre del futuro, sin darnos cuenta que verdaderamente debemos vivir el hoy.
Por eso, en nuestra convivencia más grande, la de las personas, muchas veces equivocamos el camino. Olvidamos que hay otro, y que ese otro tiene los mismos (o más) problemas que nosotros a la vez que también se puede pensar distinto. Pero para que el “arte del equilibrio” pueda funcionar es muy necesario aprender a dialogar. Es casi imprescindible volver a confiar. Es denodadamente progresista volver a pensar en uno mismo. En nuestro pasado y en nuestro presente para poder, ahora sí, reubicar el futuro. Porque lo individual afecta al grupo. Un solo individuo puede cambiar la Historia de una Nación. Imagínense ahora muchos individuos reconsiderando todo lo redactado hacia atrás.
Por eso este mundo que cumple la función de ser el gran consorcio de nuestras múltiples casas comunes, en donde algunos cobran las expensas, merece una mejor convivencia en todos los aspectos de la vida en sociedad. De nosotros depende volver a equilibrar nuestra convivencia. Volver a valorar y a creer en el otro. De respetar nuestro punto de anclaje: el diálogo. De eso se trata.
La violencia como el arte del desequilibrio
Durante mucho tiempo la sociedad argentina puntualmente, sufre una escalada de violencia verbal, hoy escudada en las redes sociales mediante firmas anónimas.
Sin embargo, a pesar de que vimos en el pasado de qué forma día a día se trasgreden los límites del equilibrio entre las personas, avalamos los hechos incluso formando parte indirecta de los mismos. Porque ante esto, nos deberíamos de preguntar… ¿Qué hacemos nosotros para mejorar la sociedad?
“De entre los diversos fenómenos de violencia susceptibles de producirse en el ámbito escolar, se decidió centrar la atención de manera fundamental, aunque no exclusiva, en aquellos que tienen por actores y víctimas a los propios alumnos, que son reiterados y no ocasionales y que rompen la simetría que debe existir en las relaciones entre iguales generando o favoreciendo procesos de victimización. Este tipo de violencia, que resulta estar presente de manera constante en nuestros centros escolares, suele ser mal conocida —cuando no ignorada— por los adultos, hasta el extremo de que sus formas menos intensas (ciertos insultos, los motes ofensivos, la exclusión de juegos y tareas...) gozan, si no de aceptación social, sí de un grado de permisividad e indiferencia desconocedor de las negativas consecuencias que estas conductas pueden llegar a tener en quienes las realizan y las padecen, y de que en ellas está, probablemente, el germen de otras conductas antisociales posteriores”. (Defensoría del pueblo de Madrid, 2000: 11).

En conclusión, la figura anónima, la no correspondencia de uno a otro, la falta de voluntad para el emparentamiento hacia la norma de convivencia, el no conocer al otro genera el desequilibrio de una posible cura: APRENDER A CONVIVIR OTRA VEZ.

Las Instituciones como la búsqueda del equilibrio de convivencia.
“La situación de vulnerabilidad social que atraviesan muchos de nuestros adolescentes y jóvenes, exige que la escuela ofrezca una propuesta formativa, en condiciones materiales y pedagógicas, que haga lugar a la experimentación de la condición adolescente y juvenil, y los acompañe en la construcción de su proyecto futuro”. (Sileoni, 2007: 162)
En vistas de este análisis, es posible dar inicio a un panorama de pensamientos que radican en la concentración de la imagen del niño y el adolescente. El objetivo es claro: PROMOVER UN FUTURO DESEADO, LO MÁS CERCANO A UN IDEAL POSIBLE.
La Institución escolar es la llave para la realización de un sueño, para ejercer nuestros derechos y para entender un poquito más de qué hablamos cuando nos referimos a sociedad.

Si bien en la Escuela debemos responder a un orden y una norma (de la misma manera que lo hacemos cotidianamente en nuestra casa y en nuestro territorio), ésta como Institución es la garantía de ciertos valores que actualmente nos resultan muy difíciles de encontrar. Y entre ellos podemos destacar: los valores del respeto, la persona y el espíritu, la forma de relacionarse con los demás a través de la consideración de que el prójimo también existe y el desempeño de características que responden a mejorar la sociedad (cuidado del medio en que vivimos, el bienestar de la familia, la solidaridad, la buena ciudadanía (que volveremos a desarrollar en la conclusión), la identidad como sujetos sociales). Sin la Escuela, el desarrollo de estos valores quedaría flotando en una nube de vapor y sin demasiadas concreciones.
Por tal motivo debemos entender a la Escuela como una Institución que cumple un rol de relevancia, no solo como una forma de responsabilidad, sino como la formación de individuos que adquirirán conocimientos y valores sociales que conformarán los nuevos manifiestos de la sociedad en que vivimos.
Es muy importante para la búsqueda del equilibrio de convivencia que el diálogo fluya bajo formas de comunicación personalizadas y, en consecuencia, con la exposición de la problemática a tratar para que la convivencia Escolar sea un equilibrio constante en vistas de una formación que nos prepare para afrontar los obstáculos del exterior. Para tal caso debemos comprender que este tipo de convivencia es fundamental. No todo es sinónimo de rebeldía y transgresión, ni todo es un síntoma de pelea. En ese caso, el diálogo establece posiciones, las acerca y les permite expresar.

LOS EFECTOS DE UNA SOCIEDAD SOLIDARIA.

A 30 años del Festival de la Solidaridad Latinoamericana

Los músicos más representativos del rock nacional se reunieron para juntar fondos en ayuda de los soldados que estaban en Malvinas. Un recital histórico.
El 16 de mayo de 1982 una gran cantidad de músicos se pusó de acuerdo y tocó para recaudar fondos. Los soldados en Malvinas no la estaban pasando muy bien. A este encuentro se lo llamó Festival de la Solidaridad Latinoamericana.
Surgió de la idea de Oscar López, Daniel Grinbank y Pity Irrunigarro. El recital se pensó originalmente con una sola fecha en el estadio cerrado de Obras Sanitarias. Luego, agregaron una nueva función pero como faltaban dos días y estaban las funciones agotadas, los militares le ofrecieron a los organizadores hacerlo en la Avenida Udaondo. 
Esta idea fue rechazada por problemas de armado del escenario. A último momento se accedió a usar la cancha de rugby y de hockey del club Obras Sanitarias que lo cedió de forma gratuita.
El show comenzó a las 17 hs y fue transmitido en directo por canal 9 y dos radios, FM del Plata y FM Rivadavia. El público fue todo un récord: 70 mil personas que deliraron con las actuaciones de Ricardo Soulé, Edelmiro Molinari, Dúo Fantasía, Dulce 16, Pappo, Rubén Rada, Juan Carlos Baglietto, Piero, Zas, Litto Nebbia, Spinetta, Nito Mestre, León Gieco, Charly García y David Lebón, entre otros.
La emblemática revista especializada Pelo, publicó en su edición 163 de mayo un informe especial con todos los detalles del festival. El rock nacional iba por el buen camino.
El exterior como equilibrio del aula.
Está claro que hoy por hoy el aula ha trasgredido todo espacio y estructura. Hablar de convivencia en la escuela no implica solamente hacerlo desde las paredes de la Institución hacia adentro, sino también mirar lo que exige y propone el exterior.
En una sociedad en donde lo que le sucede al individuo se viraliza en pocos segundos vía internet, es muy difícil contener las expresiones de insatisfacción, de desahogo, de broncas, de propósitos confusos, de situaciones de riesgo, de inmoralidad.
Sin embargo no podemos culpabilizar exclusivamente a las redes sociales. Deberíamos estar hablando entonces de lo que le cabe a cada individuo a la hora de hacerse cargo de lo que le toca.
En ese contexto, establecer parámetros sociales ya no implica ubicarlos en grupos reducidos, sino más bien en grupos que globalizan su propio contenido personal. De esta forma, las fotos, las familias, los enfrentamientos, las diversiones, los teléfonos… Todo queda expuesto en la red social. Es entonces la exteriorización de lo que pensamos. Cada Facebook, twitter o Instagram vienen a representar el dibujo (de rasgos generales) de lo que piensa nuestro cerebro.
Bajo esos parámetros, no medimos el mal, como tampoco medimos en qué formas podemos hacer el bien. Estoy casi seguro de que si uno se dedicara a publicar alguna nota de interés o bien alguna causa de extrema necesidad social, podríamos hablar de una nueva forma de mejoramiento de la sociedad.
Particularmente creo que los chicos de nuestra actualidad (denominados millenials por las nuevas concepciones sociales) merecen un espacio de expresión que venga a suplantar de alguna forma la viralización de su propio contenido. Ya no hablamos de Educar solamente al individuo en contenidos, debemos charlar de Educar desde lo social… De educarlos para administrar sus propias redes sociales en base a valores nuevos que negligentemente vienen predeterminados por un presente que compacta, que fomenta consumismo y en el cual todo debe ser “ya”.
Es necesario que los chicos sobre todo, puedan estar atentos a que en todo caso el diálogo como parte de nuestra cultura política y argentina, es la mejor forma de convivir. De consensuar. De producir y de generar el cambio ejemplificado desde los años más grandes hacia los más chiquitos.
La conclusión de una Ciudadanía equilibrada.
El respeto a las normas no se trata de una tarea caprichosa, se trata en cierta medida de un equilibrio necesario para el sostén de la los diversos grupos sociales suscriptos en una sociedad múltiple y diversa. Porque no todos pensamos de la misma forma, pero debe de haber un parámetro que exija la formalidad de integrar a todo el conjunto.
“Las normas son pautas de comportamiento que nos orientan y dirigen estableciendo lo que se supone que debemos hacer en determinadas circunstancias. Son mandatos que prescriben los comportamientos esperados y que prohíben aquellos considerados perjudiciales para la vida común”. (Schujman, 2016: 33)
Para que este proceso de equilibrio ciudadano pueda ejecutarse en beneficio del conjunto global, es necesaria la articulación entre padres, maestros y alumnos. De lo contrario este complejo esquema perdería la formación de ciudadanos acordes a las necesidades de nuestra sociedad.
Vivimos en un orden Democrático. Y por cierto la palabra orden está diciendo algo. No podemos librar la Educación de nuestros chicos a un libertinaje sin sentido. Sin la menor valoración de lo que nos haría fundamentalmente felices: que sean moralmente dignos. Porque aquí radica el resumen de una buena convivencia. Del diálogo, de la enseñanza esquemática. De esa tradición que lo marca todo. Tanto unos como otros (Padres, docentes y alumnos) nos vemos en la necesidad de reformular algunas cuestiones y proponer un mejor entendimiento. No se trata de trasgredir por trasgredir. Ni de rebelarse por rebelarse. Se trata simplemente de respetar el orden al que indudablemente todos decidimos aceptar y que obviamente estamos dispuestos a mejorar.
“Esta difusión del orden democrático, por imperfecta que sea, pone a la Educación en el centro de la atención. En una sociedad en donde se aplica la ley del más fuerte, no es muy necesario (ni siquiera conveniente) que los ciudadanos incorporen los saberes y destrezas necesarios para participar en las decisiones (…) Pero una sociedad democrática solo podrá sostener sus instituciones si los ciudadanos pueden participar con un mínimo de racionalidad en los procesos de decisión colectiva. Asegurar el resultado sin violentar la libertad es un desafío típico de nuestra época”. (Da Silveira, 2009: 32)
La Escuela no solo es un ámbito de paso, es el espacio que nos devuelve una imagen del mundo y una obviedad: ser mejores ciudadanos y dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos.
A base de todo lo descripto, no es bueno generar un conflicto con el otro, ni exponer un desorden generalizado si las condiciones están dadas para un mejor proceso de trabajo. Desde este punto de vista, el diálogo y el equilibrio de convivencia harán de nuestra consecuente intención un mejor ámbito de bienestar. Desde los valores y el respeto al otro se construyen grandes progresos.
A modo de cierre y mensaje final, creo que es muy importante que los alumnos puedan encontrar en “su” escuela esa síntesis que los reclama como los nuevos promotores de ideales que se fueron perdiendo en el tiempo. Un resumen del pasado y el presente.
Es muy necesario que vuelvan a creer en que “lo moral” y “el respeto” son necesarios y que de ninguna manera existen los enemigos virtuales, sino que existe un ejercicio sencillo y que, si se pone en práctica, puede funcionar muy bien. Hablamos del solo hecho de convivir. Actuando con esta solvencia y este entendimiento, todo puede ser mejor.
BIBLIOGRAFÍA
-Defensoría del pueblo de Madrid. La Convivencia Escolar. https://www.defensordelpueblo.es/ Madrid. 2003.
-DA SILVEIRA, PABLO. Padres, maestros y políticos. El desafío de gobernar la Educación. Taurus. Buenos Aires. 2009.
-FARIÑA, MABEL B. Política y Ciudadanía. Santillana. Buenos Aires. 2010.

domingo, 29 de julio de 2018

Laudato, Sí. La visión del Papa sobre el Medio Ambiente



Una visión general
«¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (n. 160). Esta pregunta está en el centro de Laudato si’, la esperada Encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común. Y continúa: «Esta pregunta no afecta sólo al ambiente de manera aislada, porque no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario», y nos conduce a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y el valor de la vida social: «¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?»: si no nos planteamos estas preguntas de fondo -dice el Pontífice – «no creo que nuestras preocupaciones ecológicas puedan obtener resultados importantes».
La Encíclica toma su nombre de la invocación de san Francisco, «Laudato si’, mi’ Signore», que en el Cántico de las creaturas recuerda que la tierra, nuestra casa común, «es también como una hermana con la que compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos » (1). Nosotros mismos «somos tierra (cfr Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está formado por elementos del planeta, su aire nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura» (2).
Pero ahora esta tierra maltratada y saqueada clama (2) y sus gemidos se unen a los de todos los abandonados del mundo. El Papa Francisco nos invita a escucharlos, llamando a todos y cada uno –individuos, familias, colectivos locales, nacionales y comunidad internacional– a una “conversión ecológica”, según expresión de San Juan Pablo II, es decir, a «cambiar de ruta», asumiendo la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta ante el «cuidado de la casa común». Al mismo tiempo, el papa Francisco reconoce que «se advierte una creciente sensibilidad con respecto al ambiente y al cuidado de la naturaleza, y crece una sincera y dolorosa preocupación por lo que está ocurriendo con nuestro planeta» (19), permitiendo una mirada de esperanza que atraviesa toda la Encíclica y envía a todos un mensaje claro y esperanzado: «La humanidad tiene aún la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común» (13); «el ser humano es todavía capaz de intervenir positivamente» (58); «no todo está  perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, pueden también superarse, volver a elegir el bien y regenerarse » (205).
El Papa Francisco se dirige, claro está, a los fieles católicos, retomando las palabras de San Juan Pablo II: «los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe» (64), pero se propone «especialmente entrar en diálogo con todos sobre nuestra casa común» (3): el diálogo aparece en todo el texto, y en el capítulo 5 se vuelve instrumento para afrontar y resolver los problemas. Desde el principio el papa Francisco recuerda que también «otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una profunda preocupación y una valiosa reflexión» sobre el tema de la ecología (7). Más aún, asume explícitamente su contribución a partir de la del «querido Patriarca Ecuménico Bartolomé» (7), ampliamente citado en los nn. 8-9. En varios momentos, además, el Pontífice agradece a los protagonistas de este esfuerzo –tanto individuos como asociaciones o instituciones–, reconociendo que «la reflexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales [ha] enriquecido el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones» (7) e invita a todos a reconocer «la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para el desarrollo pleno del género humano» (62).
El recorrido de la Encíclica está trazado en el n. 15 y se desarrolla en seis capítulos. A partir de la escucha de la situación a partir de los mejores conocimientos científicos disponibles hoy (cap. 1), recurre a la luz de la Biblia y la tradición judeo-cristiana (cap. 2), detectando las raíces del problema (cap. 3) en la tecnocracia y el excesivo repliegue autorreferencial del ser humano. La propuesta de la Encíclica (cap. 4) es la de una «ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales» (137), inseparablemente vinculadas con la situación ambiental. En esta perspectiva, el Papa Francisco propone (cap. 5) emprender un diálogo honesto a todos los niveles de la vida social, que facilite procesos de decisión transparentes. Y recuerda (cap. 6) que ningún proyecto puede ser eficaz si no está animado por una conciencia formada y responsable, sugiriendo principios para crecer en esta dirección a nivel educativo, espiritual, eclesial, político y teológico. El texto termina con dos oraciones, una que se ofrece para ser compartida con todos los que creen en «un Dios creador omnipotente» (246), y la otra propuesta a quienes profesan la fe en Jesucristo, rimada con el estribillo «Laudato si’», que abre y cierra la Encíclica.
El texto está atravesado por algunos ejes temáticos, vistos desde variadas perspectivas, que le dan una fuerte coherencia interna: «la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de  entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.» (16).
Capítulo 1 – «Lo que le está pasando a nuestra casa»
El capítulo asume los descubrimientos científicos más recientes en materia ambiental como manera de escuchar el clamor de la creación, para «convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar» (19). Se acometen así «varios aspectos de la actual crisis ecológica» (15).
EI cambio climático: «El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad» (25). Si «el clima es un bien común, de todos y para todos» (23), el impacto más grave de su alteración recae en los más pobres, pero muchos de los que «tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas» (26): «La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos y hermanas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil» (25).
La cuestión del agua: El Papa afirma sin ambages que «el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos». Privar a los pobres del acceso al agua significa «negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable» (30).
La pérdida de la biodiversidad: «Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre» (33). No son sólo eventuales “recursos” explotables, sino que tienen un valor en sí mismos. En esta perspectiva «son loables y a veces admirables los esfuerzos de científicos y técnicos que tratan de aportar soluciones a los problemas creados por el ser humano», pero esa intervención humana, cuando se pone al servicio de las finanzas y el consumismo, «hace que la tierra en que vivimos se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris » (34).
La deuda ecológica: en el marco de una ética de las relaciones internacionales, la Encíclica indica que existe «una auténtica deuda ecológica» (51), sobre todo del Norte en relación con el Sur del mundo. Frente al cambio climático hay «responsabilidades diversificadas» (52), y son mayores las de los países desarrollados.
Conociendo las profundas divergencias que existen respecto a estas problemáticas, el Papa Francisco se muestra profundamente impresionado por la «debilidad de las reacciones» frente a los dramas de tantas personas y poblaciones. Aunque no faltan ejemplos positivos (58), señala «un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad» (59). Faltan una cultura  adecuada (53) y la disposición a cambiar de estilo de vida, producción y consumo (59), a la vez que urge «crear un sistema normativo que […] asegure la protección de los ecosistemas» (53). 
Preguntas: 
1) ¿Cuál es el enfoque político - económico que tiene el Papa sobre el Medio Ambiente?
2) ¿Cuál creés que es la Deuda Ecológica que tiene la humanidad con la naturaleza? (Tener en cuenta la mirada del Laudato, Sí)
3) El Papa habla de avances técnicos y científicos... ¿Operan los mismos en favor del Medio Ambiente o no? Describir en base a tu opinión.

viernes, 27 de julio de 2018

La cuarentena de Furet


De Daniel Favieri



Las cruces del pueblo ya no tenían un individuo que mojara con sus lágrimas su enmohecida estructura de piedra. Era tan evidente el cambio que ni el mismísimo Eliseo, cuidador del cementerio, seguía frecuentando ese terreno. El pueblo de Furet ya no tenía muertos a quién llorar.
Fue un éxodo de una noche de lluvia, fría y oscura, en dónde la mayoría de los ciudadanos comenzaron a marcharse. La luna se había escondido, como precipitando el adiós y el sol hacía días que no se asomaba.
Nadie había imaginado jamás semejante final. Ni siquiera los más experimentados y viejos frecuentadores del café del “gallego” que se internaban en las mesas agrietadas a filosofar sobre la vida.
Hacía rato que Furet vivía un ostracismo que hasta muy probablemente fuera planeado. Ya ni siquiera el café que servía el “gallego” era tan bueno. Se parecía más a una taza de petróleo rebajado con agua. Es que, por causa y efecto, la desesperación del turismo por conocer el esplendor de aquel pueblo tan reservado hizo que los habitantes del mismo se jugaran una mano a las cartas con el objetivo literal de borrarlo del mapa.
Fue una ardua tarea, pero radicalmente Furet, por decreto de su intendente, dejó de pintar sus coloridas casas, olvidó de cambiar las lamparitas de alguna que otra callecita de tierra y prefirió dejar el asfalto para otro momento.
Más de un vecino se había puesto contento. Ya no se les cobraría el impuesto de alumbrado, barrido y limpieza. Cuanto más sucio y anticuado estuviera Furet… mejor.
Lentamente y ante la falta de capitales turísticos, comenzó a suceder el efecto de la causa. Muchos de los comercios de Furet cerraron. Ya no había turistas que comprasen sus recuerdos ni mucho menos recuerdos que quisieran venderse.
Como por arte de magia los satélites impugnaron el espacio y el tiempo. Como reacción momentánea los municipales colgaron un cartel en la entrada del pueblo que rezaba “Furet en cuarentana. Disculpe las molestias”. Sin embargo la cuarentena duraría meses, años… Eternidad.
Quizás como un castigo a su individualismo o como una venganza de aquellos que no lo pudieron disfrutar, el efecto devastador que se había auto generado el pueblo encontró su momento final cuando, aquellos últimos jóvenes con deseos de progresar, egresaron de la escuelita próxima a cerrar.
Ya no existía primaria, porque no había niños que crecieran en Furet. Ya no habría secundaria, porque no había adolescentes que cursaran. Y como no había ni terciario ni universidad, los últimos estudiantes de Furet produjeron el éxodo devastador.
No tenían tumbas a las que arraigarse, porque ya nadie moría en Furet. No tenían una tierra que los amarre ni un enemigo a quien odiar. No tenían amigos con quien solidarizarse, pues no existió mayor solidaridad que la de aquel éxodo en esa noche lluviosa y fría en donde los adolescentes de Furet, un puñado de veinte, decidieron tomarse el tren de la distancia.
Entre las corridas y las valijas, entre los sueños de aquellos padres que les habían jurado no morir en Furet y entre las bocinas del tren, el éxodo tuvo un sabor a enfermedad. Porque no hay peor enfermedad que enterrar las raíces de la identidad, no hay peor mal que el ostracismo de aquello que se quiere guardar bajo un síndrome de egoísmo. Y no hay peor maldad que la de aquellos que no saben regresar.
Allí se quedó el viejo cuidador del cementerio, estrujando sus tripas con sabor a odio pero llorando en esa noche oscura con su pañuelo en la mano y despidiendo a lo que alguna vez creyó la esperanza del pueblo y el retorno de algún esplendor como resabio de lo que fue.
No obstante creía fervientemente el viejo cuidador que si al menos uno se quedaba allí, aún se corría la suerte de volver a soñar con Furet. A la mañana siguiente, a las puertas de entrada, tomó el cartel de cuarentena y le cambió su leyenda que ahora decía “pueblo abierto, vuelva a conocer Furet”.

domingo, 22 de julio de 2018

El Autor de Daniel Favieri


Escrito encontrado en una casona de Recoleta. 1916.
Siempre me levanté de las cenizas de mi propio cuerpo. Desperdigadas por el viento. Seleccionadas por el tiempo.
No es que las cosas me estuvieran saliendo mal. Simplemente que a veces uno piensa con claridad. Y en esa falta de identidad, de metas claras y de amores crueles, la vida castiga con la dureza de un terremoto.
No es tampoco la falta de sueños. Ellos siempre me sobraron. Es simplemente no haber sabido capitalizarlos, porque nosotros somos las propias inversiones de lo que hacemos. Nuestro futuro es el ahorro de ese capital indiscutible, necesario y hasta a veces también infeliz. Porque no es el oro del mundo el que nos salva de nuestros problemas. Es más simple que eso. Se trata de nuestro tesoro personal. Lo que nos llevamos cuando nos vamos. Lo que nos guardamos en un hueco del corazón y para siempre.
Digo yo, que por ahí peco de soberbio, que la pertenencia de un autor a todo exceso de resignificaciones y ponderaciones, lo eximen de cualquier éxito y por ende de una relativa falta de humildad. Así, el autor se vuelve un ermitaño de sus obras, un solitario transeúnte de caminos inventados y un generador oculto de proyectos impensados.
Me di cuenta entonces de que no hay nada qué buscar en los tiempos del pasado, porque nada podría ser igual. Sin embargo, a pesar de las sombrías huellas del dolor aparente, uno siempre intenta regresar. No sé exactamente qué buscamos, pero sí puedo decir que evidentemente nos gusta volver a empezar.
Siempre mantuve mi perfil oculto detrás de un seudónimo ilustrado por letras simbólicas. Quizás necesitado de mantener en silencio el rumbo de mis pensamientos, pero entendiendo que a veces se paga con la moneda del olvido.
Así, un buen día, cuando quise dar vuelta la página de mi historia, me di cuenta de que ningún pergamino hablaba de mi nombre. Sin embargo noté que todos hablaban de mis libros, de mis conclusiones y de mi filosofía de vida.
No hay mayor extrañeza que la de escuchar el silencio de un nombre que se proclama a gritos y que se ignora sin saberlo. Si uno pierde la propiedad de su nombre, pierde la identidad del ser. O acaso entiendo que por lo menos nada se escapa a la austeridad de una vida tan compleja.
He sido invitado muy pocas veces a disfrutar de las mieles del éxito, pero poco me importó entonces. Era más sencillo no estar presente en caso de que alguna crítica destruyera lo poco que había construido.
Y desde allí, los autores nos volvemos cómplices de nuestras propias incertidumbres, de nuestras creaciones y de nuestra perfecta desaparición. De nuestro insignificante paso por la vida. Sin dejar siquiera una huella de nuestro apellido.
¿Alguno osará alguna vez trascender? ¿A alguno le interesa verdaderamente divulgarse? ¿Qué es propagarse?
Aquí, en esta noche de lluvia que golpea con sus gotas duras los vidrios de mis ventanales, me sumerjo en el interior de mis propios nubarrones. Trato de darle significado a mi solemne carácter y a mi inusual forma solitaria de pensar.
Y si he de responder a una de las tantas preguntas que este texto fue exigiendo en su recorrido, la única de la que me siento intelectualmente capacitado de responder, sea quizás la más difícil de conseguir. Pues los hijos son el capital más grande sobre la tierra. Aquello mediante lo cual las utopías son más sencillas de conseguir. Porque por un hijo se da la vida, se reconsideran los sueños y se exigen sus virtudes. Y así, ante el paso del tiempo, todo se vuelve una mirada hacia el pasado. Porque si hay algo que no habremos de cambiar jamás, es justamente el pasado. Por lo tanto nuestra esencia, impregnada del mismo, es el legado de lo que dejamos.
Esta mansión me ha quedado grande. Este sueño me ha quedado grande. Mi nombre es Juan Bautista de Alcázar. Escritor. Soñador. Víctima de amores no correspondidos. Utópico padre de papeles sin efecto. Buenas noches y gracias por encontrarme.

miércoles, 27 de junio de 2018

De pasión, amor y barrio




Había clamado por guerra sin darse cuenta que las almas en pena deshojan los árboles del otoño en la búsqueda del verdadero amor. No había entendido siquiera que la culpa barata de su caro precio a la equivocación, se había transformado en un sufrimiento contemporáneo que no sabía de pasados ni siquiera para aquellos seres que quizás alguna vez pudo amar.
Era definitivamente cierto que en el barrio de Mataderos había existido un mito que pocos conocían. Algunos incluso se atrevían a pensar que en lo extenso del día, alimentado por un ego en crecimiento, Juan Manuel Abascal erguía su alma, se golpeaba el pecho y salía corriendo como el viento.
Cuentan sus adversarios más allegados que cuando las calles eran de adoquín y la llovizna bañaba sus juveniles cabelleras, la pelota resbalaba tan rápida como el viento. Pero también aseguran estos testigos privilegiados de tal función, que Abascal planeaba detrás de ella. Como un avioncito de papel. “La tenía atada bajo el agua. La tenía incorporada en el frío, y si venía un viento fuerte… tampoco se la podían sacar… Eso era magia” dijo un vecino de la calle Cafayate.
Si no fuera Mataderos un barrio real, diría este autor que la historia no es verídica. Que simplemente se trata de una de esas leyendas urbanas que se escriben con tintas de mentira y el asombro de la imaginación. Sin embargo, es justo aclararlo para la continuidad de estas palabras, Abascal existió. Y es imprescindible decir, a riesgo de quedar como un mentiroso, que yo lo padecí y que yo lo vi jugar.
Y si me remonto en el tiempo y pienso, creo incluso recordar su voz. Retumbaba en el eco de la vieja cancha del Tránsito de San José, que aunque queda en Liniers, muchos criollos de Mataderos se lo apropiaron para siempre.
Y ahí deleitaba Abascal, gambeta tras gambeta, desbordando por la punta derecha. A veces tirando centros y otras tantas dejando mal parado hasta al arquero contrario. Pero siempre la pelota llegaba a la red.
Cuenta esa Historia oral que se trasladó de vecino en vecino y de generación en generación que poco a poco la gente se fue convocando, vitoreando en su boca el sabor del apellido Abascal. Y posteriormente nadie supo bajo qué condiciones fue, pero de repente, ese equipito por el que nadie daba una moneda y que a gatas tenía camisetas, había llegado a la final inter barrial.
Dos semanas separaban a Juan Manuel Abascal de la gran final. Y en Mataderos incluso llegó a pintarse una pared con su nombre, más nadie recuerda cual fue. Pero la final valía la pena. Enfrente no estaba cualquier rival. Estaban los de siempre. Los de la contra. Los bien vestidos del barrio ferroviario que no tenían más intenciones que llevarse el trofeo mayor: la dignidad.
Se reconoce a ese estado digno como el momento culmine en el tiempo, en donde el que triunfa se lleva los pergaminos del heroísmo, se transforma en el rumor constante y se guarda para sí la pelota del partido. Y eso se jugaban ambos equipos.
Pero la final se tardó demasiado. Porque en ese lapso de tiempo Abascal cambió su mirada futbolística por una morocha que lo hizo enloquecer.
Dice el mismo testigo que escribe estas líneas, que la morocha era tan poderosa como la gambeta de Abascal. Y el pobre se enamoró.

Pero no fue que se enamoró de su pelo lacio que caía suave por los hombros. Ni de su piel de algodón, ni de su cuerpo moldeado. Para nada. Abascal se enamoró de una ilusión. De aquellas cosas que ni en lo más profundo de su alma se hubiera imaginado.
La persiguió por los callejones de Mataderos que se volvían laberintos infinitos y complicados de salir. La soñó en las noches como si nunca antes hubiera creído soñar. Y se dedicó a admirarla, quizás como el peor error de su vida, como solía mirar a la pelota. Con un cariño que estremecía la tierra.
Y así, aquel que alguna vez me deleitó con sus bicicletas, que me tiró más caños que ninguno y que me hizo ver el fútbol de otra manera, se dedicó a fracasar.
Abascal dejó de frecuentar los entrenamientos para visitar a la morocha en la casa de sus padres. No ató más a la pelota en sus pies, porque ahora caminaba con otra. Cambió sus sueños por lo que algunos llaman el amor y otros entienden como la traición.
El día de la gran final fue la última vez que lo vi. Juan Manuel Abascal se puso los botines con el partido ya empezado. Había llegado tarde y los de Mataderos ya perdían uno a cero. Entró por el gringo y, aunque parecía atontado por la morocha, Abascal concretó sus últimos dos goles oficiales como paladín del barrio de Mataderos.
No se quedó ni a recibir el trofeo de la dignidad. Prefirió caminar por las calles grises y, atormentado por haber dejado sola a la morocha en lo que duró el partido, volvió a sus brazos, supongo yo, para nunca más soltarla.
Solo así el mito se hizo grande. Y a pesar de que nunca pude encontrar la única pared pintada con su nombre, estoy seguro que algún día saldrá a la luz. Sin embargo, me pregunto inconscientemente qué es eso que tiene el amor, que a algunos les hace perder la cabeza y a otros matar por él. Me pregunto incluso por qué Abascal se fue con ese amor reciente y se arraigó tanto a la morocha, que vaya uno a saber de dónde habrá salido… Aunque pensándolo bien, recordándolo al alejarse en la bruma de esa tarde noche, creo que es muy factible que Juan Manuel Abascal haya sentido el miedo de fracasar y que ya nada volviera a ser igual.  



sábado, 2 de junio de 2018

Nadie sabe qué es el todo, pero todos sabemos qué es la nada. Por Luciano Colantuono Instituto San José Obrero.


Hoy quiero compartirles este texto que surgió de una pregunta de un alumno, Luciano Colantuono de segundo año del colegio San José. "Profe... ¿Qué es la nada?" me preguntó... Y yo le dije "La nada es el principio del todo. Pensalo y mañana me decís".
Al otro día, no solamente que lo había pensado, sino que además lo había redactado. Y así, con su permiso, lo comparto con todos ustedes. Me parece que vale la pena leerlo.


“La nada es el comienzo del todo” (Favieri).
Luciano: La nada es un comienzo el cual no tuvo tiempo de llegada. Pero no del todo, sino tendríamos que tener en cuenta el destino o la casualidad. Con esto que dijiste se rompe esa “nada” y sucede un comienzo… Y para decir “el comienzo del todo” tendríamos que pensar en que fue el suceso que originó el cambio.
A base de esa mirada no sabemos cuál fue el detonante, pero sí sabemos que empezó con un destino ya que el todo es algo imaginario o una definición a lo desconocido.
Pero si los humanos actuamos por actos propios, el destino se rompe desde la primera decisión, cambiando consecuencias que pueden dar efecto al momento o a miles de años dependiendo su gravedad, originando variedades de destinos sin un eje central o de casualidades producidas por una razón desconocida.
Y si te pones a pensar (ya que no hay un límite), la nada existe y el todo no. Solamente somos una porción de lo desconocido, y que todo lo pensado es convencional y lo descubierto no es más que una trampa del “detonante” que “comenzó” con ese destino mal planeado el cual ya fue roto por acciones ajenas a este destino las cuales no controlo.
Esta es una más de mis conclusiones erróneas, pero que a la mirada humana tiene sentido porque nadie sabe la verdad, más que la verdad que queremos pensar correcta. 

Luciano Colantuano. Segundo año B. Instituto San José Obrero.




miércoles, 2 de mayo de 2018

La crisis de las instituciones


Jueves, 22 de febrero de 2018
Desde hace varios años en las encuestas, las instituciones del país vienen bajando sus niveles de favorabilidad. Se salvan como siempre: el ejército, la iglesia y en algo la Policía.
Durante gobiernos anteriores instituciones como: la Procuraduría o la Fiscalía gozaron de cierto prestigio, otras tradicionales como el Congreso y la Presidencia, siempre tuvieron mala imagen, a excepción de Álvaro Uribe. Sin embargo, no se conocía en décadas una imagen tan negativa en casi todas las instituciones del Estado; pasando por las altas cortes, los ministerios y hasta el mismo Sena; así surge la pregunta: ¿cómo se llegó a semejante situación?
La respuesta no es fácil pues la causalidad habría que estudiarla a fondo, pero se puede decir que tiene correlación con: la corrupción, la falta de gestión y sobre todo la parcialidad o politización de algunas de ellas.
Como hace mucho no pasaba, se destaparon bastantes escándalos de corrupción pasando por el favorecimiento de grandes contratos estatales a particulares que no cumplían, el más sonado de ellos: Odebrecht, en donde se vieron salpicados distintas partes del gobierno y hasta dos ministras; se descubrió el cartel de la toga y todavía se investigan contratos irregulares por parte de la fiscalía anterior. Y lo peor, sin vergüenza alguna dentro del gobierno se habla abiertamente de la mermelada y las cuotas burocráticas.
La falta de gestión es evidente ante nuestros índices que crecen lentamente, pero otros como el de la exportación de coca están disparados, la economía que venía siendo manejada de manera juiciosa incluso en los peores gobiernos, se vio afectada con una reforma tributaria y con un crecimiento en el cupo de endeudamiento. La Cancillería tampoco goza de grandes afectos a pesar de la gran inversión en nuevos consulados y embajadas. Tal vez, porque para tener una posición internacional se necesita sonreír pero también firmeza.
Pero de todos tal vez el campo más preocupante es el de la politización de las instituciones. En los corredores se habla de nombramientos por el pago de favores políticos, causa reciente de la protesta en varios consulados. De fallos judiciales con carga ideológica y de persecuciones orquestadas por ellas; para algunos resulta al menos suspicaz que la anterior Fiscalía pasara por alto varios delitos pero que investigara con ahínco los de la oposición, resultó curioso que candidatos abiertamente de izquierda terminaran apoyando la reelección del actual presidente y después acabaran de ministros; y resulta curioso también que a dos semanas de elecciones resulten tantas nuevas investigaciones en contra de los grupos contrarios al gobierno.
La crisis y la falta de credibilidad en las instituciones es peligrosa; da vida a nuevos caudillos populistas y hace decrecer la inversión extranjera. Recuperarlas y darles credibilidad debe ser tema principal de los próximos gobiernos, si no, su descrédito terminará por acabar los cimientos de la actual democracia.