domingo, 29 de julio de 2018

Laudato, Sí. La visión del Papa sobre el Medio Ambiente



Una visión general
«¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (n. 160). Esta pregunta está en el centro de Laudato si’, la esperada Encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común. Y continúa: «Esta pregunta no afecta sólo al ambiente de manera aislada, porque no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario», y nos conduce a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y el valor de la vida social: «¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?»: si no nos planteamos estas preguntas de fondo -dice el Pontífice – «no creo que nuestras preocupaciones ecológicas puedan obtener resultados importantes».
La Encíclica toma su nombre de la invocación de san Francisco, «Laudato si’, mi’ Signore», que en el Cántico de las creaturas recuerda que la tierra, nuestra casa común, «es también como una hermana con la que compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos » (1). Nosotros mismos «somos tierra (cfr Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está formado por elementos del planeta, su aire nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura» (2).
Pero ahora esta tierra maltratada y saqueada clama (2) y sus gemidos se unen a los de todos los abandonados del mundo. El Papa Francisco nos invita a escucharlos, llamando a todos y cada uno –individuos, familias, colectivos locales, nacionales y comunidad internacional– a una “conversión ecológica”, según expresión de San Juan Pablo II, es decir, a «cambiar de ruta», asumiendo la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta ante el «cuidado de la casa común». Al mismo tiempo, el papa Francisco reconoce que «se advierte una creciente sensibilidad con respecto al ambiente y al cuidado de la naturaleza, y crece una sincera y dolorosa preocupación por lo que está ocurriendo con nuestro planeta» (19), permitiendo una mirada de esperanza que atraviesa toda la Encíclica y envía a todos un mensaje claro y esperanzado: «La humanidad tiene aún la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común» (13); «el ser humano es todavía capaz de intervenir positivamente» (58); «no todo está  perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, pueden también superarse, volver a elegir el bien y regenerarse » (205).
El Papa Francisco se dirige, claro está, a los fieles católicos, retomando las palabras de San Juan Pablo II: «los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe» (64), pero se propone «especialmente entrar en diálogo con todos sobre nuestra casa común» (3): el diálogo aparece en todo el texto, y en el capítulo 5 se vuelve instrumento para afrontar y resolver los problemas. Desde el principio el papa Francisco recuerda que también «otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una profunda preocupación y una valiosa reflexión» sobre el tema de la ecología (7). Más aún, asume explícitamente su contribución a partir de la del «querido Patriarca Ecuménico Bartolomé» (7), ampliamente citado en los nn. 8-9. En varios momentos, además, el Pontífice agradece a los protagonistas de este esfuerzo –tanto individuos como asociaciones o instituciones–, reconociendo que «la reflexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales [ha] enriquecido el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones» (7) e invita a todos a reconocer «la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para el desarrollo pleno del género humano» (62).
El recorrido de la Encíclica está trazado en el n. 15 y se desarrolla en seis capítulos. A partir de la escucha de la situación a partir de los mejores conocimientos científicos disponibles hoy (cap. 1), recurre a la luz de la Biblia y la tradición judeo-cristiana (cap. 2), detectando las raíces del problema (cap. 3) en la tecnocracia y el excesivo repliegue autorreferencial del ser humano. La propuesta de la Encíclica (cap. 4) es la de una «ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales» (137), inseparablemente vinculadas con la situación ambiental. En esta perspectiva, el Papa Francisco propone (cap. 5) emprender un diálogo honesto a todos los niveles de la vida social, que facilite procesos de decisión transparentes. Y recuerda (cap. 6) que ningún proyecto puede ser eficaz si no está animado por una conciencia formada y responsable, sugiriendo principios para crecer en esta dirección a nivel educativo, espiritual, eclesial, político y teológico. El texto termina con dos oraciones, una que se ofrece para ser compartida con todos los que creen en «un Dios creador omnipotente» (246), y la otra propuesta a quienes profesan la fe en Jesucristo, rimada con el estribillo «Laudato si’», que abre y cierra la Encíclica.
El texto está atravesado por algunos ejes temáticos, vistos desde variadas perspectivas, que le dan una fuerte coherencia interna: «la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de  entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.» (16).
Capítulo 1 – «Lo que le está pasando a nuestra casa»
El capítulo asume los descubrimientos científicos más recientes en materia ambiental como manera de escuchar el clamor de la creación, para «convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar» (19). Se acometen así «varios aspectos de la actual crisis ecológica» (15).
EI cambio climático: «El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad» (25). Si «el clima es un bien común, de todos y para todos» (23), el impacto más grave de su alteración recae en los más pobres, pero muchos de los que «tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas» (26): «La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos y hermanas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil» (25).
La cuestión del agua: El Papa afirma sin ambages que «el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos». Privar a los pobres del acceso al agua significa «negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable» (30).
La pérdida de la biodiversidad: «Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre» (33). No son sólo eventuales “recursos” explotables, sino que tienen un valor en sí mismos. En esta perspectiva «son loables y a veces admirables los esfuerzos de científicos y técnicos que tratan de aportar soluciones a los problemas creados por el ser humano», pero esa intervención humana, cuando se pone al servicio de las finanzas y el consumismo, «hace que la tierra en que vivimos se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris » (34).
La deuda ecológica: en el marco de una ética de las relaciones internacionales, la Encíclica indica que existe «una auténtica deuda ecológica» (51), sobre todo del Norte en relación con el Sur del mundo. Frente al cambio climático hay «responsabilidades diversificadas» (52), y son mayores las de los países desarrollados.
Conociendo las profundas divergencias que existen respecto a estas problemáticas, el Papa Francisco se muestra profundamente impresionado por la «debilidad de las reacciones» frente a los dramas de tantas personas y poblaciones. Aunque no faltan ejemplos positivos (58), señala «un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad» (59). Faltan una cultura  adecuada (53) y la disposición a cambiar de estilo de vida, producción y consumo (59), a la vez que urge «crear un sistema normativo que […] asegure la protección de los ecosistemas» (53). 
Preguntas: 
1) ¿Cuál es el enfoque político - económico que tiene el Papa sobre el Medio Ambiente?
2) ¿Cuál creés que es la Deuda Ecológica que tiene la humanidad con la naturaleza? (Tener en cuenta la mirada del Laudato, Sí)
3) El Papa habla de avances técnicos y científicos... ¿Operan los mismos en favor del Medio Ambiente o no? Describir en base a tu opinión.

viernes, 27 de julio de 2018

La cuarentena de Furet


De Daniel Favieri



Las cruces del pueblo ya no tenían un individuo que mojara con sus lágrimas su enmohecida estructura de piedra. Era tan evidente el cambio que ni el mismísimo Eliseo, cuidador del cementerio, seguía frecuentando ese terreno. El pueblo de Furet ya no tenía muertos a quién llorar.
Fue un éxodo de una noche de lluvia, fría y oscura, en dónde la mayoría de los ciudadanos comenzaron a marcharse. La luna se había escondido, como precipitando el adiós y el sol hacía días que no se asomaba.
Nadie había imaginado jamás semejante final. Ni siquiera los más experimentados y viejos frecuentadores del café del “gallego” que se internaban en las mesas agrietadas a filosofar sobre la vida.
Hacía rato que Furet vivía un ostracismo que hasta muy probablemente fuera planeado. Ya ni siquiera el café que servía el “gallego” era tan bueno. Se parecía más a una taza de petróleo rebajado con agua. Es que, por causa y efecto, la desesperación del turismo por conocer el esplendor de aquel pueblo tan reservado hizo que los habitantes del mismo se jugaran una mano a las cartas con el objetivo literal de borrarlo del mapa.
Fue una ardua tarea, pero radicalmente Furet, por decreto de su intendente, dejó de pintar sus coloridas casas, olvidó de cambiar las lamparitas de alguna que otra callecita de tierra y prefirió dejar el asfalto para otro momento.
Más de un vecino se había puesto contento. Ya no se les cobraría el impuesto de alumbrado, barrido y limpieza. Cuanto más sucio y anticuado estuviera Furet… mejor.
Lentamente y ante la falta de capitales turísticos, comenzó a suceder el efecto de la causa. Muchos de los comercios de Furet cerraron. Ya no había turistas que comprasen sus recuerdos ni mucho menos recuerdos que quisieran venderse.
Como por arte de magia los satélites impugnaron el espacio y el tiempo. Como reacción momentánea los municipales colgaron un cartel en la entrada del pueblo que rezaba “Furet en cuarentana. Disculpe las molestias”. Sin embargo la cuarentena duraría meses, años… Eternidad.
Quizás como un castigo a su individualismo o como una venganza de aquellos que no lo pudieron disfrutar, el efecto devastador que se había auto generado el pueblo encontró su momento final cuando, aquellos últimos jóvenes con deseos de progresar, egresaron de la escuelita próxima a cerrar.
Ya no existía primaria, porque no había niños que crecieran en Furet. Ya no habría secundaria, porque no había adolescentes que cursaran. Y como no había ni terciario ni universidad, los últimos estudiantes de Furet produjeron el éxodo devastador.
No tenían tumbas a las que arraigarse, porque ya nadie moría en Furet. No tenían una tierra que los amarre ni un enemigo a quien odiar. No tenían amigos con quien solidarizarse, pues no existió mayor solidaridad que la de aquel éxodo en esa noche lluviosa y fría en donde los adolescentes de Furet, un puñado de veinte, decidieron tomarse el tren de la distancia.
Entre las corridas y las valijas, entre los sueños de aquellos padres que les habían jurado no morir en Furet y entre las bocinas del tren, el éxodo tuvo un sabor a enfermedad. Porque no hay peor enfermedad que enterrar las raíces de la identidad, no hay peor mal que el ostracismo de aquello que se quiere guardar bajo un síndrome de egoísmo. Y no hay peor maldad que la de aquellos que no saben regresar.
Allí se quedó el viejo cuidador del cementerio, estrujando sus tripas con sabor a odio pero llorando en esa noche oscura con su pañuelo en la mano y despidiendo a lo que alguna vez creyó la esperanza del pueblo y el retorno de algún esplendor como resabio de lo que fue.
No obstante creía fervientemente el viejo cuidador que si al menos uno se quedaba allí, aún se corría la suerte de volver a soñar con Furet. A la mañana siguiente, a las puertas de entrada, tomó el cartel de cuarentena y le cambió su leyenda que ahora decía “pueblo abierto, vuelva a conocer Furet”.

domingo, 22 de julio de 2018

El Autor de Daniel Favieri


Escrito encontrado en una casona de Recoleta. 1916.
Siempre me levanté de las cenizas de mi propio cuerpo. Desperdigadas por el viento. Seleccionadas por el tiempo.
No es que las cosas me estuvieran saliendo mal. Simplemente que a veces uno piensa con claridad. Y en esa falta de identidad, de metas claras y de amores crueles, la vida castiga con la dureza de un terremoto.
No es tampoco la falta de sueños. Ellos siempre me sobraron. Es simplemente no haber sabido capitalizarlos, porque nosotros somos las propias inversiones de lo que hacemos. Nuestro futuro es el ahorro de ese capital indiscutible, necesario y hasta a veces también infeliz. Porque no es el oro del mundo el que nos salva de nuestros problemas. Es más simple que eso. Se trata de nuestro tesoro personal. Lo que nos llevamos cuando nos vamos. Lo que nos guardamos en un hueco del corazón y para siempre.
Digo yo, que por ahí peco de soberbio, que la pertenencia de un autor a todo exceso de resignificaciones y ponderaciones, lo eximen de cualquier éxito y por ende de una relativa falta de humildad. Así, el autor se vuelve un ermitaño de sus obras, un solitario transeúnte de caminos inventados y un generador oculto de proyectos impensados.
Me di cuenta entonces de que no hay nada qué buscar en los tiempos del pasado, porque nada podría ser igual. Sin embargo, a pesar de las sombrías huellas del dolor aparente, uno siempre intenta regresar. No sé exactamente qué buscamos, pero sí puedo decir que evidentemente nos gusta volver a empezar.
Siempre mantuve mi perfil oculto detrás de un seudónimo ilustrado por letras simbólicas. Quizás necesitado de mantener en silencio el rumbo de mis pensamientos, pero entendiendo que a veces se paga con la moneda del olvido.
Así, un buen día, cuando quise dar vuelta la página de mi historia, me di cuenta de que ningún pergamino hablaba de mi nombre. Sin embargo noté que todos hablaban de mis libros, de mis conclusiones y de mi filosofía de vida.
No hay mayor extrañeza que la de escuchar el silencio de un nombre que se proclama a gritos y que se ignora sin saberlo. Si uno pierde la propiedad de su nombre, pierde la identidad del ser. O acaso entiendo que por lo menos nada se escapa a la austeridad de una vida tan compleja.
He sido invitado muy pocas veces a disfrutar de las mieles del éxito, pero poco me importó entonces. Era más sencillo no estar presente en caso de que alguna crítica destruyera lo poco que había construido.
Y desde allí, los autores nos volvemos cómplices de nuestras propias incertidumbres, de nuestras creaciones y de nuestra perfecta desaparición. De nuestro insignificante paso por la vida. Sin dejar siquiera una huella de nuestro apellido.
¿Alguno osará alguna vez trascender? ¿A alguno le interesa verdaderamente divulgarse? ¿Qué es propagarse?
Aquí, en esta noche de lluvia que golpea con sus gotas duras los vidrios de mis ventanales, me sumerjo en el interior de mis propios nubarrones. Trato de darle significado a mi solemne carácter y a mi inusual forma solitaria de pensar.
Y si he de responder a una de las tantas preguntas que este texto fue exigiendo en su recorrido, la única de la que me siento intelectualmente capacitado de responder, sea quizás la más difícil de conseguir. Pues los hijos son el capital más grande sobre la tierra. Aquello mediante lo cual las utopías son más sencillas de conseguir. Porque por un hijo se da la vida, se reconsideran los sueños y se exigen sus virtudes. Y así, ante el paso del tiempo, todo se vuelve una mirada hacia el pasado. Porque si hay algo que no habremos de cambiar jamás, es justamente el pasado. Por lo tanto nuestra esencia, impregnada del mismo, es el legado de lo que dejamos.
Esta mansión me ha quedado grande. Este sueño me ha quedado grande. Mi nombre es Juan Bautista de Alcázar. Escritor. Soñador. Víctima de amores no correspondidos. Utópico padre de papeles sin efecto. Buenas noches y gracias por encontrarme.

miércoles, 27 de junio de 2018

De pasión, amor y barrio




Había clamado por guerra sin darse cuenta que las almas en pena deshojan los árboles del otoño en la búsqueda del verdadero amor. No había entendido siquiera que la culpa barata de su caro precio a la equivocación, se había transformado en un sufrimiento contemporáneo que no sabía de pasados ni siquiera para aquellos seres que quizás alguna vez pudo amar.
Era definitivamente cierto que en el barrio de Mataderos había existido un mito que pocos conocían. Algunos incluso se atrevían a pensar que en lo extenso del día, alimentado por un ego en crecimiento, Juan Manuel Abascal erguía su alma, se golpeaba el pecho y salía corriendo como el viento.
Cuentan sus adversarios más allegados que cuando las calles eran de adoquín y la llovizna bañaba sus juveniles cabelleras, la pelota resbalaba tan rápida como el viento. Pero también aseguran estos testigos privilegiados de tal función, que Abascal planeaba detrás de ella. Como un avioncito de papel. “La tenía atada bajo el agua. La tenía incorporada en el frío, y si venía un viento fuerte… tampoco se la podían sacar… Eso era magia” dijo un vecino de la calle Cafayate.
Si no fuera Mataderos un barrio real, diría este autor que la historia no es verídica. Que simplemente se trata de una de esas leyendas urbanas que se escriben con tintas de mentira y el asombro de la imaginación. Sin embargo, es justo aclararlo para la continuidad de estas palabras, Abascal existió. Y es imprescindible decir, a riesgo de quedar como un mentiroso, que yo lo padecí y que yo lo vi jugar.
Y si me remonto en el tiempo y pienso, creo incluso recordar su voz. Retumbaba en el eco de la vieja cancha del Tránsito de San José, que aunque queda en Liniers, muchos criollos de Mataderos se lo apropiaron para siempre.
Y ahí deleitaba Abascal, gambeta tras gambeta, desbordando por la punta derecha. A veces tirando centros y otras tantas dejando mal parado hasta al arquero contrario. Pero siempre la pelota llegaba a la red.
Cuenta esa Historia oral que se trasladó de vecino en vecino y de generación en generación que poco a poco la gente se fue convocando, vitoreando en su boca el sabor del apellido Abascal. Y posteriormente nadie supo bajo qué condiciones fue, pero de repente, ese equipito por el que nadie daba una moneda y que a gatas tenía camisetas, había llegado a la final inter barrial.
Dos semanas separaban a Juan Manuel Abascal de la gran final. Y en Mataderos incluso llegó a pintarse una pared con su nombre, más nadie recuerda cual fue. Pero la final valía la pena. Enfrente no estaba cualquier rival. Estaban los de siempre. Los de la contra. Los bien vestidos del barrio ferroviario que no tenían más intenciones que llevarse el trofeo mayor: la dignidad.
Se reconoce a ese estado digno como el momento culmine en el tiempo, en donde el que triunfa se lleva los pergaminos del heroísmo, se transforma en el rumor constante y se guarda para sí la pelota del partido. Y eso se jugaban ambos equipos.
Pero la final se tardó demasiado. Porque en ese lapso de tiempo Abascal cambió su mirada futbolística por una morocha que lo hizo enloquecer.
Dice el mismo testigo que escribe estas líneas, que la morocha era tan poderosa como la gambeta de Abascal. Y el pobre se enamoró.

Pero no fue que se enamoró de su pelo lacio que caía suave por los hombros. Ni de su piel de algodón, ni de su cuerpo moldeado. Para nada. Abascal se enamoró de una ilusión. De aquellas cosas que ni en lo más profundo de su alma se hubiera imaginado.
La persiguió por los callejones de Mataderos que se volvían laberintos infinitos y complicados de salir. La soñó en las noches como si nunca antes hubiera creído soñar. Y se dedicó a admirarla, quizás como el peor error de su vida, como solía mirar a la pelota. Con un cariño que estremecía la tierra.
Y así, aquel que alguna vez me deleitó con sus bicicletas, que me tiró más caños que ninguno y que me hizo ver el fútbol de otra manera, se dedicó a fracasar.
Abascal dejó de frecuentar los entrenamientos para visitar a la morocha en la casa de sus padres. No ató más a la pelota en sus pies, porque ahora caminaba con otra. Cambió sus sueños por lo que algunos llaman el amor y otros entienden como la traición.
El día de la gran final fue la última vez que lo vi. Juan Manuel Abascal se puso los botines con el partido ya empezado. Había llegado tarde y los de Mataderos ya perdían uno a cero. Entró por el gringo y, aunque parecía atontado por la morocha, Abascal concretó sus últimos dos goles oficiales como paladín del barrio de Mataderos.
No se quedó ni a recibir el trofeo de la dignidad. Prefirió caminar por las calles grises y, atormentado por haber dejado sola a la morocha en lo que duró el partido, volvió a sus brazos, supongo yo, para nunca más soltarla.
Solo así el mito se hizo grande. Y a pesar de que nunca pude encontrar la única pared pintada con su nombre, estoy seguro que algún día saldrá a la luz. Sin embargo, me pregunto inconscientemente qué es eso que tiene el amor, que a algunos les hace perder la cabeza y a otros matar por él. Me pregunto incluso por qué Abascal se fue con ese amor reciente y se arraigó tanto a la morocha, que vaya uno a saber de dónde habrá salido… Aunque pensándolo bien, recordándolo al alejarse en la bruma de esa tarde noche, creo que es muy factible que Juan Manuel Abascal haya sentido el miedo de fracasar y que ya nada volviera a ser igual.  



sábado, 2 de junio de 2018

Nadie sabe qué es el todo, pero todos sabemos qué es la nada. Por Luciano Colantuono Instituto San José Obrero.


Hoy quiero compartirles este texto que surgió de una pregunta de un alumno, Luciano Colantuono de segundo año del colegio San José. "Profe... ¿Qué es la nada?" me preguntó... Y yo le dije "La nada es el principio del todo. Pensalo y mañana me decís".
Al otro día, no solamente que lo había pensado, sino que además lo había redactado. Y así, con su permiso, lo comparto con todos ustedes. Me parece que vale la pena leerlo.


“La nada es el comienzo del todo” (Favieri).
Luciano: La nada es un comienzo el cual no tuvo tiempo de llegada. Pero no del todo, sino tendríamos que tener en cuenta el destino o la casualidad. Con esto que dijiste se rompe esa “nada” y sucede un comienzo… Y para decir “el comienzo del todo” tendríamos que pensar en que fue el suceso que originó el cambio.
A base de esa mirada no sabemos cuál fue el detonante, pero sí sabemos que empezó con un destino ya que el todo es algo imaginario o una definición a lo desconocido.
Pero si los humanos actuamos por actos propios, el destino se rompe desde la primera decisión, cambiando consecuencias que pueden dar efecto al momento o a miles de años dependiendo su gravedad, originando variedades de destinos sin un eje central o de casualidades producidas por una razón desconocida.
Y si te pones a pensar (ya que no hay un límite), la nada existe y el todo no. Solamente somos una porción de lo desconocido, y que todo lo pensado es convencional y lo descubierto no es más que una trampa del “detonante” que “comenzó” con ese destino mal planeado el cual ya fue roto por acciones ajenas a este destino las cuales no controlo.
Esta es una más de mis conclusiones erróneas, pero que a la mirada humana tiene sentido porque nadie sabe la verdad, más que la verdad que queremos pensar correcta. 

Luciano Colantuano. Segundo año B. Instituto San José Obrero.




miércoles, 2 de mayo de 2018

La crisis de las instituciones


Jueves, 22 de febrero de 2018
Desde hace varios años en las encuestas, las instituciones del país vienen bajando sus niveles de favorabilidad. Se salvan como siempre: el ejército, la iglesia y en algo la Policía.
Durante gobiernos anteriores instituciones como: la Procuraduría o la Fiscalía gozaron de cierto prestigio, otras tradicionales como el Congreso y la Presidencia, siempre tuvieron mala imagen, a excepción de Álvaro Uribe. Sin embargo, no se conocía en décadas una imagen tan negativa en casi todas las instituciones del Estado; pasando por las altas cortes, los ministerios y hasta el mismo Sena; así surge la pregunta: ¿cómo se llegó a semejante situación?
La respuesta no es fácil pues la causalidad habría que estudiarla a fondo, pero se puede decir que tiene correlación con: la corrupción, la falta de gestión y sobre todo la parcialidad o politización de algunas de ellas.
Como hace mucho no pasaba, se destaparon bastantes escándalos de corrupción pasando por el favorecimiento de grandes contratos estatales a particulares que no cumplían, el más sonado de ellos: Odebrecht, en donde se vieron salpicados distintas partes del gobierno y hasta dos ministras; se descubrió el cartel de la toga y todavía se investigan contratos irregulares por parte de la fiscalía anterior. Y lo peor, sin vergüenza alguna dentro del gobierno se habla abiertamente de la mermelada y las cuotas burocráticas.
La falta de gestión es evidente ante nuestros índices que crecen lentamente, pero otros como el de la exportación de coca están disparados, la economía que venía siendo manejada de manera juiciosa incluso en los peores gobiernos, se vio afectada con una reforma tributaria y con un crecimiento en el cupo de endeudamiento. La Cancillería tampoco goza de grandes afectos a pesar de la gran inversión en nuevos consulados y embajadas. Tal vez, porque para tener una posición internacional se necesita sonreír pero también firmeza.
Pero de todos tal vez el campo más preocupante es el de la politización de las instituciones. En los corredores se habla de nombramientos por el pago de favores políticos, causa reciente de la protesta en varios consulados. De fallos judiciales con carga ideológica y de persecuciones orquestadas por ellas; para algunos resulta al menos suspicaz que la anterior Fiscalía pasara por alto varios delitos pero que investigara con ahínco los de la oposición, resultó curioso que candidatos abiertamente de izquierda terminaran apoyando la reelección del actual presidente y después acabaran de ministros; y resulta curioso también que a dos semanas de elecciones resulten tantas nuevas investigaciones en contra de los grupos contrarios al gobierno.
La crisis y la falta de credibilidad en las instituciones es peligrosa; da vida a nuevos caudillos populistas y hace decrecer la inversión extranjera. Recuperarlas y darles credibilidad debe ser tema principal de los próximos gobiernos, si no, su descrédito terminará por acabar los cimientos de la actual democracia.

martes, 1 de mayo de 2018

Los efectos del sueño - De Daniel Favieri


Cualquier otro hubiera claudicado en la fría noche de Agosto, cuando los efectos de los somníferos del sueño ya se habían terminado. Es que esos habían sido para Indalecio Álvarez los días más tristes de su existencia.
No había conocido en su perseverante actitud semejante conspiración en su contra. Es que Indalecio Álvarez fue lógicamente un hombre de pocas palabras, de muchas mujeres y de grandes metas… Solo que él nunca se enteró.
Había en su porte un estigma al caminar. No lo hacía como cualquier ser humano normal. Tenía la espalda como una tabla y arrastraba sus pies cuando la adrenalina se dormía. Pero durante aquellos días enfermos de agosto, Indalecio los vivió corriendo.
La noche anterior al suceso, este hombre oriundo de la Provincia de Córdoba, soñó que su infancia había retornado. Como un curioso juego del destino, pensó que las cosas podían cambiar. Creyó que en su cabeza dejaría de rondar el fantasma de los malos recuerdos. Y también sintió en su cuerpo el roce del viento que cambia el rumbo de todo aquello que viene mal.
Fueron días distintos para Indalecio que, al despertar, había notado que la casucha en la que vivía, con ese olor a putrefacción y tierra, seguía siendo el techo que a duras penas lo cubrían de la lluvia. Volvió a sospechar de que los sueños, por más pequeños que fueran, eran difíciles de cumplir.
Como un pacto con las secuencias de su vida, decidió por un día olvidar todo aquello que lo podría hacer desertar. Pero no fue sino hasta ese último segundo de vida, en que se dio cuenta de que a veces es mejor recordar que pensar de más.
Nunca se le había ocurrido en su extraña existencia superar las barreras de lo prohibido. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza herir a alguien. Pero fue lo profundo del ser, la inmensa imposibilidad de su estigma y la sangre que le hervía en las venas lo que le produjo los efectos contrarios que le enfermaron el corazón: el amor. Y cuando eso ocurrió, ya no volvería el tiempo hacia atrás.
Tres días antes de su último segundo de aire en el cuerpo, Indalecio Álvarez había dejado a su novia en la casa de su padre. Eran las cinco de la tarde y habían planeado reencontrarse a las 8 para ir al cine y cenar.
A las 9 de la noche, Indalecio llamó a casa de su suegra preguntando por María, pero esta ya se había ido una hora antes. Por la cabeza de este ser humano se posaron las peores predicciones. Como el presentimiento de un final sin anuncio o de un desastre natural sin aviso. No le quedó otra cosa más que caminar.
Él sospechaba que el ex novio de María, con quien había tenido sendos enfrentamientos de violencia, podría haber regresado a la insistencia. Por lo tanto fue a golpear la puerta de su casa, pero nada… No se escucharon ni los perros Doberman que este hombre tenía.
No habían rastros de María. Recorrió todos los caminos posibles… Y nada. Fue a la policía a pedir ayuda, pero faltaba lo que en toda película resuena sin cesar. “No podemos tomar la denuncia hasta comprobar su desaparición”.
Como era de esperar y como marcaba su presentimiento, nada bueno ocurrió. Los días pasaron y el amor de su vida no había regresado.
Cuando pudo radicar la denuncia, ya era tarde. Nombró entre otros sospechosos a Augusto Martín, el ex novio de María y a otros posibles sospechosos.
Cuando la policía consiguió la orden de allanamiento ya era tarde. Habían pasado dos días. De nada sirvió que derribaran la puerta y encontraran el cuerpo de María tirado en el suelo. Poco tuvo de suerte esta historia de amor.
Indalecio sabía que podía encontrarlo, que tenía todo en sus manos para entregar nuevas pistas que hicieran que la policía se acercara al asesino… Pero prefirió callar.
Hasta ese momento no había derramado ni una sola lágrima por su novia. Por el contrario, a muchos les llamaba la atención que así fuera. Pero él no entendía de dolor. Solamente clamaba por venganza.
Llegó a su casucha, se sentó al pie de la cama y rezó dos veces el Padre nuestro. Pidió la absolución de sus pecados en su dialéctica directa con Dios y como por arte de magia sacó de debajo de su cama un revólver que nunca había utilizado.
Partió en su furia incipiente como un rayo en la tormenta y aceleró el paso a medida que los segundos corrían. Había pasado toda la noche buscando al asesino. Pero no había tenido éxito. Solamente le quedaba una oportunidad que su mente en blanco le había permitido observar: Augusto Martín siempre había querido llevar a María a conocer el mar.
Efectivamente, luego de una mañana entera de viaje, Indalecio llegó a Playa grande, el lugar que por antonomasia hubieran conocido Augusto y María si esta no lo habría dejado. Y allí estaba, parado como una estatua. Escuchando las olas que iban y venían. Soñando que nada de todo eso podía ser real.
Indalecio le apuntó con el arma en la cabeza. Pero Augusto ni se movió. Cuando intentó efectuar el disparo… Indalecio claudicó. Bajó su arma. Miró fijamente la nuca del asesino y se dio cuenta de que ya no estaba vivo, sino que se trataba de un hombre muerto.
A medida que Indalecio Álvarez se alejaba de Playa grande, Augusto Martín daba pasos firmes hacia lo hondo del mar.
Una vez que llegó a su casucha, Indalecio se dio cuenta de que todo había terminado y que ya nada tendría sentido. Guardó su arma debajo de la cama. Recostó su cabeza en la almohada y finalmente se dejó llevar por sus impulsos. Comenzó a tomar todas aquellas cosas que le hacían mal y decidió someterse al juicio de su corazón. Necesitaba a María para toda la eternidad. Y fue en ese segundo antes de morir en que lloró a María por primera vez. Pero fue un llanto débil… corto, sin sufrimiento. Porque los efectos del sueño, tiranos enemigos del olvido, no le dieron el tiempo de recordar.